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¿Quién fue?

Julio Verne, el cronista del futuro

Probablemente, entre todos los viajeros no exista uno solo que iguale las hazañas de Julio Verne, realizadas desde una habitación en lo alto de una torre.

Como escritor, Verne debe de haber estado francamente cansado, pues le dio la vuelta al mundo en varias ocasiones —una vez en sólo 80 días—, recorrió 60 mil millas en el fondo 
del mar, viajó a la luna, platicó con caníbales africanos e, incluso, exploró el centro de la tierra. A través de su pluma, visitó prácticamente todos los rincones del planeta durante los 
40 años que estuvo encerrado en una habitación de su casa, en la ciudad francesa de Amiens, escribiendo a mano todos sus libros.

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Verne nació en Nantes, Francia, en 1828, apenas unos años después de la muerte de Napoleón (1769-1821). El duque de Wellington (1769-1852) era el primer ministro de Inglaterra, los buques de vapor llevaban velas para complementar su fuerza motriz y el ferrocarril tenía tan sólo cinco años de existencia.

Verne, inspirador de grandes aventureros

Muchos de los grandes exploradores e inventores de la historia se inspiraron en la obra de Julio Verne para realizar sus hazañas: el almirante Richard Evelyn Byrd (1888-1957), al regreso de su vuelo sobre el Polo Norte, declaró que Verne había sido su guía; Simon Lake (1866-1945), el padre del submarino, escribió que Verne había sido el director general de su vida. El aeronauta y explorador de las profundidades del mar, Auguste Piccard (1884-1962), así como Guglielmo Marconi (1874-1937), el hombre del telégrafo inalámbrico, y muchos otros, estuvieron de acuerdo en que Verne fue su inspiración.

Incluso, el famoso mariscal de Francia Louis Hubert Lyautey (1854-1934) manifestó que la ciencia moderna no era otra cosa que la puesta en marcha de las ideas de Julio Verne

El novelista vivió para ver varias de sus fantasías hechas realidad, cosa que se le hacía muy normal, ya que siempre decía: «Lo que un hombre puede imaginar, otro lo puede realizar».

Julio Verne y Alejandro Dumas

El biógrafo Bernard Frank (1929-2006) cuenta en Jules Verne et ses voyages que, siendo aún muy joven, Verne se encontraba en una fiesta y estaba mortalmente aburrido, así que decidió salir de ahí y, ya en la calle, tropezó con un ancho caballero; lo primero que se le ocurrió fue preguntarle al robusto hombre si ya había cenado, a lo que el interpelado respondió que sí y que había comido una omelette al estilo Nantes. Verne aseguró que nadie en París sabía preparar ese platillo mejor que él, ya que era de esa
 región.

Su audacia le valió una invitación 
a cenar con ese caballero, que no era 
otro que el autor de Los tres mosqueteros, 
con quien comenzaría
 una estrecha amistad.

El trato cotidiano con los Dumas —padre e hijo— le hizo confirmar su vocación de escritor; incluso compartieron el éxito de la obra Las pajas rotas, en la que Dumas hijo colaboró directamente, mientras que su padre la montó en su teatro. En adelante, aconsejado por su amigo, Julio decidió servirse de la geografía en sus novelas, para hacer lo que Dumas había hecho valiéndose de la historia.

Los comienzos

Julio Verne se levantaba diariamente a las 6 de la mañana, para escribir durante cuatro horas, antes de salir rumbo a su trabajo como agente de bolsa. Su primer libro fue Cinco semanas en globo, mismo que quince editores le devolvieron. Esto lo llevó a un acceso de rabia y a tirarlo al fuego. Su esposa lo rescató y lo mandó a un decimosexto editor, que sí lo aceptó e hizo de él un éxito de librería.

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Julio Verne y su esposa

Echa un vistazo a los inventos inspirados en la ciencia ficción

Su siguiente obra fue Viaje al centro de la Tierra, en la que los personajes penetran al cráter de un volcán en Islandia y, después de miles de aventuras, salen deslizándose por un río de lava en Italia. Los lectores no se cansaban de alabarla y Verne fue condecorado con la Legión de Honor.

Crítica social bajo el mar

Toda buena ciencia ficción es mucho más que una simple novela de aventuras, gracias a su profundidad, 
lo cual probablemente se lo debamos 
a Julio Verne. Una de sus novelas más exitosas, llevada al cine en más de
 una ocasión, es 20 mil leguas de viaje submarino, donde el famosísimo capitán Nemo navega el fondo de los mares a bordo del poderoso Nautilus.

Ahí se puede leer la serie de aventuras de un explorador submarino, pero también encontramos una crítica a la modernidad: Nemo había decidido alejarse de los hombres y su sociedad, por lo que eligió el fondo del mar como su escondite.

La pelea con el pulpo gigante, el encuentro con los aborígenes asiáticos y la exploración de los mares del Polo Sur son sólo algunas de las aventuras en que se ve involucrada la tripulación.

Los hechos se trastornan cuando, por diversas vicisitudes —que no mencionaremos en espera de que lean la obra—, el capitán se ve obligado a llevar a bordo a un grupo de exploradores que no quedan muy conformes cuando el capitán les dice, con toda su hospitalidad, que son bienvenidos, pero que se quedarán ahí para siempre.

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Verne también comenzó aquí la tradición de las trilogías, ya que las aventuras de este viaje bajo el mar continúan en La isla misteriosa y Los hijos del capitán Grant.
Es importante mencionar que Verne desarrolló en sus páginas la idea del submarino aproximadamente 50 años antes de que los alemanes lo convirtieran en una realidad y la humanidad lo usara —tal y como lo temió Da Vinci y como el mismo Julio profetizó a través de Nemo— para hacer la guerra.

Cronista del futuro

Julio Verne murió en 1905 y el mundo entero se mantuvo pendiente de sus funerales, a los que acudieron 30 miembros de la Academia Francesa que, por cierto, nunca lo aceptó
en sus filas, a pesar de ser el escritor más leído de su generación. Estaban también representantes de reyes y presidentes de diversos países.

Verne fue un profeta de lo que estaba por venir. En sus obras, la televisión funcionó muchos años antes de que se inventara la radio y le puso el nombre de fonotelefoto.

Tuvo helicóptero antes de que volaran los hermanos Wright y fueron realmente pocas las maravillas del siglo xx que este hombre no vaticinara. Habló de submarinos, aviones, naves espaciales, luces de neón, aceras móviles, tanques, rascacielos. Julio Verne fue, sin duda alguna, el mejor novelista de su tiempo, padre de la ciencia ficción.

Uno de los libros más futuristas y menos famosos de Verne es El diario de un periodista americano en el año 2890. En él, Nueva York, con el nombre de «Ciudad Universal», es la capital del mundo. Hay carreteras de 100 metros de ancho y rascacielos de 300 metros de alto; el clima está regulado, se puede cosechar en el Polo Norte y los anuncios publicitarios se proyectan en las nubes. No tan alejado de la realidad actual, ¿no crees?

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