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¿Quién fue?

Yo, Asimov; tú, Asimov; nosotros, Asimov; ¡todos, Asimov!

Isaac Asimov fue un gran escritor y divulgador de la ciencia, la historia y la literatura. Sus escritos sobre ciencia ficción son un referente obligado.

Isaac Asimov fue un gran escritor y divulgador de la ciencia, la historia y la literatura. Sus escritos sobre ciencia ficción son un referente obligado.1 Yo, Asimov —I, Asimov: A Memoir, originalmente— es el nombre de las cuatro autobiografías de Isaac Asimov.

Ésta es la oportunidad perfecta para rendirle tributo a un colaborador excepcional que nos ha acompañado en buena parte del camino. Estamos hablando del hombre dotado con una de las mentes más brillantes del siglo xx, que dedicó gran parte de sus esfuerzos a iluminarnos con ella, especialmente en los ámbitos de la ciencia, la historia y la literatura. Nos referimos a uno de los más grandes escritores de ciencia ficción, quien, incluso, revolucionó este género escribiendo y convirtiendo a los robots —¡qué paradójico!— en personajes más humanos. Un tipo, en fin, sencillo, cálido y con un sentido del humor agudísimo —prueba de ello es el epígrafe que da pie a estas líneas—. Damas y caballeros, niños y niñas, algarabiadictas y algarabiadictos, con ustedes nada más y nada menos que: [imagine aquí el sonido de unas fanfarrias] Isaac Asimov.

Un asteroide descubierto en 1981 fue nombrado en su honor: el 5020 Asimov

A primera vista, Isaac Asimov podría parecer un nerd en toda la corta extensión de la palabra: nunca aprendió a nadar ni a andar en bicicleta; detestaba viajar grandes distancias y padecía fobia a volar —lo cual hizo solamente dos veces en su vida—; sufría de agorafobia —miedo a los espacios públicos— y, por si fuera poco, era un acérrimo claustrofílico, pues adoraba los espacios cerrados —de niño soñaba con ser el dueño de un pequeño puesto de periódicos en una estación del metro neoyorquino—. Como puedes ver, no hablamos de un hombre de acción, sino de ideas y, sobre todo, de libros. Sin embargo, eso no hace de Asimov un tipo aburrido y pedante, sino un personaje colmado de luz.

Él, Asimov

Si un astrólogo se diera a la tarea de trazar la carta astral de Isaac Asimov, encontraría que la empresa es imposible, pues nadie sabe a ciencia cierta cuándo nació; lo único que sabemos es que fue en algún momento entre el 4 de octubre de 1919 y el 2 de enero de 1920. Esta natal incertidumbre se debió a las diferencias entre los calendarios gregoriano y hebreo, y, acaso, fue la semilla que luego germinó en el exacerbado racionalismo que lo caracterizó hasta el final de sus días.

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No obstante, tal parece que a Asimov le gustaba más la idea de haber nacido en un año «cerrado», ya que festejaba su cumpleaños el 2 de enero, como si estuviese seguro de que había nacido en 1920.

Cuando tenía tres años de edad, el pequeño Isaac y su familia se mudaron a ee.uu. y se establecieron en Brooklyn, Nueva York. Por esta razón, Asimov nunca aprendió a hablar ruso —sus padres siempre le hablaban en inglés o yiddish, un idioma hablado por las comunidades judías del centro de Europa, es una mezcla entre alemán, hebrero y arameo.

A los once años ya escribía sus propias historias de ciencia ficción, género que había conocido leyendo revistas especializadas. Esta afición la cultivaría más tarde escribiendo una ingente cantidad de cuentos y novelas que influirían para siempre sobre el género.

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Asimov estudió en la Universidad de Columbia, de la cual se graduó como bioquímico en 1939. Durante la ii Guerra Mundial se desempeñó como investigador químico en los astilleros de la marina estadounidense en Filadelfia. Cuando la guerra terminó, lo trasladaron al ejército, donde al cabo de nueve meses causó baja con honores. De hecho, corrió con fortuna, porque, de no haber ocurrido así, es muy probable que hubiera tenido que participar en las pruebas de la bomba atómica en el atolón de Bikini, en 1946. Dos años después se doctoró como químico en su alma mater.

Contrario a lo que pudiera pensarse, Asimov era muy sociable y un fluido orador. En los cruceros en los que solía viajar —al parecer los únicos viajes de los cuales disfrutaba— impartía pláticas sobre temas científicos, y ello lo convertía en una más de las atracciones del barco. Cuando participaba en convenciones de ciencia ficción, su trato siempre era amable, a pesar de que tenía que responder las incontables preguntas de las personas que le profesaban admiración o buscaban en él algún conocimiento. De esta misma paciencia hizo acopio también por escrito, pues le llovían tarjetas postales y cartas, las cuales también se daba tiempo de responder.

La sencillez fue una de sus características más prominentes. Por ejemplo, aunque llegó a ser miembro e, incluso, vicepresidente honorario de Mensa2 Mensa es una asociación internacional para personas con un IQ —coeficiente intelectual— muy alto. Para pertenecer a ella es necesario obtener resultados superiores a los que obtiene 98% de la población en una prueba de IQ estandarizada. nunca terminó de sentirse cómodo con el ambiente de la organización. Describía a sus miembros como «orgullosos de su cerebro y agresivos por el hecho de tener un IQ alto». En cambio, disfrutaba mucho más ser miembro de la American Humanist Association —Asociación Humanista Americana.

Sus ideas y escritos

Nuestro colaborador estrella era un hombre de ideas fijas, lentes gruesos y patillas pobladas. Aunque no le molestaban las convicciones religiosas de los demás, él era ateo, en parte porque sus padres nunca lo obligaron a observar las estrictas tradiciones judías ortodoxas que ellos sí practicaban.

El pequeño Asimov, de hecho, creció pensando que la Biblia era el registro de la mitología hebrea, del mismo modo que la Ilíada es el registro de la mitología griega. A pesar de su escepticismo, se dio tiempo de comentar cada uno de los capítulos de las Sagradas Escrituras. En 1967 publicó su comentario al Antiguo Testamento y dos años más tarde hizo lo propio con el Nuevo Testamento. En 1981, finalmente, compiló los dos volúmenes en un mamotreto de 1,300 páginas.

Los trabajos de Asimov han sido publicados en nueve de las diez categorías mayores del Sistema de Clasificación Decimal de Dewey, siendo la categoría destinada a la filosofía y a la psicología la única excepción.

En efecto, Asimov fue uno de los escritores más prolíficos de todos los tiempos y sus obras completas podrían llenar una biblioteca entera. A la fecha no se sabe con exactitud el número de libros que escribió, pero la cifra, cualquiera que sea, es muy cercana a los 515.

Él mismo decía que pensaba a un ritmo de 90 palabras por minuto. Era como si el hombre tuviese que escribir tanto y tan rápido como pudiera. A pesar de esa peculiar manera de escribir, que parece propia de un robot, en realidad su motivación era una necesidad espiritual muy profunda: «Escribo por la misma razón por la que respiro: si no lo hiciera, moriría». Asimov quizá escribía de este modo para aliviar su alma de las umbras que la afligían.

Si quieres conocer más sobre el gran escritor y divulgador de la ciencia Isaac Asimov, consulta Algarabía 50.

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