Las estaf… figuras de Acámbaro
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Las estaf… figuras de Acámbaro

Las figuras o monstruos de Acámbaro son uno de los tantos mitos que este mágico país alberga.

Tan falsas como que Cristóbal Colón llegó a las Indias Orientales, que en realidad el alunizaje fue un set montado con actores o que el batirrepelente de tiburones existe, las figuras o monstruos de Acámbaro son uno de los tantos mitos que este mágico país alberga.

Imaginemos un momento a los Picapiedra mesoamericanos —todas las culturas prehispánicas— y sus tradiciones, como los sacrificios humanos o los animales utilizados cual deidades, mezcladas con la domesticación y la convivencia con los dinosaurios —bestias de metros de largo, alto y ancho y toneladas de peso—: el sueño de todo aficionado de la ciencia ficción, ahora aterrizado en unas figurillas.

Acháti-cha chkuanderari

Su historia nos remonta al México de 1945 y la escena le resultará familiar. Un arqueólogo alemán amateur de nombre Waldemar Robert Ludwing Julsrud Walden, seducido por el misticismo de las culturas prehispánicas —específicamente la chupícuara—, durante un viaje de exploración «descubrió» unas figurillas de apariencias diversas: la primera, antropomorfa, similar a la silueta de una mujer; otras, con formas animales o bestiales y muchas más, con los mismos motivos pero mezclados entre sí. Estas últimas fueron las que más asombraron al extranjero, pues una de ellas mostraba a una persona montada en lo que parecía ser un ¡¿dinosaurio?!

Cegado por el morbo, el señor Julsrud supuso que no había sido mera coincidencia el haberse encontrado estas piezas de arcilla a los pies del cerro El Toro, en Guanajuato, y optó por pedir ayuda. Quien encontrara una o varias de estas misteriosas figuras recibiría un peso, con la esperanza de incrementar su colección y confirmar que en el pasado sí tuvimos a Dino como mascota. Entre los campesinos que trabajaban para él y que mostraron gran interés por enriquecer este acervo, estuvo Odilón Tinajero, quien en sus primeras entregas le llevó varias docenas de estas esculturas.

Después de 33 mil o más figuras encontradas, la comunidad científica no pudo continuar haciéndose de la vista gorda y para 1969, con las innovadoras técnicas paleontológicas de la época, como la termoluminiscencia y el carbono-14,4 el veredicto fue fulminante: algunas miniesculturas dieron resultados de más allá del año 4 500 a.C. Con lo anterior pudo confirmarse que los rumores eran verdad: tanto humanos como dinosaurios compartieron el mismo espacio en el mismo tiempo y, en consecuencia, el aficionado fundó el Museo Waldemar Julsrud en Acámbaro, Guanajuato.

Demasiado bueno para ser verdad

Sin embargo, desde 1979 los festejos fueron arruinados por otros curiosos que continuaron realizando pruebas para la datación de las figurillas, pues 27 años atrás el arqueólogo estadounidense Charles Corradino Di Peso ya había cuestionado tales descubrimientos. Charles alegó que éstas, por muy pintorescas y creativas que fueran, no mostraban los signos característicos de erosión provocados al estar tantos miles de años bajo tierra; es decir, no tenían rastro alguno de grietas o rajadas y mucho menos estaban rotas ni en pedazos.

Lo que en realidad Di Peso expresó fue que esas miles de figuras eran un gran caso de oopart, acrónimo en inglés de Out Of Place Artifact, ‘artefactos fuera de lugar’. Y, para echarle más limón a la herida, publicó en abril de 1953, en la revista American Antiquity, un artículo en donde sostenía que las inconsistencias en las crónicas de Odilón Tinajero sobre sus métodos de exploración fueron las que lo llevaron a concluir que toda la historia era una vil farsa: al parecer, durante años, Odilón, su familia y otros trabajadores fabricaron estas piezas «prehistóricas» para vendérselas al alemán.

¿Cómo saber si no me han acambarizado?

Antes de que encienda las antorchas o pinte las pancartas, veámoslo desde el punto de vista científico. Geológicamente, el último dinosaurio que pisó la Tierra fue hace 66 millones de años. En ese tiempo, el territorio actual de los Estados Unidos Mexicanos estaba mayormente cubierto por agua, por lo que parecía un archipiélago. Los mejores «cachos» de tierra mexicana cretácica se ubicaban en el norte, del centro a la izquierda —la franja litoral desde Baja California hasta parte de Chiapas—, así como también algo de la Península de Yucatán, la que recibió el trancazo del asteroide. El área actual territorial del estado de Guanajuato era una de esas partes de tierra firme, por ende, seguramente caminaron dinosaurios por ahí.

Ahora bien, nuestro antepasado directo más antiguo del que se sabe con certeza es el Australopithecus afarensis que evolucionó hace ±5 millones de años pero en el continente africano; en México, si acaso, había ancestros de monos araña.

Sin importar cuándo ni por cuál vía usted crea que llegaron los nómadas primitivos a América —ya como Homo sapiens sapiens—, la mayoría de las dataciones no rebasan los 40 mil años de antigüedad, en otras palabras, los dinosaurios estaban más que muertos y, si a eso le sumamos lo que tardaron los primeros nativos en establecerse o siquiera alcanzar México, pues está claro que los únicos dinosaurios con los que los humanos coincidieron fueron las aves. ¿Entonces por qué demonios persiste la idea de que un puñado de dinosaurios «milagrosamente» sobrevivió en estos últimos 66 millones de años?

Acambarosis crónica

Si hasta ahora piensa que estas figuras son un vil engaño y que la ciencia no miente, prepárese para el duelo. ¿De qué otra manera podrá sostener que las figuras de Acámbaro son falsas si claramente el isótopo de carbono indica lo contrario? No es como que exista carbono-14 «chafa» como para arrojar una fecha al azar: la prueba una vez realizada no tiene fallo alguno. Tampoco es viable que los lugareños —si es que produjeron estas figuras— hayan oído acerca de esta técnica por lo que cavaron tierra, piedra, jade u obsidiana antiguas para hacer la arcilla.

A modo de chisme y telenovela, se cuenta que el antes mencionado Di Peso tuvo la intención de comprarle a Julsrud unas figuras para examinarlas a fondo; sin embargo —y como era de esperarse—, el alemán se negó, pues nunca buscó lucrar con sus descubrimientos sino conservar este patrimonio para fines científicos. Pero, cual ardido, se dice que Di Peso obtuvo algún permiso y «analizó» toda la colección de estatuillas en poco más de cuatro horas; fue en ese momento cuando «determinó» la falsedad de estos objetos, de alguna manera lo hizo justificadamente, pero con ese feeling vengativo.

Entre que son peras o manzanas

A partir de esta progresiva difamación, Acámbaro y sus tesoros enterrados han sido ignorados por propios y extraños. El gobierno mexicano ni reconoce la colección de estas figuras ni, mucho menos, la certificación del museo. La comunidad científica no hace el esfuerzo por volver a someter a análisis algunas piezas por temor a «manchar» su carrera profesional; no obstante, el golpe más bajo para esto es la validez de otros descubrimientos cercanos a dicha zona como fósiles o herramientas, pero nunca figurillas.

En conclusión, las figuras de Acámbaro parecen ser no más que un oxímoron: son artesanías que existen en nuestra realidad, en nuestro país, pero que no tienen explicación científica alguna con respecto a su origen o, ¡¿quién demonios las hizo y en qué época?! Lo que sí tenemos muy claro es que Acámbaro seguirá acrecentando cada año la colección y atrayendo a fanáticos y a escépticos por igual, pero quien tiene la mejor opinión sobre estos monstruitos de cerámica es Usted.

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