Leonard Bernstein: maestro del siglo XX
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Leonard Bernstein: maestro del siglo XX

Su gran talento lo convirtió en uno de los más reconocidos y mejores directores de orquesta del mundo.

Director de orquesta y pianista, compositor y pedagogo, activista e ícono cultural, con una personalidad exuberante e insegura, de temperamento conservador e ideales progresistas, inclinaciones caseras y profesión andariega, ése fue Leonard Bernstein.

De carácter extrovertido y apuesto porte, Bernstein era el invariable centro de atención en cualquier escenario. Era un estudioso obsesivo, un trabajador incansable y un maestro excepcional, por ello, brillaba intensamente tanto en el podio de un director de orquesta, como en un set de televisión o en un salón de clases, al transmitir su mayor pasión: la música.

Por su gran personalidad llegó a ser tan reconocido en los EE. UU. como Elvis Presley o Marilyn Monroe, y a la vez, tan reverenciado en el selecto mundillo de la música clásica como otro gran director de la época, Herbert von Karajan: mientras que éste estaba obsesionado con sacarle a sus orquestas el sonido más bello posible, Bernstein buscaba incesantemente subrayar el poder emocional de la música.

I like to be in America!

Hijo de inmigrantes judíos de Ucrania, Leonard, Lenny o Len —pero llamado Louis oficialmente hasta que cambió su nombre a los 16 años— nació el 25 de agosto de 1918, en Lawrence, Massachusetts.

Su padre, Samuel J. Bernstein, dirigía un negocio de cosméticos en Boston. Devoto, estricto y rebosante de dichos talmúdicos —como buen hijo de rabino—, entre los pocos intereses que compartía con su esposa, Jennie, estaba cierto entusiasmo por la música; si bien ella, que había tenido que interrumpir sus estudios para trabajar en una fábrica de textiles, prefería canciones populares y bandas klezmer antes que cantores y órganos de sinagoga. De allí que el pequeño Leonard, poco después de aprender a caminar y hablar precozmente, ya tocara la puerta de sus vecinos, que tenían un piano, exigiendo «moynik, moynik!»«música» en yíddish.

El mismo año que llegó a casa el piano de una tía, Leonard se topó con su primera influencia musical en la sinagoga local. Sin despegarse del instrumento y con lecciones de a dólar de una niña vecina, aprendió a tocar y leer música —y, luego, a improvisar y componer— tan bien y tan pronto que a los 13 años comenzó a dar lecciones y recitales para pagarse clases más avanzadas. La siguiente fase de su educación vino al ingresar a la Boston Latin School, que dejaría en él una honda huella de cultura clásica y lenguas.

Durante su adolescencia se volvió un asiduo oyente de música orquestal, incursionó en el teatro mediante producciones amateur, empezó a fumar, tuvo sus primeros amoríos —lo mismo con chicas que con chicos— y se habituó a noches de insomnio llenas de lectura, trabajo y conversaciones sobre religión, política, arte y sexo.

Más tarde, le dio gusto a su padre y entró a la Universidad de Harvard. Además de piano, estudió humanidades y conoció al filósofo David Prall, cuyas enseñanzas, de fuerte tono existencial y con preocupación social, marcarían toda la carrera musical y pedagógica de Bernstein. También comenzó a interesarse en los compositores «populares» estadounidenses —ya que los más «cultos» le restaban importancia a éstos—, quienes habían desarrollado un lenguaje musical transparente y naïf, lo cual Bernstein propondría en su tesis —y lo sostendría el resto de su vida—, pues constituía un verdadero arte estadounidense. Asimismo, en Harvard fue su debut como director y compositor incidental para un montaje de Las aves, de Aristófanes.

Tras graduarse, perfeccionó su técnica pianística en el Curtis Institute of Music, en Filadelfia. Sus mentores, los directores Aaron Copland, Fritz Reiner y Dmitri Mitropoulos, le recomendaron dedicarse a la dirección orquestal. Así fue como en 1940 asistió a la academia del Festival de Tanglewood —organizado por el director de la Orquesta Sinfónica de Boston, Serge Koussevitzky— para estudiar dirección de orquesta con profesores de talla internacional.

Reconciliado Samuel con la carrera de su hijo y exento éste del servicio militar debido a su asma, Leonard se mudó a Nueva York y, a partir de 1942, comenzó a vivir formalmente de la música, como pianista y, ocasionalmente, como director, acompañante o arreglista.

The age of anxiety: ascenso y crisis

Hacia 1943, Artur Rodziński, director de la Filarmónica de Nueva York, le ofreció el puesto de director asistente; mientras que el coreógrafo Jerome Robbins le propuso colaborar en un moderno ballet acerca de tres marineros de permiso en Nueva York: Fan Free, que luego se transformaría en On the Town (1944), el musical que fundió Broadway con Stravinski y que llevó a Leonard Bernstein del mundo de la música al del teatro.

Tras sustituir en el podio a última hora, sin apenas tiempo de ensayar, al veterano Bruno Walter durante un concierto, las ofertas laborales no dejaron de lloverle y dirigió varias orquestas, hasta que le ofrecieron su primera posición como titular al frente de la New York City Symphony. Se abocó a esta tarea con gran entusiasmo, y saltó a la fama por su carisma y por tratarse del primer estadounidense nativo en irrumpir en el gueto de la dirección de orquesta, hasta entonces reservado a europeos.

Bernstein destacó como director por llevar la música clásica a millones de personas en los inicios de la tv.

En 1946 conoció a la bella actriz chilenocostarricense y judeocatólica, Felicia Montealegre Cohn, se comprometió con ella y, tras años de ires y venires, se casaron el 9 de septiembre de 1951. Aunque no era monógamo ni heterosexual, Bernstein llegó a apreciar enormemente la estabilidad que le brindó su matrimonio y la cálida vida familiar que tuvo con sus hijos Jamie, Alexander y Nina.

En los años posteriores al final de la guerra, sentó las bases de su carrera internacional como director y estrenó su jazzística y alegórica 2a sinfonía/concierto para piano, basada en la égloga de W. H. Auden, The Age of Anxiety y repleta de temas existenciales griegos y judíos. A esta composición le siguieron el libreto y partitura del musical Peter Pan (1950) y la ópera breve Trouble in Tahiti (1952), comenzada en Cuernavaca durante su luna de miel —una sátira cruel de un matrimonio disfuncional de los suburbios, como el de sus padres—. Mas sería el musical sobre la vida bohemia en el Greenwich Village neoyorkino, Wonderful Town (1953), con el que ganaría premios, reconocimiento y dinero.

Sin embargo, la paranoia anticomunista de la Guerra Fría comenzó a afectar su carrera, debido a su progresismo, su intermitente activismo y su constante presencia en círculos de izquierda.

I feel pretty, oh so pretty: el cenit de la fama

Una vez que amainó la persecución, Bernstein pudo retomar sus compromisos internacionales y viajar a Hollywood, donde produjo una de sus mejores partituras —y, sin duda, uno de los mejores scores de la historia del cine— para On the Waterfront (1955).

Su rehabilitación definitiva de todo lo que la Guerra Fría le provocó internamente, llegó con la invitación a aparecer en la serie televisiva Omnibus como divulgador de la música, un contrato discográfico con Columbia Records y su nombramiento como director artístico de la Filarmónica de Nueva York.

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