Mito: existen los niños índigo
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Mito: existen los niños índigo

Identificar a un niño como índigo no implica mayor problema si uno está convencido de que es capaz de ver el color del aura.

A finales del siglo pasado, dentro de los círculos neoerianos comenzaron a hacerse populares en los hogares de la Nueva Era ciertas criaturitas azules —coloración sólo perceptible para un porcentaje de otros neoerianos—, inocentes y traviesas; estos seres tenían la misión de cambiar el mundo y llevar a la humanidad a esa utopía milenarista en la que todos subiremos un nivel en las escalas espiritual, mental y, en una de ésas, hasta física. No, no eran los pitufos, sino los niños índigo.

Cada creyente en la existencia de los niños índigo sostiene teorías disímiles sobre su naturaleza, origen y habilidades paranormales. Así, algunos afirman que su origen es extraterrestre: son la reencarnación de quienes en otras vidas fueron habitantes de otros planetas. Otros, menos adeptos a esta especie de panspermia cerúlea, concuerdan con la idea de la reencarnación, pero son más mundanos y prefieren ver en ellos al nuevo Dalai Lama o a Moctezuma.

Entre las habilidades especiales o «suprapsíquicas» de los niños azulinos podemos enlistar: la telepatía o capacidad de comunicarse con otras personas por medio de la mente, la clariaudiencia —o don de adelantarse a lo que luego escuchan—, la telequinesis o habilidad de mover las cosas con la mente, la vitakinesis2 o don de curar enfermedades con la mente y, finalmente, la precognición o facultad de conocer el futuro. Más allá de estos poderes parapsicológicos, los índigo también pueden hablar con ángeles, fantasmas, hadas y gnomos, y resolver exámenes de conocimientos jamás aprendidos, sin necesidad de recordar o razonar cosa alguna, con la ayuda de su pura intuición.

Por desgracia, para los fanáticos de la Nueva Era no existe ningún estudio científico que haya mostrado que el a d n de los niños índigo sea distinto al del resto de los Homo sapiens; contrario a lo que afirma sin prueba ni referencia un sitio en internet, el ADN de los añiles no tiene tres hebras en lugar de dos. En conclusión, el niño índigo no es el Homo superior.

Origen de los índigo

La denominación de los niños índigo proviene de un libro de 1982 titulado Entendiendo tu vida a través del color: conceptos metafísicos del color y del aura; su autora, Nancy Ann Tappe, fue la primera en hablar de la existencia de niños con halos —a la manera de los santos de las iglesias— o auras de color azul. Esto nos remite a la pregunta: ¿y qué es el aura?

Más de cien años antes de la moda índigo de la Nueva Era, a mediados del siglo XIX, el espiritista estadounidense Andrew Jackson Davis proclamaba la existencia de «atmósferas psíquicas», que después serían llamadas «auras». Más tarde, miembros de la Sociedad Teosófica, como Charles W. Leadbeater, asociarían la habilidad de ver auras con la facultad de percibir los chakras —una serie de centros de energía asociados a diferentes partes del cuerpo—. Con estos ingredientes y otros de su propia inspiración, Tappe definió el aura como «un campo energético multicolor dentro y fuera del cuerpo humano».

Para apoyar «científicamente» la existencia del aura, sus defensores afirman que es posible fotografiarla mediante una cámara Kirlian —inventada en 1939 por el soviético Semyon Davidovich K. y su esposa Valentina Khrisanovna K.—. Sin embargo, esté vivo o no, cualquier objeto exhibe auras al fotografiarse mediante esta kirliangrafía; es la conductividad debida a la humedad del aire y de los objetos la que permite que se genere el campo eléctrico que da lugar a los kirlogramas y no una propiedad de naturaleza espiritual. Además de la humedad, otras variables físicas medibles y reconocibles —como la presión, la temperatura y el voltaje— ocasionarán que los kirlogramas de una misma persona sean muy diferentes.

Si bien fue Nancy Ann Tappe su madrina de bautizo, no podemos culparla del tsunami de niños índigo que desde los años 80 inundó las costas de la Nueva Era. Eso se lo debemos a Lee Carroll y Jan Tober, quienes en 1999 y 2001 publicaron los que ahora son libros canónicos al respecto: Los niños índigo y Homenaje a los niños índigo. A diferencia de otros gurús neoerianos, ninguno de los dos está demasiado preocupado por darle una imagen de respetabilidad científica a sus creencias: Carroll afirma que «canaliza» o es el recipiente mediante el cual actúa una «amorosa entidad angelical» conocida como «Kryon». Jan Tober ha sido cantante profesional7 y ahora se encarga de organizar talleres y seminarios kryónicos para Carroll, y graba discos personalizados para quien lo solicite; se supone que la música de estos c d incorpora información relacionada con el nacimiento de cada cliente, por lo que éste, al escucharla, consigue «activar» su a d n y llegar a un nivel de aura cristal, que es superior al cada vez más vulgar índigo.

¿Habilidades paranormales o TDAH?

Algunos estudiosos del tema consideran que la creciente popularidad que los niños índigo han alcanzado en los círculos de la Nueva Era desde finales del siglo pasado se vio impulsada por la controversia en el diagnóstico y tratamiento del Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad —TDAH—. En 1996, un millón y medio de niños estadounidenses estaban medicados con Ritalin, por lo que cada vez más maestros, psicólogos, médicos y padres de familia comenzaron a preguntarse si no estarían exagerando al clasificar a tantos niños con la etiqueta de TDAH.

Los expertos dicen que actualmente, 90% de los niños menores de diez años son índigo.
Indigo Institute de Metepec

Sus síntomas coinciden con lo que «expertos» indican como rasgos conductuales típicos de los niños índigo: son impacientes, no soportan hacer fila, tienen dificultad con la disciplina y la autoridad, se aburren fácilmente con las tareas asignadas, se distraen rápidamente, expresan su ira de manera abierta y pueden tener problemas para controlarla. Para un padre de la Nueva Era la explicación era evidente, hubo una confusión: sus hijos no tenían t d a h, sólo eran niños índigo.

Es conveniente aclarar que los especialistas en este trastorno son los primeros en advertir que es difícil distinguir entre los síntomas de niños con TDAH y el comportamiento normal de cualquier niño, por lo que es necesario un diagnóstico profesional. Además, existen suficientes evidencias de que los niños con TDAH presentan diferencias neurológicas con respecto a otros.

Y aunque habrá quien afirme que estos niños no son índigos sino méndigos, considerar que un infante es índigo en lugar de sufrir TDAH tiene su lado positivo. Según un estudio, los padres convencidos de que sus hijos eran índigo experimentaban un nivel de frustración menor y reportaban menores interacciones negativas con sus hijos. El lado negativo de considerar que un niño es índigo, como han hecho notar psicólogos y sociólogos, es la presión emocional puesta en un niño del que se tiene la esperanza de que se convierta en el salvador de la humanidad.

Guía para reconocer a un niño índigo

Identificar a un niño como índigo no implica mayor problema si uno está convencido de que es capaz de ver el color del aura psíquica de las personas, pero si no es así, tendrá que hacer lo que los autores de «La identificación de posibles niños índigo. Un estudio exploratorio», artículo publicado en la Revista Intercontinental de Psicología y Educación, en el que sus autores se enfrentan al reto de «reconocer cuáles niños se ajustan al patrón índigo y diferenciarlos de los hiperactivos y superdotados», realizado en una comunidad de Mérida —en Venezuela, no en Yucatán, si no ya tendríamos profecías mayas asociadas con los índigo— mediante una entrevista estructurada de 29 preguntas.

Según el artículo, las características que los investigadores encontraron en los niños índigo son:

  • físicas: cuerpo frágil y delicado, huesos finos, ojos grandes, frente ligeramente abultada, mirada profunda, atenta y llena de sabiduría; no soportan las costuras de medias o vestidos y prefieren ropa de algodón o de fibra natural.
  • orgánicas: caminan sin ayuda antes del año, prefieren la comida vegetariana, comen y duermen poco, son más resistentes a las enfermedades infectocontagiosas y tienen mayor tendencia a reacciones alérgicas.
  • de personalidad: funcionan con base en el amor, expresan lo que sienten sin importar lo que dicen ni de quién se trate, se bloquean y pueden llegar a no hablar, escribir o dibujar por temor a equivocarse.
  • intelectuales: son muy preguntones, en especial con lo relacionado a temas filosóficos; son muy curiosos, en particular con las computadoras.
  • sociales: les irritan y bloquean mucho los gritos, regaños y sermones.

Más «científico» no se puede.

Cómo han transformado el mundo

A estas alturas del mito, el lector podría tener curiosidad con respecto a qué ha pasado con las primeras generaciones de niños índigo, quienes ya tendrían que haber empezado a transformar el mundo. En un estudio que, inexplicablemente, fue publicado en la revista científica Pacific Health Dialog, sobre medicina y salud pública en las islas del Pacífico, los autores identificaron a diez adultos índigo de Hawaii con ayuda del AuraCam 6000, que permite tomar fotografías del aura —¡así se hace la ciencia en el primer mundo, no con presupuestos raquíticos!

¿Qué han hecho estas personas para convertir a Hawaii en la isla de Utopía de la Nueva Era? Ópalo, por ejemplo, abre el chakra del corazón de quienes ven las películas por ella dirigidas; Haolegurl quiere publicar un libro para ayudar a personas con enfermedades mentales, y Shihan, quien puede mover objetos sin tocarlos —que, de haberlo demostrado, les habría traído a los autores del artículo mayor reconocimiento—, además de que viaja astralmente, y siente, escucha y habla con el mundo de los espíritus, aún no sabe cuál es su propósito en la vida. Tal vez la primera generación de adultos índigo necesite más tiempo —la Nueva Era no se hizo en un día—. O quizá, con su sabiduría milenaria, hayan decidido que sea la segunda generación de niños índigo la que se encargue del trabajo.


Luis Javier Plata Rosas es nuestro divulgador científico de cabecera. Es también autor del libro Mitos de la ciencia: millones de personas sí pueden estar equivocadas.

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