La fiesta de XV años
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La fiesta de XV años

Según «la tradición», luego de la serenata nocturna, la quinceañera debe asistir a la iglesia para escuchar un Te Deum,

Una muchacha lleva horas luchando contra el sueño; su ansiedad supera por mucho la que sentía cuando, también de madrugada, esperaba a los míticos Santos Reyes; a diferencia de otras noches no llevaba ropa de cama, sino un largo, pomposo, pesado y estridente vestido de lentejuela y que mezcla diversas telas –gasa, organiza, satén, tafetán, tul, encaje y hasta un poco de terciopelo.

De pronto, escucha que un vehículo se estaciona cerca de su casa, oye nítidas las voces de gente que, «queriendo no hacer ruido», se tropieza y resulta más escandalosa. Luego de unos minutos de silencio, éste se rompe al compás de «Las Mañanitas» interpretadas por un mariachi.

Antes de que «la niña» llegue a escuchar «Quince primaveras tienes que cumplir», se acurruca en un sillón y se pierde el resto del show. —Oiga, pero si nomás tocaron dos rolas —reclama el padre a los músicos que, además de llegar tarde, cobraron más de lo que habían convenido.

—Pues sí, pero qué culpa tenemos de que la chamaca se haya quedado dormida… Esta escena —de una serie infinita— es sólo una de las miles que ocurren a diario a quienes deciden festejar la célebre Fiesta de Quince Años e invertir en ella algo más que un presupuesto oneroso.

¡Sea por Dios, que vengan chambelanes y damas de honor! Sofanor se trajo los galanes de allá de Escandón y Leonor que trae quince muchachas. ¡Dios mío, qué pasó! ¡Nadie quiso ensayar vals, puro arrímese p’acá, de cachete y
vamos ai!

El origen
Se dice que la «presentación en sociedad» de las muchachas «casaderas» [sic], se remonta a la Edad Media europea, cuando la monarquía y los señores feudales organizaban sendos bailes en palacios para anunciar que sus hijas «ya estaban en edad de merecer», y los candidatos debían preparar sus mejores «galas» para ser los «elegidos» de tan anhelada criatura –aunque lo cierto es que casi siempre esos matrimonios obedecían a intereses económicos o políticos, y la «relevancia del baile» quedó relegada a leyendas y cuentos de hadas.

De hecho, casi todas las culturas han creado ceremonias de iniciación para señalar que sus adolescentes deben —o ya pueden— involucrarse en la vida adulta. Por ejemplo, entre los antiguos mayas, las doncellas eran mostradas ante la comunidad como una «fuerza vital»; para demostrar que podían engendrar fuertes guerreros, se les encomendaban tareas complejas para comprobar que ya estaban preparadas para asumir su papel de futuras madres.

Luego, con la Conquista, llegó la costumbre europea del Debut en sociedad —se conserva casi intacto en la idiosincrasia anglosajona—, que se conmemoraba con un baile, pero ésta –como casi toda tradición– sufrió una tropicalización que se llenó de símbolos, fetiches, minirrituales y demás caprichos que ahora casi rayan en conjuro. Luego, durante la época del brevísmo emperador Maximiliano se «pusieron de moda» el vals y los fastuosos vestidos.

El día del baile llegó, la vecindad se llenó; damas de pura tafeta y ellos de etiqueta, huarache y mechón. ¡Ay, Espergencia, por Dios, pareces un querubín!

El ritual
Según «la tradición», luego de la serenata nocturna, la quinceañera debe asistir a la iglesia para escuchar un Te Deum: uno de los primeros cantos cristianos que ahora se emplean para «dar las gracias» por las bendiciones recibidas.

Foto: Pinterest

Para ello, el templo es adornado con flores, alfombra roja y decoración alusiva.

El sacerdote, además de la misa, emite recomendaciones a la festejada «para preservar su dignidad, decencia y pureza» [sic] mientras ésta ejecuta su mejor poker face al tiempo que piensa: «Si supieran…».

Antes, los más conservadores procuraban hacer el recorrido de la casa a la iglesia a pie; luego se puso se moda pasear todo el día en una carroza con forma de calabaza —sí, idéntica a la que hizo popular Walt Disney en su versión de Cenicienta (1950)—; pero de un tiempo a esta parte el hit del transporte corresponde a laaaargas limusinas —y reitero el «largas»
porque algunas parecen abarcar media calle—.

Y si son modelo Hummer, mucho mejor: pareciera que entre más fastuosas sean —pintadas de rosa mexicano—, eso garantiza la diversión; la festejada aprovecha la ocasión para pasear por las principales avenidas de su ciudad con sus amigos.

Por supuesto, éste y todos los gastos que implica la celebración, serían imposibles de pagar para una sola familia —a menos que usted sea un funcionario público con aspiraciones presidenciales—, y en afán de cubrir todos los «requisitos que la ocasión exige» [sic], surge una de las figuras más entrañables de nuestra idiosincrasia: los padrinos. De los que vale la pena describir sus funciones y responsabilidades.

La mamá lloraba emocionada diciendo a Piedad:
—No dirán que no fue presentada con la sociedad,
lo mejor del barrio de Bondojo citamos aquí;
su vestido de organdí me ha costado un potosí…
aunque yo se lo cosí.

Los padrinos «mágicos»
Los primeros candidatos para apadrinar el evento, son los familiares directos. Éstos, por lo regular, asumen los gastos más grandes, y de acuerdo a su patrocinio, dejan de tener nombre propio y asumen el de «padrino», seguido por el del objeto que han financiado.

Así, uno deja de ser Heriberto Rodríguez para llamarse «padrino de velación», y de ahí pa’l real: de pastel, de baile, de salón, de invitaciones, de chambelanes, de muñeca –porque la muchacha recibe «su último juguete»—, de tacón —le entregan un nuevo calzado que marca «su transición de niña a mujer» [sic]—, de brindis, música, video y hasta corona, medalla y cojín —sin albur.

Por supuesto, con tantos objetos, llega un punto en que hay más padrinos que invitados y, no es casualidad que, en algún momento de la borrachera, empiecen las discusiones bizantinas, sobre todo entre quienes «no se tragan»:
—Mi regalo —las «plumas del recuerdo»— es más bonito que el tuyo…
—¿Ah, sí?, pues yo no tuve que robármelas de la oficina donde trabajo…
Con tanto padrino sugeriría que, para evitar esas penosas escenas, se proponga —seguro alguien ya lo llevó a la práctica— un padrino de cuerpo de seguridad para evitar confrontaciones.
¿O alguien recuerda algún festejo similar sin discusiones, gritos, peleas o golpes de por medio?

La fiesta
La «niña» es levantada por los chambelanes en una silla, y justo cuando la elevan lo más alto, se les resbala y cae de hocico contra el pavimento. Ella se levanta estoica, como si no le hubiera afectado —duele más el orgullo—, retoma su lugar en la coreografía, y antes de que empiece de nuevo la música, se lanza a gritos y golpes contra el pobre chambelán que no
aguantó el peso.

Si usted revisa grabaciones de estas fiestas en YouTube, comprobará que lo más documentado de estas celebraciones son las caídas —recurrentes e inevitables—. Y no es para menos: ¿quién puede mantener el equilibrio con sendo vestido —cargada por chambelanes ñangos—, en tacones y con un repertorio interminable de «coreografías» que van del clásico vals, rock cincuentero, lambada, salsa, cumbia, reggaeton, bachata, pasito duranguense y hasta el narcocorrido?
El papá, Melquiades Escamilla, la danza inició, se vació regando la polilla por todo el salón; y después Cateto y Espergencia siguieron el vals y ahí te van las damas de la mano de su chambelán.

El discurso
Si moríamos de la risa con la parodia que hacía Héctor Suárez con «el discurso emotivo» del padre —o tío incluso— a su terruño «en este tu día», es porque no tenía nada de parodia: es tan recurrente que se ha vuelto predecible, casi un requisito al grado de que: sin pariente ebrio emitiendo
lugares comunes no hubo espectáculo:

«Para mí es un grandísimo honor que… el día de hoy contar con su
presencia… de cada uno de ustedes… en esta noche, en la cual mi pequeña traviesa, mi bebé, hoy florecen sus 15 primaveras; quiero agradecer a Dios, al Altísimo, por haberme dado la dicha, por haberme permitido custodiar de ella durante 15 años; hace 15 a los cumplí como esposo..» y ya se podrá imaginar el resto o, peor aún, le ha tocado ser el protagonista que no halla qué decir, en parte por el nerviosismo y la inevitable peda.

El espacio impide seguir describiendo más escenas de lo involuntariamente divertidas que son estas celebraciones. Pero si se mantienen más vigentes que nunca —aunque la lógica y la cada vez más severa crisis indiquen que se trata de un gasto oneroso—, es porque los festejos —como los juegos y nuestra afición a buscar historias— son tan antiguos como necesarios de la condición humana: definen momentos emblemáticos de nuestra vida.
¡Túpale, maistro Nabor! ¡Échele sal y sabor!
¡Ay, que figuras tan lindas! ¡Miren a ese bruto, ya se
equivocó!
Cuando acabaron el vals fue la Noemí a protestar:
—No es que los corra, muchachos, ya váyanse enfriando,
me voy a acostar
.

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