México de mis recuerdos, México de mis amores
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México de mis recuerdos, México de mis amores

México nuevo y viejo, México tradicional y de vanguardia, México de hoy y de mañana. México de día y de noche, el del tráfico y el

México de mis recuerdos, México de mis amores, México nuevo y viejo, México tradicional y de vanguardia, México de hoy y de mañana. México de día y de noche, el del tráfico y el tránsito, el de la nota roja, el del augurio y la crónica, el del metro y el carrazo, el del Tenampa y Laguni LL a mi barrio, el de los Olvidados. México de Tlaxcoaque, La Villa, Xochimilco y Azcapotzalco, pero también el  de Santa Fe, Las Lomas, Polanco y San Ángel. El México que alberga un Palacio negro —Lecumberri—, pero también un Palacio de Bellas Artes; un Bordo de Xochiaca y una Torre Latinoamericana; así como una Candelaria de los Patos, pero también la plaza de toros más grande del mundo.

La ciudad más prolífica, la más interesante, la que de verdad nunca duerme, tema de novelas, cuentos, pinturas y esculturas; material para miles de noticias, escenario y guión de cine, inspiración de poetas, sueño de muchos, pesadilla de otros tantos; ciudad de clases y castas, de confluencia y centralismo, de amor y desamor: eso es México, la ciudad más… ¿más qué? Más todo.

Bajaba por las calles sin coches, de poder andar en bici por aquí y por allá durante horas, y de los parques vacíos. Me acuerdo de la colonia Condesa, que también era una colonia de clase media, donde vivían mis abuelos maternos; un barrio que ahora, 20 años después, ha cambiado radicalmente y está lleno de restaurantes, bares y antros —que ocupan el lugar donde antes se erigían grandes casas del tipo español californiano, construidas entre los años 30 y 40 del siglo pasado—, y que no es ni la sombra de la colonia tranquila que fue. Y de la colonia en donde vivían mis abuelos paternos: la Guadalupe Inn, en donde incluso jugábamos beisbol en la calle, porque no pasaba ni un alma; era una colonia hermosa —aún guarda un poquito de aquello— en la que todos se conocían. Es cierto, la ciudad ha cambiado, nos ha rebasado, el crecimiento ha sido totalmente desorbitado y ha llegado a unos niveles casi absurdos: mucha gente, mucho tráfico, poco transporte público, demasiados puestos en la calle. Por eso cuando digo que la amo y soy feliz de vivir en ella, la gente me voltea a ver con cara de «¿qué te pasa?», y piensa que soy una loca, una masoquista o, con suerte, una idealista que no sabe lo que dice, porque el lugar común es quejarse de la contaminación, de la cantidad de coches que circulan por sus calles sucias, del horrendo paisaje urbano, de la falta de planeación, de los logros —como Santa Fe— que despuecito se convierten en fracasos.

El lugar común es quejarse de la ciudad en general. Es un hecho que la que fuera un día la Gran Tenochtitlan y la Ciudad de los Palacios, es hoy una de las ciudades más grandes y sobrepobladas del mundo; una mancha urbana gigantesca, amorfa y acéfala formada por colonias en decadencia —Juárez, Santa María la Ribera, Lindavista—, cinturones de miseria, oleadas de autoconstrucción e interés social por un lado y, por otro, barrios wannabe, suburbios de nuevo rico que emulan a los gringos —como si fueran dignos de emularse— y bastiones encarcelados, llenos de altos edificios y condominios horizontales «muy nice», en donde se resguarda la clase advenediza que intenta no mezclarse con lo que hay a su alrededor. Todo lo que se dice del Distrito Federal es cierto, y muchos podrían decir que es la ciudad más fea del mundo, que se parece a El Cairo o a Nueva Delhi, y quizá tienen parte de razón; pero no es ni tanto ni tan poquito, porque el hecho de que tenga más de 22 millones de habitantes no es sólo producto de la casualidad, sino el resultado de que todo el mundo quiere o tiene que estar aquí. Por algo será, ¿no?

Para conocer más del artículo:  Algarabía 100

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