Entre bastidores
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Entre bastidores

No me acuerdo quién —debe de haber sido un sabio— dijo que no hay hombre grande para su ayuda de cámara. César en bata, y hasta sin

No me acuerdo quién —debe de haber sido un sabio— dijo que no hay hombre grande para su ayuda de cámara. César en bata, y hasta sin bata, era un hombre perfectamente insoportable. Sócrates solía tener sus debilidades. A éste le pegaba su mujer. Ése era sucio como las calles de Venecia. Aquél se teñía el pelo. El de aquí, un gran orador, vivía bajo el dominio de su suegra. El de acá, un guerrero insigne, temblaba cuando veía un ratón al lado suyo. El de más allá, un poeta cristiano, un trovador gentil enamorado del ideal y la belleza, no creía en Dios, ni en el Diablo, ni en el amor, ni en nada.

Las mujeres y las comedias deben verse desde lejos
Cada uno de esos seres novelescos que nosotros imaginamos en nuestra fantasía, y a quienes atribuimos las más raras y exóticas virtudes, tiene su ración de pequeñeces y debilidades como cualquier hijo de vecino: estornuda, tose, se suena estrepitosamente, tiene dientes postizos, huele mal… ¡Vaya usted a saber si bajo la capa de un Pablo o de un Romeo se
esconde un don Hermógenes a carta cabal o un pacífico bosteza retirado del comercio! Para conservar las ilusiones, es necesario que nos alejemos de los ídolos. Si entramos en los secretos de la Pitonisa y queremos levantar el velo de Isis, ¡adiós ilusión! ¡Adiós mentira! ¡Adiós engaño! Lector, yo sé lo que le digo a usted: no mire nunca las comedias entre bastidores, sobre todo, si son comedias de magia.

Anoche nada menos —era viernes, ¡día aciago!— pasóme por las mientes la ocurrencia de asistir al ensayo general de La redoma encantada. El teatro estaba a media paga, quiero decir, estaba casi a oscuras. ¡Y si viera usted qué feo es un teatro a oscuras! La luz es la soberana de las magas. Desde la luz de sol que nos engaña con los colores, esa superchería de los ojos, hasta luz de gas, ese otro sol de invención humana, que nos hace morirnos por las bailarinas, no hay luz ninguna que no sea una suprema embaucadora. Parece mentira: mas para ver más claro, tiene uno que estar «entre dos luces». La luz es el error, es la mentira, pero ¡es tan agradable la mentira!

Desde las puertas de la Sorpresa hasta la esquina del Jockey Club, no hay española, yankee o francesa, ni más bonita, ni más traviesa que la duquesa del Duque Job»

Yo odio la verdad; debe ser fea: la prueba es que siempre anda escondida. En cambio, la mentira y el engaño andan siempre del brazo y a luz plena. Poco se me da que las mujeres no sean bellas si a mí me lo parecen. Argensola decía que ese cielo azul que todos vemos, ni es cielo ni es azul.

Yo digo que esos rostros encarnados y lindos que nos traen locos con sus guiños, no son lindos ni encarnados. Mas ¿qué importa? La luz, esa suprema embaucadora, nos pinta todo de color de rosa y mientras haya luz somos felices. ¡No me apaguéis la vela!

Los telones a media luz
Repito que estoy punto menos que a oscuras y que por consiguiente no puedo darme exacta cuenta de las decoraciones. Sin embargo, los telones que a media luz me parecieron excelentes, hoy deben parecerme espléndidos, soberbios.

Presumo que la mise en scéne de La redoma encantada será perfecta y completísima. Aquella gruta, bajo cuyas bóvedas pintadas creí sentir la humedad de las cavernas, es probable que esta noche me cause unas tercianas. Ese infierno todo rojo y encendido, con sus monstruos muy semejantes a algunos sabios que conozco, si ayer me hizo sudar, hoy logrará de seguro derretirme.

Decoraciones hay, según yo pude colegir, que merecían un cuadro. Todo
el atrezzo —para hablar en lenguaje de programas— es espléndido. Los bailes están perfectamente ensayados y algunos de ellos, especialmente la zarabanda infernal del segundo acto, son complicadísimos y requieren un estudio detenido, sobre todo, cuando hay que aleccionar a más de cuarenta chiquillos y gandules que maldito lo que entienden del arte coreográfico.

Pero nada hay más desconsolador que una comedia de magia vista en el ensayo. Aquellas ninfas que aparecerán aladas y ligeras, son unas cuantas coristas imposibles. El marqués de Villena está fumando un puro de la vuelta abajo. El rey supremo de los infiernos tiene un sombrero de Panamá precioso. Los diablos y demonios andan de paletot, y sobre todo, en medio de las llamas, tan frescos como si se estuvieran bañando en horchata de tufas. Los angelitos son unos cuantos pilluelos, algunos en calzoncillos,
y otros, los más con el pantalón roto o remendado. Si no me engaño, aquél es el chicuelín que me pide siempre la vuelta cuando salgo del teatro. ¡El mismo! Ese otro me ha vendido anoche dos cajas de cerillos y un ejemplar de las Memorias de Merolico. Aquel del parche encarnado en una parte que
me callo, es el hijo de mi portero. ¡Dios mío! Si así son tus ángeles, ¿cómo serán tus diablos? Pero ahí los diablos son exactamente los mismos. Cambia la decoración, y toda la turba de pilluelos que poblaba el Cielo, baja a poblar el Infierno. Allí están más razonables. Por fin, se encuentran en su verdadero puesto: ¿no ve usted qué negras tienen las uñas?

Las transformaciones se hacen siempre torpemente en los ensayos
El escotillón se abre media hora después del instante requerido. ¡Aquí —dice García— me transformo en vieja, y se queda tan fresco! —¡Aquí, me transformo en diablo! —y lo mismo. —Que salga un diablo y que me arranque la cola —y sale un buen gandul con el sombrero roto, y pasa
la mano por los faldones de García. —Pero, hombre, ¿qué sucede con esa pierna? —y un mozo encargado de mover la pierna del gigante, contesta con un sonoro ronquido. —¡Los espíritus del aire! ¿En dónde se han metido los espíritus del aire? —¡Que no platiquen las ninfas con los endriagos! —Sílfide, hágame usted el favor de soltar a ese chicuelo… qué, ¿le está usted dando el pecho? Pues ahora la necesito para el grupo final, suelte usted al muchacho y que le dé de mamar esa otra ninfa que está allí.

—¡Y esos condenados ángeles que no vienen! —Vamos, adentro los portapalanquines… pero, por Dios, cojan el palanquín con un pañuelo, ¿no ven ustedes que se está manchando con el contacto de esas manos sucias? —Que salgan ahora los pájaros azules. ¿Por qué no viene aquél? ¿Por qué se está remendando los pantalones? ¡Yo le remendaré las costillas! —¡Hola, ninfas del apoteosis, a la escena! —las ninfas del apoteosis se han quitado las medias para rellenarlas de algodón, y por consiguiente no salen a la escena.

Ah! Si sois vosotros de esos espectadores crédulos que se piensan e imaginan lo que miran en el teatro como real y verdadero, si no queréis perder las ilusiones, no vayáis a los ensayos del teatro. Yo que, aunque joven ya voy siendo viejo, he visto ya muchísimos ensayos, unos en el teatro, como el de La redoma encantada; otros, los más desconsoladores, en
el mundo.

Las cosas que se miran entre bastidores son muy tristes. Aquel orador que tanto aplauden en las cámaras y que está designado para próximo ministro, habla muy fuerte en los ensayos, mas no tanto que sofoque la voz chillona
del apunte, que le dice pausadamente su discurso. Aquel poeta insigne jamás ha hecho un verso. Ese hombre honrado esquilma honradamente al prójimo sin que nadie se entere de ello y roba a manos llenas cuando alguna ocasión se le presenta.

¡Qué hermosa es esa mujer! ¡Mentira! Yo la he visto en el ensayo general del tocador, con el cutis ajado, los labios amarillos, en la cabeza un mechón de pelo grande como la palma de la mano y en la boca una doble hilera de dientes postizos. ¿Sabe usted por qué será ministro don Perengano? Porque su esposa es amiga íntima del presidente. ¡Eso sí!

Yo lo sé todo
Ya sé que ese coro de vírgenes suele ser una agrupación de busconcillas; que esas aéreas ninfas, ni son aéreas ni son ninfas; que aquel ejército de guerreros es un ejército de sacristanes; que el general a quien llevan en triunfo, sobre áureo palanquín, no se ha batido nunca; que ese hombre
honrado lleva llenos los bolsillos con el dinero de los demás; que ese político es un mandria, ese escritor un ignorante… soy de confianza, conozco todos los secretos, he visto los resortes de la maquinaria, no podéis engañarme porque he asistido a los ensayos.

¡Ah, si no queréis perder vuestras ilusiones, no miréis las cosas entre bastidores ni en ensayos! La verdad es amarga y la mentira dulce. Hay muchos ángeles que son pilluelos y muchos demonios que parecen peor de lo que son. En los ensayos nada puede verse bello…

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