Los gorrones
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Los gorrones

Una fiesta no es fiesta sin gorrones.

Desde el paleozoico o desde los tiempos de Adán y Eva —según la historia que le hayan contado en casa—, o bien, desde tiempos inmemorables, en todas las cadenas alimentarias han existido los parásitos. En nuestros días a esta «vividora» especie —con todo y clasificación de géneros, familias y órdenes— en México se le conoce como «gorrones».

Ilustrado por Genaro Altamira.

No faltan los gorrones. El colado, el pegote, el sableador, el parásito, la plaga; el que es un intruso por la sencilla razón de que no fue invitado y de que no tiene ni idea de quién es el anfitrión. Los lugares, o mejor dicho, las ocasiones en las que estos seres suelen hacer acto de aparición van desde bodas, bautizos, confirmaciones y quinceaños, hasta funerales, entre un larguísimo etcétera. Su misión —que pareciera haber sido bíblicamente encomendada—: comer y beber sin pagar por ello.

Pero esto no sólo sucede en las reuniones íntimas o familiares. Un buen gorrón que se jacte de serlo desempeña su papel en cualquier entorno: desde el cuarentón que vive en casa de sus padres hasta el compañero de oficina que jala para todos lados pero nunca pone ni para el oxígeno, pasando por diputados, senadores y cualquier otro «pulpo chupeteador, explotador, farsante, gaznápiro y esdrújulo…».

gorrón. Seguirle la pista a esta palabra resulta un poco difícil porque, gorrona como es, se deja llevar por cualquier advenedizo, como esos que aseveran que la palabra tiene su origen en la siguiente historia: «Los estudiantes vestían capa y gorra y eran dueños de un apetito voraz. Como carecían de recursos y sus familias vivían lejos de su lugar de estudio, debían ingeniárselas para no pasar hambre. Uno de sus trucos era colarse en fiestas y banquetes saludando con la gorra a todo el mundo».

El cuento parece creíble; será por eso de la conexión de ideas, y porque resulta una historia fácil de contar. Pero en realidad es tan acertado como decir que «la gorra va en la cabeza así que, en sentido figurado, el que se aprovecha de otro se le monta a uno, cual gorra»; o como suponer que el origen de la palabra tiene que ver con «pasar la gorra», como hacen esos mendigos y artistas callejeros para pedir monedas.

Francisco de Quevedo, en su obra «Don Perantón» usa el término gorra para referirse, en broma, a la oportunidad de hacerse de comida sin pagarla

Si bien es cierto que el cuento aquél tiene su mérito en tanto a vinculación conceptual, también lo es que carece de sustento real. Rascando un poco en el Tesoro de la lengua castellana o española, que data de 1611, encontramos lo que don Sebastián de Covarrubias Orozco señaló sobre esta palabra:

gorrón. Gorra grande. […] En Andalucía llaman gorrones a los gusanos de seda que, habiendo pasado las comidas y a las dormidas, al tiempo que los demás suelen hilar sus capullos, se están ellos quedos y engorran el desbabar.

Y complementa:

[…] Hase de advertir que Diego de Urrea dice que gorrón es nombre arábigo, de gurarum, que vale engaño, del verbo gare, que significa ‘engañar’; y así a este gusano se le dijo gorrón, porque comió la hoja y después no laboró con los demás, y engañó al que le crió con la hoja. […] La gorra es cobertura de cabeza de hombre seglar, y antiguamente los criados de los estudiantes en Salamanca traían capas y gorras, de donde tomaron el nombre de capigorristas […]

Según esta teoría etimológica, el término pudo haber evolucionado a capigorrón, y luego a gorrón. En origen, la asociación con los gusanos de Urrea estaba siempre presente, pero con el paso del tiempo se perdió la asociación primaria y se le siguió la pista sólo a los capigorrones.

Por su parte, el DRAE retoma la historia del gusano y define gorrón de la siguiente manera: «adj. Que tiene por hábito comer, vivir, regalarse o divertirse a costa ajena».

Pasemos ahora a los hechos descriptivos del gorrón actual. Para reafirmar la analogía que le introdujo a este artículo, esa que coloca al gorrón en el extremo más cómodo y llevadero de la cadena alimentaria, le presentamos una clasificación extraoficial que intenta describir los niveles de acción de esta especie.

gorrón por clases

a) gorrón hormiga: pide poquito, pero constante. Su línea de ataque es tan sutil que son casi imperceptibles. Se trata de la clase más común entre la especie.

—El compañero de oficina que pide «mordiditas, cachitos y traguitos».

b) gorrón mosquito: son molestos e interrumpen la paz, pero al final se van. No dejan de ser nefastos, pero su ausencia momentánea se agradece.

—El que llega a una fiesta sin invitación para arrasar con la comida y, principalmente, con la bebida.

c) gorrón garrapata / sanguijuela: se cuelgan de nosotros y se quedan ahí sin darnos descanso. Es casi imposible deshacerse de ellos y pocas veces queda otra alternativa que aguantarlos.

—Ese pariente que lleva meses instalado en la sala de nuestra casa.

¿Por qué existen los gorrones? Está comprobado que la base de las sociedades es la cooperación, la construcción en conjunto. Particularmente en nuestro solidario México, los gorrones existen porque creamos los ambientes propicios para su supervivencia, desarrollo y multiplicación.

Por mucho que los odiemos, pareciera que en México «promovemos» la existencia de los gorrones: porque el mexicano convida, porque abre las puertas de su casa siempre, porque prepara comida y bebida extra «pa’ que no falte si llegan más»; porque el fino arte de gorronear consiste en lograr que las «víctimas» acepten sus condiciones —el gorrón no impone, «propone»—; porque todos tenemos amigos y familiares gorrones; y porque todos —voluntaria o inconscientemente—, todos hemos sido gorrones.


Casimiro Castro Escamilla no es un gorrón. Podrá ser mentiroso, puerco, idiota y gorrón, pero nunca una estrella porno.

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