La Tierra es Plana
Algarabía 174 Ideas

La Tierra es Plana

En pleno siglo XXI hay personas que creen que la Tierra es un círculo aplanado y rodeado de hielo.

Querido lector, no vaya a creer que esta prestigiosa revista ha perdido seriedad e intenta atraer a más lectores con la publicación de artículos como éste, que quizá merecía ser portada de la revista Duda. No. En realidad —y esto bajo protesta de decir verdad—, hay personas que en pleno siglo XXI creen fervientemente que la Tierra no es esa preciosa esfera azul, sino un círculo aplanado y rodeado de hielo. Se lo juro.

No es… ¿plana?

Esta creencia, no tuvo su origen en este siglo ni en el anterior, no que se remonta más allá de los tiempos en que el Santo Oficio mandó a Galileo a juicio tras la publicación de su Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo —en el que, por cierto, se burlaba de la teoría geocéntrica1—. No, estimado lector, esto es de años más lejanos, por ahí del 2000 a. C., cuando las culturas mesopotámicas coexistían entre rebaños y campos de cebada y trigo; y su mitología afirmaba que la Tierra era un disco que flotaba sobre la superficie del océano —aún no sabemos cuál.

Muchos siglos después tal convicción fue parcialmente retomada por los primeros geógrafos de la historia, como Anaximandro (610 a. C.–545 a. C.), quien manifestó que la Tierra era un cilindro, cuya superficie terrestre con perímetro de forma circular se hallaba en una de sus bases. Sin embargo, en el siglo IV a. C., Aristóteles quiso desmentir lo anterior en su tratado Sobre el Cielo y propuso un modelo geocéntrico compuesto de cuerpos esféricos —incluyendo la Tierra.

Desde entonces continuaron emergiendo seguidores de esta nueva propuesta —como Eratótenes y Claudio Ptolomeo—; mientras algunos la apoyaban, otros incluso agregaban sus puntos de vista. Por desgracia, esto no fue suficiente como para que los gnósticos y los futuros religiosos de la Edad Media desmintieran cualquiera de las versiones; de hecho, en la última década del siglo XX, Jeffrey Burton Russell, un erudito historiador estadounidense, demostró que desde antes de la Edad Media la Iglesia jamás afirmó la creencia de que la Tierra era plana —ni su esfericidad—, este pensamiento fue introducido en la educación eclesiástica por Santo Tomás de Aquino, cuya visión claramente apoyaba la noción de la esfericidad del planeta:

“A diversos modos de conocer, diversas ciencias. Por ejemplo, tanto el astrónomo como el físico pueden concluir que la Tierra es redonda. Pero mientras el astrónomo lo deduce por algo abstracto, la matemática, el físico lo hace por algo concreto, la materia”.

De ahí que nada impida que unas mismas cosas entren dentro del campo de las materias filosóficas siendo conocidas por la simple razón natural, y, al mismo tiempo, dentro del campo de otra ciencia cuyo modo de conocer es por la luz de la revelación divina.

“De donde se deduce que la teología que estudia la doctrina sagrada, por su género es distinta de la teología que figura como parte de la filosofía”.

Sin embargo, a pesar de que las obras de la Antigüedad fueron ampliamente difundidas y discutidas durante el final de la Edad Media, y en la transición al Renacimiento, la idea errónea de que la Tierra era plana también fue encontrada en los escritos de dos escépticos decimonónicos, Juan Guillermo Draper y Andrés Dickson White, quienes, al proponer su tesis del conflicto, establecieron que la religión en general, y el cristianismo en particular, impidieron el progreso de la sociedad. La disputa era que la Europa medieval estaba dominada por la «superstición» —el cristianismo— que impedía el avance intelectual, siendo hasta el Renacimiento cuando el hombre se desprendió lentamente del dogma religioso y llegó a la Iluminación.

“Después de esto, vi a cuatro ángeles en pie sobre los cuatro ángulos de la tierra, que detenían los cuatro vientos de la tierra, para que no soplase viento alguno sobre la tierra, ni sobre el mar, ni sobre ningún árbol”
Apocalipsis, capítulo 7, versículo 1

Adoctrinándose ad hoc

El negacionismo no es una teoría en sí, sino que se trata de un comportamiento humano que consiste en negar una realidad probada por una sola razón: nos resulta demasiado incómoda. Algunos sociólogos justifican este comportamiento como una búsqueda de refugio ante la realidad cambiante; una estable mentira, hecha a medida y que no tiene por qué cambiar, así como en siglos pasados se negó la igualdad entre todas las etnias de la especie humana o la teoría heliocéntrica.

Por otra parte, el cientificismo es la doctrina de quienes piensan que la ciencia es el único medio fiable que disponemos para conocer la realidad. El cientificismo vendría a ser la creencia dogmática que afirma que el modo de conocer, llamado «ciencia», es el único que merece el título de conocimiento. Ahora imagínese una mezcla de estas dos barbaridades con un toque de «religiosidad radical». El resultado: la Sociedad de la Tierra Plana.

Lee el artículo completo en Algarabía 174.

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