Los niños de antaño
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Los niños de antaño

Hagamos un recorrido por aquellos años dorados para poder volver a vivirlos.

HACE POCO, MI CUÑADO LE COMENTÓ A MI ESPOSO:

—Fíjate que se me antoja llevarme a mis hijos —que son dos y tienen ocho y seis años— a Acapulco por la carretera vieja, ¿sabes? Para que vean cómo se debe rebasar y tomar las curvas, y pasemos por pueblitos como Iguala, como cuando éramos chicos.

Mi marido, asombrado ante tal intención, le contestó:

—Está bien, pero, para hacerlo más real, tienes que conseguir una camioneta Galaxy como del 75, sin aire acondicionado y —obvio— sin cinturones, con asientos de vinyl; invitar como a ocho primitos para que vayan apretados y dos hasta atrás con el equipaje y hasta con las bolsas del súper—; levantarlos a las 4 de la mañana —para que no te toque el calorón en el Cañón del Zopilote—, dejar que uno o dos de ellos lleven el visor y la llanta puestos desde la salida, prevenir a todos que una de las primas puede vomitar y parar como a las 8 de la mañana a que todos desayunen en Iguala, un huevito con jugo de naranja, a fuerza, tengan hambre o no.

A Acapulco

Mi cuñado se rió, porque justo se acordó que así eran los viajes en su niñez. Igualitos a los míos. Mi prima Jana vomitaba siempre pasando Cuernavaca; mi tío Jorge nos advertía antes de salir: «Cuidadito y oigo un ruido», por lo
que los pleitos tenían que ser a pellizcos por debajo de las piernas y en silencio; mi papá iba siempre de malas —porque odiaba manejar en carretera—, y mi tía Graciela rezaba toda la carretera: íbamos en Chilpanchingo y seguía con el rosario. Mi mamá iba tejiendo y dando mazazos al que se portara mal y nosotros padecíamos el camino —de casi siete horas— «de buenas y cooperando», pero sin dejar de preguntar cada diez minutos: «¿Cuánto falta?». Después de dos horas más, por fin estábamos viendo el mar de Acapulco.

Pero la llegada tampoco era cualquier cosa. La casa tenía como mil escaleras y teníamos que subir las cosas. «¡Ayuden!», decía mi papá. Después, no podíamos nadar hasta pasadas dos horas de haber comido y de regreso de la playa nos dejaban horas fuera del Súper Súper —el único súper que había entonces—, todos enarenados y horneándonos en el coche, mientras compraban no sé qué que faltaba para la comida, al grito de: «¡Nadie se baja!».

Los años 70

Eso era más o menos lo que nos pasaba a los niños de antaño, ésos que vivimos nuestra infancia en los años 70 —y quizá más, otros que la vivieron en décadas anteriores—, los que crecimos con el Tío Gamboín y con el canal 5, Don Gato y su pandilla, Supercan y Mi bella genio —ya que no había cable ni Sky— y tuvimos que soportar en carne propia la «educación prusiana», donde el niño no era más que un adulto en potencia y el concepto de infancia no existía tal como hoy lo conocemos.

Anécdotas hay muchas. En el rancho que unos primos tenían cerca de Querétaro, cuentan que la tía Ana los dormía a todos casi, casi, a las 6 de la tarde, con tal de que ya no estuvieran «molestándola»: «¡Dejen fumar un cigarro, sólo un cigarro, a gusto, jijos del mais!», les decía a gritos. Pero luego, cuando —obvio— se despertaban a las 5 de la mañana y empezaban a jugar en los pasillos, la oían gritar de nuevo: «¡Al que haga ruido lo deslomo!».

Unos amigos míos me cuentan que él y sus hermanos eran prácticamente «obligados» a acompañar a sus tíos Félix y Alfredo a todas partes —que en ese entonces eran solteros— al grito de: «¡Déjalos ir con nosotros, Lore, que
vas a hacer maricones a estos niños», y los llevaban a esperar a que «recogieran» a la novia dos horas en el coche, a las peleas de gallos, a andar en cuatrimoto, etcétera. Una vez se fueron a recoger un motor a Laredo en un Renault 4; los tíos manejaron toda la noche, mientras ellos iban todos apretados atrás; los llevaron a dormir a un motel de dos estrellas y les dieron una caja de donas para cenar. Al día siguiente, como no pudieron pasar el mentado motor por una garita, esperaron para pasarlo por otra y tuvieron que dormir en el coche. Ambos tíos se compraron su «six» para cada quien, hicieron sus respaldos hacia atrás y ellos tuvieron que dormir en el asiento trasero, apretados y sin donas siquiera.

Como eras niño, tenías que hacer las labores domésticas propias de la infancia: irles a comprar cigarros a los tíos y a las tías, y tú comprar mil dulces de paso —no existía el concepto de «lo nutritivo»—, cambiarle el canal a la tele —evidentemente carente de control remoto—, saber preparar jaiboles y gin and tonics —mi papá se enojaba si no tenía la correspondiente cascarita de limón o los suficientes hielos—, ayudar a poner la mesa, cuidar a tus hermanos más chicos —sobre todo si tenías muchos— y demás.

Por otro lado, había lugares a los que estaba terminantemente prohibido entrar. Por ejemplo, en casa de mi abuela, los domingos, durante las comidas familiares, teníamos vetado entrar en el comedor, que era grande y tenía dos puertas. Los niños mayores comían en el antecomedor —eso sí, con la mesa muy bien puesta— y los menores —categoría a la que pertenecíamos mi prima «La Nena», yo y dos de nuestros hermanos— solíamos comer en una mesita de madera de juguete con cuatro minisillas; pero si esa mesa la iban a utilizar para servir, entonces nos tocaba comer en la barda del pasillo que comunicaba la cocina con el jardín trasero, aunque acabáramos con las rodillas deshechas porque no podías acercarte al plato, al grito de mi madre y mi tía diciendo: «¡Apúrense, que ya vamos a comer los grandes!». Y eso no era lo peor: una vez, otra de mis primas se cayó y le
sangró la rodilla y aún dudábamos si entrar o no a avisarles a «los papás», pues los oíamos platicar muy afablemente mientras fumaban y tomaban whisky y sabíamos que no podíamos interrumpirlos.

El colmo de lo prohibido era entrar cuando los señores jugaban dominó; entonces sí no había manera: si entrabas, uno de mis tíos —Faustino— te ahuyentaba con un caramelo de anís o hierbabuena que sacaba de la bolsa de su suéter y que teníamos que enjuagar para quitarle las pelusas que se le habían pegado.

La escuela

En asuntos escolares, las cosas eran muy distintas: tenías que ponerte de pie cuando entraba el profesor y guardar silencio. Por otro lado, mi mamá insistía en que adquirir colores Prismacolor —en su caja de terciopelo, todos bien— era un gasto inútil —«porque igual los van a perder»—, y cuando le pedía que me comprara algunos, me decía: «Escoge m’ijita: Blanca Nieves o Jungla». Las dos alternativas eran terribles: todos duros, de puntilla, rompían las hojas; eran lo menos cool del mundo. En esa época no existían los cuadernos de moda, todos eran marca Scribe, rayados o cuadriculados, con las tablas de multiplicar en las solapas y los forros aburridos —no había dibujitos, ni princesas, ni nada—. Las mochilas eran de cuero de baqueta y los portafolios marca Samsonite, grises o azul marinos; además, no había loncheras padres tampoco, así que el sándwich iba en la mochila. Las «maestras» te pasaban lista, te formabas en filas inamovibles, te revisaban el uniforme —te la pasabas en la pila de suéteres perdidos buscando el tuyo o el que lo reemplazara—, te hacían escribir planas de «no debo portarme mal», te obligaban a rezar e ir a misa, y luego, a la salida, todo era muy distinto.

En la mía había tres categorías de alumnos: los de transporte, los familiares y los solos. Los de transporte salían 10 minutos antes y se iban a sus respectivos camiones — en los que hacían una hora a su casa dando vuelta —; los familiares se metían en una especie de patiojaula para esperar a que sus «familiares» llegaran por ellos, y a los solos —que éramos los más— nos mandaban directito a la calle, donde no hacíamos más que chacualear, perder el tiempo, intercambiar suéteres por jícamas o pepinos o paletas heladas y esperar a que vinieran por nosotros o irnos caminando a nuestras casas. Mis primos, por ejemplo, se iban caminando solitos; Carlos era el mayor —nueve años— y tenía que cruzar avenida Revolución con sus hermanos de siete y seis y cuidarlos, «que ya estás grande». Nosotros teníamos que esperar que una camioneta Panel de VW llegara por doce niños que íbamos apretados y sin sentarnos, porque no tenía asientos, aunque a Marisita, que era la mayor, le tocaba ir adelante con el chofer. Otros dos de mis primos —que son gemelos— tenían que ayudarles a cruzar a las muchachas que iban por ellos —Herminia y Matilde— «la carretera», como ellas mismas le decían a la avenida Insurgentes.

Las tareas eran todo un universo aparte. La onda era ir diariamente a la papelería a comprar monografías de Hidalgo o de la Revolución, mapas —con o sin división política— o cartulina y papel cascarón. Todo se hacía a
mano, no había Internet, ni computadora; a duras penas lo podías hacer en la máquina de escribir y la verdad que los trabajos siempre acababan llenos de Liquid Paper, porque no salía la mecanografía. Había un papel «amartillado» y otro «marquillado», de colores pastel y con márgenes barrocos, que se usaba en la secundaria —cuando se trataba de que te quedara elegante el trabajo—, aunque si lo vemos ahora, resultaría una vasca que daría vergüenza. Había libros de tareas que los papás tenían que firmar a diario y boletas de calificaciones que le dabas a tu mamá en el coche antes de bajarte para que la firmara casi sin ver. Hacíamos la tarea solos, sin ayuda de nadie ni de nada más que la enciclopedia o el diccionario.

Los juegos

Las familias eran grandes, de cuatro o más hermanos, así que la ropa y los libros te tocaban ya usados, tachados y hasta calificados. Si bien te iba, te explicaban cómo lavarte los dientes, pero las más de las veces aprendías eso —y otras cosas— por imitación o junto a la borregada. Había de cenar lo que había, no te preguntaban qué querías; además, nos teníamos que comer todo lo que nos daban sin chistar, o quedarnos en la mesa hasta que nos lo acabáramos, si no, nos lo daban de cena todo frío. Aunque mi mamá tenía un método mejor: agarraba una cuchara de madera grande, la ponía sobre la mesa y decía en alto a todos: «A ver, ¿quién no va a comer?»—. Al paso, todos —que éramos siete— tomábamos la cuchara y empezábamos a comer, hasta el hígado encebollado, que nos teníamos que pasar con agua.

Nuestros juegos, por tanto, eran también muy distintos. Pasábamos la mayor parte del tiempo en la calle y nosmetíamos al anochecer al grito de: «¡Métanse a cenar! ¿Ya hicieron la tarea?».

Los juguetes no eran ni parecidos a los de ahora. Nos divertíamos con juguetes Mi Alegría, que tenían pelucas, tacones y hasta barnices de uñas, muy primarios, pero accesorios de señora al fin. También tenían una línea más científica que incluía juegos de química, maletines de doctor y microscopios. Las avalanchas eran el «toquín»: una tabla con cuatro ruedas y un freno —sólo eso— que tenías que empujar siempre, sobre todo en las subidas, pero era buenísima —y con razón pensarán ustedes, peligrosísima— en las bajadas. Todo el tiempo estábamos en la calle, andando en bici, jugando «bote pateado», a «tocar timbres y echarse a correr» y «quemados», o bien a tirarnos en el arroyo «para asustar a los coches, a ver si uno se paraba».

Uno de nuestros juegos favoritos era subirnos a las azoteas para saltar de una a la otra, de mi casa a casa de mis primos. De hecho, una vez vimos que la tía Lucina tenía toda su ropa interior colgada en los tendederos y mi hermano Álex decidió echarla al tinaco. Al día siguiente nos tocaba que esa misma tía nos llevara en la ronda a la escuela, Álex me dio un codazo y dijo: «¿Qué traerá puesto debajo mi tía?».

Usábamos los rifles de diábolos —que nuestros propios padres nos habían regalado, porque no se preocupaban como los de ahora— sin discriminación alguna, tirándole a todo lo que se dejara. Mi mamá nos decía muy seria: «No le tiren a las personas ni a los vitrales, tírenle a los vidrios comunes y corrientes». Mi marido cuenta que mi suegra los dejaba, a él y a sus cuatro hermanos, escalar por una cuerda por las paredes de la casa con unos guantes que ella misma les había confeccionado, y cuando la vecina le llamaba alarmada, ella le contestaba: «Están rapeleando; yo les di permiso». Por nuestro lado las niñas jugábamos a ser maestras, al banco, a Miss Universo o a ser «aeoromozas». Mi prima acomodaba las botellas familiares de refresco —que en aquellos entonces eran de vidrio— para hacer una fila de «alumnos» a los que les gritaba todo el tiempo, mientras que su hermana y yo creábamos unos «novios» con un palo de escoba como cuerpo, un plato como cara y una bola de plastilina como boca, para «darles unos buenos besotes».

En fin, las cosas eran muy distintas en esos días.Mi tío abuelo decía: «Los niños comen y callan»; mi abuelo decía: «Los niños al jardín». Teníamos que ir a misa y no desayunar hasta comulgar, no nos poníamos protector solar, andábamos en moto sin casco, no usábamos cinturón de seguridad, pasábamos todo el día solos, no teníamos voz ni voto, obedecíamos sin chistar, éramos niños diferentes: niños de antaño.

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