Torres mexicanas
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Torres mexicanas

Las torres de nuestras iglesias poseen con frecuencia un valor plástico de altísima calidad.

El margen de su indudable connotación simbólica, como gesto de elevación espiritual o como señal de la poderosa presencia institucional de la iglesia católica en la sociedad mexicana; de su función utilitaria, como campanario o reloj, o de su papel como referencia de ubicación urbana, las torres de nuestras iglesias poseen con frecuencia un valor plástico de altísima calidad que debe destacarse con especial énfasis dentro del patrimonio artístico y cultural de México.

Constantes imprescindibles en la identidad del paisaje de nuestros pueblos y ciudades, seleccioné diversas torres —y realicé sus dibujos a tinta, de los que aquí se muestran algunos—, cuyas principales características describo.

Catedral Metropolitana (1571-1813). Comprende múltiples estilos: herreriano —portada del lado norte—, barroco —resto de las portadas— y neoclásico —cúpula y segundo cuerpo superior de las torres—. El proyecto original lo realizó Claudio de Arciniega, pero, a principios del siglo XVII, Juan Miguel de Agüero proyectó un modelo que cubría el edificio con bóvedas en vez de las originales armaduras de madera; así, con la participación de distintos arquitectos, en la segunda mitad del siglo XVII se terminó el primer cuerpo de la torre oriente.

El segundo cuerpo de las torres se inicia en 1787 y se concluye en 1791; es una obra neoclásica de José Damián Ortiz de Castro, si bien fue terminada por el arquitecto valenciano Manuel Tolsá, cuya mayor creación fue la cúpula.

Además de sus majestuosas proporciones, destaca la solución de Ortiz de Castro para el segundo cuerpo de las torres, en el que inserta una estructura octagonal dentro de una envolvente definida virtualmente por cuatro columnas angulares, con lo que logra una adecuada continuidad con
el cuerpo inferior, así como un efecto de ligereza que mucho beneficia al edificio en virtud de la pesadez de la primera sección.

Asimismo, el peculiar remate en forma de campana se observa bien integrado al cuerpo en que se desplanta. Estos remates, que parecen de piedra maciza, son en realidad de tezontle tallado, revestido de chapa de cantera y trabado con cinchos de acero.

Catedral de Puebla (h. 1536-1819).
Se calificó como de estilo herreriano por su similitud con el lenguaje
arquitectónico que usó Juan de Herrera, autor del monasterio de El Escorial.

Su primera traza se debe a los maestros mayores Francisco de Becerra y Juan de Cigorondo.

El proyecto original consideraba la presencia de cuatro torres, una en cada esquina. Pero, durante el siglo XVII intervino el entonces maestro mayor de la catedral de México, Luis Gómez de Trasmonte, quien reproyectó el conjunto, incluyendo las torres.

Después de Gómez, participaron otros muchos arquitectos, entre ellos Pedro Mosén García Ferrer, autor de la cúpula en la época del célebre obispo Juan de Palafox y Mendoza. Sus altares, retablos, pinturas, esculturas y mobiliario constituyen un tesoro artístico excepcional. La unidad y severidad de su estilo, efecto al que contribuye no gris oscuro de la dura cantera con la que están construidas, le otorga a las torres de la catedral de Puebla una elegancia inigualada.

Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, Tlaxcala (s. XVI).
La iglesia franciscana, ahora catedral, se construyó bajo la dirección de los frailes, entre los que se contaba fray Juan de Rivas, guardián del anexo Convento de la Asunción. En ella destacan las armaduras de madera labrada de estilo mudéjar que cubren la nave.

La torre es notable por su masividad y, especialmente, por su emplazamiento aislado del cuerpo del templo. Contribuyen también a su atractivo la densa arboleda del entorno y su vecindad con la plaza de toros de la ciudad. La torre actual, del siglo XVII, sustituyó a la original y está unida al convento por un paso de ronda.

Foto: nssoaxaca.com

Catedral de Morelia, Michoacán (1660-1744).
Su localización dentro de la plaza mayor de la ciudad permite admirarla desde muy distintos ángulos. Su construcción se inicia con el proyecto del arquitecto italiano Vincenzo Baroccio Escaiola. A su muerte, en 1692, continúan las obras Juan de Silva y Antonio de Echavira.

Aún inconcluso, se consagró el templo el 10 de mayo de 1705, y no fue sino hasta 1738, que reanudó los trabajos el alarife José de Medina, quien diseñó las portadas y torres con una volumetría barroca, pero de severa ornamentación, a base de tableros y pilastras que enfatizan su verticalidad. Según el crítico e historiador de arte Silvestre Baxter, la de Morelia es la más bella de todas las catedrales mexicanas.

Catedral de Zacatecas (1612-1904).
En el fondo de la barranca en la que se sitúa la ciudad minera de Zacatecas
—hoy designada Patrimonio de la Humanidad — se desplanta su barroca catedral de cantera rosa, cuya construcción estuvo a cargo del alarife Domingo Ximénez Hernández.

La torre sur se terminó en 1785 y fue la única con la que contó la catedral hasta 1904, cuando el maestro de obras Dámaso Muñetón, copiando la original en forma inmejorable, concluyó la torre norte. En ésta destaca la profusa ornamentación barroca, que se vuelve ligera, subordinada a las excelentes proporciones de sus torres y de la iglesia en su conjunto.

Iglesia de San Felipe Neri, Guadalajara, Jalisco (1752-1802).
Su construcción se realizó bajo la dirección de Pedro Ciprés y del padre
filipense Cristóbal de Mazariegos. La torre, de un barroco sobrio con
reminiscencias platerescas, es de proporciones enormes, pero muy
armoniosas y de interesante volumetría. Está compuesta por dos cuerpos: el
inferior, de planta cuadrangular, con dos vanos por lado, enmarcados por
arcos de medio punto, donde se alojan las campanas, y el superior, con forma de prisma octagonal, que tiene vanos enmarcados por columnas triples en cada una de las caras. Corona la torre una cúpula acampanada.

Foto: 100cosas.guadalajara

Templo de San Antonio, Aguascalientes, Ags. (1895-1908).
Fue proyectado y construido por el maestro de obras Refugio Reyes. Su heterodoxa obra se presume inspirada en modelos europeos recogidos de estampas y revistas y, si bien es ecléctica, puede considerarse predominantemente neoclásica. Es particularmente atractiva la equilibrada tensión volumétrica que se establece entre la torre centra y las dos pequeñas torres laterales.

Iglesia de San Francisco Acatepec, Puebla (s. XVII).
Localizada en un poblado cercano a la ciudad de Puebla, sobresale —junto con la muy próxima de Santa María Tonantzintla— como la expresión más acabada de un barroco exuberante netamente popular, caprichoso y original, en el que es fácil advertir la sensibilidad de artífices indígenas. La torre, como el templo, es de pequeñas proporciones y está totalmente recubierta de azulejos que le confieren un extraordinario colorido. Asemeja, según Manuel Toussaint, una pequeña iglesia de porcelana y, según José Moreno Villa, un gran juguete de cerámica.

Santuario de San Juan de los Lagos, Jalisco (1643-1769).
Bajo la dirección del maestro mayor Juan Rodríguez Estrada, su construcción se inició para sustituir al templo anterior, que ya era insuficiente para recibir a la multitud de peregrinos. Los tres cuerpos y el remate de las torres están constituidos por columnas toscanas y por cornisas, molduras y balcones en los que predominan los trazos curvilíneos, con los que se logra un efecto de continuidad formal muy delicado y atractivo.

Parroquia de San Miguel Arcángel, San Miguel de Allende, Guanajuato
(templo: s. XVII; torre: s. XIX). Como muchas otras, la actual parroquia se
edificó sobre otra más antigua.

Sus torres originales fueron demolidas a fines del siglo XIX para sustituirlas por un pórtico frontal o nártex, del que forma parte la torre seudogótica, obra del maestro analfabeta local Ceferino Gutiérrez. A pesar de la burda expresión de algunos de sus detalles, la enorme masa de la torre cuenta con un valor plástico indudable, que ha adquirido carta de naturalización en el paisaje del lugar.

Iglesia de Santa Prisca, Taxco, Guerrero (1751-1758).
Fue financiada y dirigida por el rico minero José de la Borda. Su diseño y construcción se atribuyen a un arquitecto de apellido Durán o, bien, a Cayetano de Sigüenza. Las torres son de un barroco exuberante con elementos churriguerescos; llama la atención la forma del remate, parecido a la base de un candelero.

Sus proporciones muy esbeltas, su fina ornamentación y la topografía del lugar se conjugan para que la iglesia se exprese como un extraordinario punto focal al que parece concurrir toda la ciudad. A juicio de varios especialistas, Santa Prisca es el edificio más homogéneo y mejor logrado del barroco mexicano.

Iglesia de San Hipólito, ciudad de México (1599-1739).
Se construyó para conmemorar a los españoles que murieron en la derrota de la Noche Triste, el 1 de julio de 1520. El edificio actual fue concluido en 1777. Muy interesante resulta la disposición oblicua de las torres respecto del cuerpo de la nave, así como las reminiscencias mudéjares en los relieves
de los muros.

Reloj Monumental de Pachuca, Hidalgo (1904-1910).
Es la única torre no eclesiástica de la colección. Ocupa el centro de la plaza principal de Pachuca y se construyó para conmemorar el primer centenario de la Independencia.

En su edificación intervinieron el señor Tomás Cordero, los ingenieros Luis Carreón y Francisco Hernández y el maestro cantero Alfonso Arteaga. Es de cantera blanca de la región con esculturas de mármol de Carrara que representan la Independencia, la Libertad, la Reforma y la Constitución. Su estilo se ha clasificado como neoclásico, pero es más bien ecléctico, pues contiene elementos de muchos estilos.

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