¿Quién fue?

Recordando a mi Chava… Flores

Recordemos quién fue este señor que tradujo el espíritu chilango en letras, notas y juegos de palabras.

Seguro has escuchado algunas de sus canciones, como ésa que dice: «Mira bartola, ’ai te dejo esos dos pesos, pagas la renta, el teléfono y la luz»; o esta otra que sale con lágrimas al calor de una borrachera: «Ingrata pérjida, romántica insoluta, tú me estrujates todito el corazón»; o, incluso, aquel refrán que dice: «amor de lejos es de pen... sarse».

«Sábado Distrito Federal...»

Salvador Flores Rivera nació el 14 de enero de 1920 en el D. F.; allá por la calle de la Soledad, en el Barrio de
la Candelaria, por los rumbos de la Merced; pero, en realidad, su casa fue toda la ciudad de México, ya que vivió en la mayoría de los barrios que había entonces en la capital. De Peralvillo a Tacubaya, pasando por la Roma, la Doctores, la Cuauhtémoc y Coyoacán, sólo por mencionar algunos lugares.

«—¿Y usted quién es?
—Yo soy hermano del amigo de un señor que no vino a la fiesta.»

Al quedar huérfano de padre, a los trece años, tuvo que entrarle al trabajo: cosió corbatas, fue cobrador, tuvo 
una tienda, vendió retratos y calcetines, fue dueño de una ferretería y hasta estudió para contador. Pero, un buen día, comenzó a cantar Dos horas de balazos en la cafetería de la xew —semillero de grandes estrellas de la época de oro—
 y le gustó a alguien que lo escuchó, por lo que le ofreció grabarlo y ¡de ahí pa’l real! Sacaba por lo menos un éxito por mes e, incluso, en una ocasión, cuatro de los diez éxitos del momento eran suyos.

«Si yo te bajara el Sol, quemadota
 que te dabas, habas...»


Sus composiciones estuvieron en boca de todo México. ¿Cómo olvidar a Pedro Infante cantando «La tertulia» en la película Dos tipos de cuidado (1952) y «Carta a Eufemia» en Ahí viene Martín Corona (1951)? Por su parte, Tin Tan entonó «El gato viudo», «Ése soy yo» y «La mujer de mis anhelos» en El gato con botas (1956).

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Gracias a la facilidad que tenía para retratar su entorno, dejó cerca de 300 canciones muy variadas en color y contenido, que igual hacen la crónica de un bautizo, un sepelio o una fiesta de quince años; que exaltan al México que vivía en su recuerdo, sin olvidar los detalles modernos, la construcción del metro o la avenida Reforma. Además, sus letras bien podían ser románticas o de un agudo doble sentido.

«Yo prefiero tomar té, pues tomando té me duermo...»


Chava Flores fue uno de los mejores 
caricaturistas e ilustradores de la cultura
tradicional mexicana y, específicamente, de la chilanga —él mismo se comparaba con Gabriel Vargas, el creador de La familia Burrón—, ya que logró capturar la forma de hablar de la gente, sus costumbres, su estilo de vida, la fraternidad de esa familia que vive en la vecindad, en el barrio.

«Se casó Tacho con Tencha la del ocho, del uno hasta el 28 pusieron un fiestón. Engalanaron la vecindad entera. Pachita, la portera, cobró su comisión.»

Chava quiso inmortalizar el doble sentido que, según él, usaba por lo menos 80% de los mexicanos: «Si soy un compositor que ha escrito cómo somos, cómo comemos 
y vivimos, cómo nos divertimos, no puedo olvidar cómo hablamos». Cada vez que cantaba una de esas canciones llenas de albures, decía que dedicaba la música a las mujeres, la letra a los hombres y a los intermedios, el argumento. Como ejemplo, basta citar «La tienda de mi pueblo», «oda al albur» donde relata el devenir de una tienda de abarrotes con ese ingenioso entretejer mexicano de las palabras, donde los finales complementan los principios y las intenciones terminan las frases.

«Se pusieron a jugar a la baraja, y la viuda, en un albur, perdió la caja.»

¡Ah, qué mi Chava! Lo que no hizo por conservar en el recuerdo ese México florido, por que no cayeran en el olvido sus platillos típicos, panes y dulces tradicionales, y por que no se perdieran las celebraciones mexicanas con todo su jolgorio y algarabía.

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Una de sus bromas favoritas era: «Yo, como dijo Cuco Sánchez, si he sabido, ni nazco»; aunque creo que nunca se lamentó de ser mexicano y chilango, nacido en el barrio, y hasta decía: «Si volviera a nacer, quisiera ser el mismo, pero rico; nomás para ver qué se siente».

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Así fue Chava, el relator de la cotidiana realidad urbana
de este país. El contador de historias, como aquella del velorio de Cleto, en el que su viuda perdió féretro y cadáver jugando a la baraja; o ésa en la que, al cumplir 30 años, 
a Espergencia se le festejó como si cumpliera quince: con pastel, vestido ampón y chambelanes.

Ahí tenemos también «Mi chorro de voz», «El retrato de Manuela», «El bautizo de Cheto» 
o «La casa de Lupe», que dan claro testimonio de su talento y perspicaz visión.

Finalmente, como el mismo Chava decía: «Los compositores servimos para brindar nuestros sueños a las personas que no saben soñar», y eso hizo él, nos dio sus anhelos, visiones y realidades, y con ellas nos hizo reír.

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