El Canal de Panamá: sueño romántico
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El Canal de Panamá: sueño romántico

La obsesión por hallar una ruta marítima directa entre Europa y Asia, dominó la geopolítica americana durante todo el siglo XIX.

Lo que el historiador Matthew Parker ha llamado «Fiebre Panameña», es decir, la obsesión por realizar el sueño original de Colón de hallar una ruta marítima directa entre Europa y Asia, dominó la geopolítica americana durante todo el siglo XIX, y desató una épica carrera entre potencias, banqueros e ingenieros de todo el mundo por asegurarse los derechos de acometer la obra más ambiciosa hasta entonces, en la historia de la humanidad.

No fue el «Almirante» —como también se le conoció a Colón— quien exploró las actuales costas panameñas por primera vez —por hallarse encarcelado y haber perdido su monopolio sobre la exploración—, sino Rodrigo Galván de Bastidas, en 1501. No obstante, el primer asentamiento y cabildo castellanos en el Istmo de la tierra, que los nativos llamaban Panamá, fue Santa María de la Antigua del Darién, fundada en 1510 por Vasco Núñez de Balboa. Ésta sería la capital del territorio de Castilla de Oro hasta que, en 1519, Pedrarias Dávila fundó las ciudades de Panamá —la más antigua del continente en la costa del Pacífico— y dos años después la de Nombre de Dios, en la del Atlántico.

Durante los siguientes años, conforme se cartografiaba el nuevo continente, quedó claro para la Corona Española que ni rodear el Estrecho de Magallanes ni atravesar de costa a costa la Nueva España eran rutas viables al Pacífico, por lo que el norte de la actual Colombia y el Istmo sirvieron para conectar las Antillas con el Perú —cuya conquista lanzaron Pizarro, Almagro y Luque precisamente desde Panamá.

Fue entonces que, por órdenes de Carlos I, comenzó a dársele vueltas a la idea de construir una ruta artificial cruzando el estrecho Istmo. Felipe II, menos ambicioso, más oportuno hacer de Panamá una barrera estratégica para defender el Perú y su riquísimo tráfico de plata.

Y quizá tenía razón «el Rey prudente», como demostraron las incursiones y saqueos de Sir Francis Drake y Sir Henry Morgan. De cualquier manera, todos los intentos de crear asentamientos permanentes tierra adentro, y una ruta transitable, fracasaron. Poco o nada cambió con la administración centralizada del Virreinato de la Nueva Granada, en 1751, o la federada de la República de la Gran Colombia, en 1830.

Mas no sorprende que, una vez desatados los vientos de la Ilustración, la idea de un corredor transístmico se pusiera en boga. En primer lugar, porque el científico-estadista Benjamin Franklin inspiró, durante su estadía en Francia, el panfleto de Pierre André Gargaz donde se proponía la construcción de sendos canales en Suez y Panamá. En segundo, porque otra gran luminaria, Alexander von Humboldt, pese a datos imprecisos, había sugerido cuatro posibles rutas para un canal intercontinental americano: Tehuantepec, Nicaragua, Panamá y el río Atrato, en Colombia. Por último, porque la Revolución Industrial comenzó a producir la tecnología necesaria para llevar a cabo los ideales ilustrados de progreso histórico y dominio técnico sobre la naturaleza.

En 1826 se llevó a cabo un congreso latinoamericano en Panamá, que promovió la exploración del Istmo y la planificación de un canal.

Sin embargo, las endebles y núbiles repúblicas de la América española carecían completamente del capital financiero, técnico y humano para acometer tal empresa, por lo que el proyecto acabaría en manos, naturalmente, de una de las grandes potencias europeas.

Con el auge de los barcos de vapor, los ferrocarriles, las estructuras de acero, la dinamita, el telégrafo y las grúas mecánicas, se tendieron puentes, desecaron pantanos, excavaron túneles, edificaron fábricas y se empezaron a construir canales que conectaban vías interiores. Había comenzado la primera era de la globalización, la unificación del mundo bajo el manto de la industria, el transporte, el comercio y, claro, el imperialismo europeo.

De ahí que Simón Bolívar haya optado por favorecer al Reino Unido como contrapeso a la creciente influencia de la emergente potencia americana, los EE. UU., que por entonces gestó su principal doctrina geopolítica: evitar a toda costa la injerencia europea en América.

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