Caravaggio, el claroscuro encarnado
Algarabía 179 Arte

Caravaggio, el claroscuro encarnado

Conocido por su enorme y luminoso talento que contrasta con la vida que tuvo y quien estuvo activo entre 1593 y 1610.

Así como suele decirse que Dalí es el surrealismo en persona o que Picasso es el cubismo andante, se podría decir que Caravaggio es el claroscuro encarnado. Vivió una vida oscura que contrastaba con su enorme y luminoso talento. Su rebeldía ante todo generaba luz en sus obras, negarse a seguir las reglas, las órdenes, los mandatos, creaba soluciones audaces y novedosas que, todavía hoy, son impactantes hasta para el mayor neófito en asuntos de arte, pues retrató tanto la vida como la muerte, la luz y la sombra, la naturalidad y la teatralidad.

A los 6 años de edad el pequeño Michelangelo da Caravaggio perdió a su padre y a su abuelo el mismo día a causa de la peste. Su madre lo sacó adelante a él y a sus hermanos con limitados recursos, aunque no falta de conexiones. Murió dejando a Michele de 13 años instalado como aprendiz de Simone Peterzano, discípulo de Tiziano. Es probable que en estos años formativos y, sin una guía moral, Caravaggio aprendiera dos cosas que marcarían su obra y su vida. La simplicidad y la imagen concreta de su pintura enfrentada a un carácter extraño y beligerante; la primera derivó en cuadros libres de escenografía y en lo que hoy conocemos como claroscuro, la segunda en incontables trifulcas; llegó a ser acusado de homicidio en más de una ocasión.

Descubrir al genio

Antes de cumplir los 20 años, el joven Caravaggio ya estaba en Roma sobreviviendo a duras penas a base de modestos encargos. Se cuenta que llegó a la ciudad sin dinero, sin un trabajo acordado y sin residencia. Después de dos gloriosos siglos de Renacimiento en los que los talleres de arte eran lucrativas empresas que recibían encargos millonarios, hacia finales del siglo XVI el incremento de coleccionistas de arte de la clase media demandaba otro tipo de obras, no sacras, no intelectualizadas o históricas, en sencillas palabras, requería lo que hoy se conoce como pintura de género, es decir, escenas costumbristas, cotidianas, y, lo más novedoso: el bodegón.

La desacralización de la pintura le vino muy bien a Caravaggio en aquel momento, pues al vivir casi en la calle y socializar nada más que con escoria, su pintura —que siempre realizó a partir de modelos de la vida real, se dice que no dibujaba—, se llenó de personajes tan reales que hasta la fecha nos despiertan sensaciones perturbadoras. Su obsesión por representar hasta el mínimo detalle como si fuese una fotografía en altísima resolución, crea una serie de signos mínimos —como un guante roto, unas uñas sucias, pieles verdes, gestos, reacciones y hasta lágrimas— con los que narra, no sólo escenas comunes como un juego de cartas entre rufianes, un muchacho que es mordido por una lagartija, un autorretrato como Baco enfermo o un grupo de jóvenes que canta canciones llegadoras, sino que introduce un subtexto por el cual conocemos su entorno, la gente con quien socializaba, los conflictos, los deseos y, todavía más, deja al descubierto quiénes eran en realidad las personas que le servían de modelos. Y no es que Caravaggio estuviera interesado en retratar la vida como una serie de anécdotas, sino que la historia que precisa narrar se llena de vida gracias al detalle extremo y a los modelos que infunden su vida a los protagonistas. Él mismo menciona: «Todas las obras pictóricas, sin importar qué o quién las haga, no son más que bagatelas y tonterías infantiles si no son tomadas de la vida, no nada mejor que seguir a la naturaleza».

Puesta en escena

Y es precisamente este nuevo estilo de trabajos que lo lleva a conocer al cardenal Del Monte quien de inmediato se convirtió en su mecenas, le dio casa y sustento además de comisionarle en 1602, su primer trabajo religioso: la decoración de la capilla Contarelli en la iglesia de San Luigi dei Francesi donde pinta una serie de óleos que representan la vida de San Mateo. Explica el historiador del arte Simon Schama que «en muchos sentidos, la Iglesia Católica lo había estado esperando. Atacada por el movimiento de Reforma procedente del norte de Europa, estaba necesitada de un drama visual sagrado al que cualquier creyente sencillo pudiera responder de forma tangible como si se estuviera escenificando en su presencia». Y es que no hay más que contemplar uno solo de esos cuadros: La vocación de San Mateo donde nuestros rebelde pintor se niega a seguir los lineamiento del encargo que incluían el fondo con una iglesia y con un Jesús protagónico. Caravaggio no deseaba ser condescendiente. Sin embargo, estaba decidido a hacer lo que mejor sabía hacer.

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