Éntrele a la masa: el kitsch
Arte

Éntrele a la masa: el kitsch

La palabra kitsch es usada para designar una parte de la cultura que se mofa de sí misma y de la solemnidad

De Disney a la música para las masas

De acuerdo con el diccionario Langenscheidt, kitsch significa, lisa y llanamente, «cursi, de mal gusto».

No obstante, como lo señaló Milan Kundera, a fuerza de usar este término, la sociedad actual ha omitido su sentido original: kitsch es «la negación absoluta de la mierda», el no darse cuenta de la mierda que se consume día a día en este mundo masificado.

Demos un vistazo al punto de vista que defiende al kitsch. Según éste, es en su accesibilidad industrial donde radica su encanto multitudinario: la nostalgia por Tin Tan, el «redescubrimiento» de Frida Kahlo o las versiones sinfónicas de Juan Gabriel pueden ser vistos como parte de la esencia del México contemporáneo. Se trata, en suma, de entrarle a la masa, asumir que somos parte de ella y disfrutar

Theodor Adorno y Max Horkheimer pusieron al descubierto la mentira oculta en la «tierra de la libertad»

Rastreemos el origen de este lamento por el abandono de lo exquisito, «de lo auténticamente culto», en dos autores alemanes: Theodor Adorno (1903-1969) y Max Horkheimer (1895-1973). En 1944, se vieron obligados a abandonar la Alemania nazi y denunciaron la falsedad de lo que se ostenta como «cultura de masas» a través de una serie de ensayos publicados en el volumen Dialéctica de la ilustración. El que lleva como título «La industria cultural» nos revela con mayor nitidez las raíces del kitsch como concepto despectivo.

La «cultura» producida en serie, transformada en industria, en artículo de moda, intercambiable y, por lo tanto, desechable, no era, según ellos, el modo más honesto para que los individuos, inmigrantes o nativos gozaran de su libertad.

El cine, la música, las películas de Walt Disney y todo el entretenimiento en general resultaban parte de la trampa dispuesta para satisfacer el ocio de las multitudes y, de paso, capturaban los pensamientos de los trabajadores de talleres y oficinas después de largas jornadas laborales.

Sobre el origen de la palabra kitsch hay varias versiones, una data de la segunda mitad del siglo xix, «cuando los turistas americanos deseaban adquirir un cuadro barato, pedían un bosquejo —sketch».

La condena de Eco al Ersatz

El entonces ultracrítico Eco, citando a Hermann Broch (1886-1951), define al kitsch como un ersatz, es decir, como un «epígono», un sustituto del verdadero objeto artístico, concebido para provocar el efecto y el goce por encima de toda reflexión.

Para Umberto Eco, el peligro no está en el sistema que se proclama a sí mismo como liberador y que engañosamente constriñe aún más al individuo, sino en las pretensiones del consumidor, del kitsch mensch o «experienciante».

Después de leer todo lo anterior, es natural que el lector se pregunte si existe, efectivamente, alguna salida o, en todo caso, alguna posibilidad de acceder al arte sin ser parte del kitsch.

El problema real surge cuando, en lugar de asumirnos como populacheros, queremos dar una pinta de cultos especializados leyendo cosas como El código Da Vinci. Hasta una visita a Chapultepec para ver El lago de los cisnes, para el caso, podrá caer en lo kitsch. Sin embargo, tenemos que ser realistas, ¿cómo escapar del kitsch si está en todo lo que nos rodea?

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