¿Qué onda con...?

Las tres Parcas

«La vida no es sólo coser y cantar», podría decir la Bella Durmiente en ese relato antiquísimo que Charles Perrault reescribió, en el que ella no debe acercarse a una rueca pues una maldición que recibió al nacer dice que, si se pincha con el huso1 Instrumento manual, generalmente hecho de madera, que se adelgaza […]

«La vida no es sólo coser y cantar», podría decir la Bella Durmiente en ese relato antiquísimo que Charles Perrault reescribió, en el que ella no debe acercarse a una rueca pues una maldición que recibió al nacer dice que, si se pincha con el huso1 Instrumento manual, generalmente hecho de madera, que se adelgaza desde el medio hacia las dos puntas, y sirve para hilar torciendo la hebra y devanando en él lo hilado. de una rueca, caerá en un sueño mortal. Ése, desafortunadamente para la hermosa princesa —y afortunadamente para Disney— terminó por ser su fin: ella
 sí encuentra la rueca malvada.

Pero que sea una rueca la ejecutora de su destino no es casualidad, ya que el acto de hilar y de tejer, según la mitología griega, es lo que diseña la trama de nuestras vidas.

Pues son las divinidades quienes confeccionan el destino de los hombres.

Y, específicamente lo hacen tres hermanas hilanderas que viven en el Hades y que reciben el nombre de las tres Moiras o, para los romanos, las tres Parcas2 Para Teresa Mayor Ferrándiz, las Moiras podrían ser hijas de la Noche, Nix, que sería capaz de procrear por sí sola; sin embargo, y a causa de otros documentos, considera más confiable que ellas serían hijas de Zeus y Temís, quien habría sido su segunda esposa. .

La hermana más joven es Cloto, «la hilandera», que posee múltiples telas de colores y texturas diferentes; se encarga de escoger los hilos que pertenecen a cada una de las personas. Pero, como en todo, no todas las entregas son iguales: a quien ella conceda hilos de oro o de seda tendrá una vida dichosa; por el contrario, si otorga hilos de cáñamo o de lana, quien los reciba no tendrá mucho por qué sonreír a su paso por este mundo.

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Láquesis, «la que da a cada uno su lote», es la responsable de girar el huso y, al azar, entrelazar los hilos que forman el presente y el futuro de los hombres, así como la distribución del bien y el mal que regirá la naturaleza de esa persona.

Además, esta moira decide la longitud del «hilo de la vida» de cada individuo.

La hermana mayor es Átropos, «la inflexible», quien espera el momento en el que tenga que usar sus tijeras para cortar el hilo y, cuando lo hace, da por concluida la existencia del desafortunado. A ella es a quien habría que reclamarle las «injusticias» de una muerte, con frases como «era tan joven» o el «no merecía morir». Aunque quizá no se encontraría respuesta, pues es de ella la balanza y el sentido de justicia.

Lee la crónica de una muerte diacrónica

Estas divinidades son representadas iconográficamente como doncellas melancólicas, o también como mujeres mayores de aspecto severo, aunque en ambas interpretaciones hay una coincidencia: hacen su trabajo con poca luz, casi en penumbras. Y justo como ocurre con los santos, a ellas se les reconoce por sus atributos.

Clotos, con una rueca, Láquesis, sosteniendo un mundo y Átropos, con balanza en mano.

Frente a las acciones de las Moiras, dice la mitología, hay poco o nada qué hacer. Ni siquiera los dioses son capaces de retrasar o de cambiar el destino que ellas construyen, ya que ellos también están determinados por su hilado. En este punto, hombres y dioses se tocan, pues ambos están a expensas del tejido de las Moiras y del futuro que ellas conocen pero no revelan3 Para los romanos estos personajes, con las mismas labores, recibían los nombres de: Nona, Décima y Morta. De modo semejante, los nórdicos tenían a las Nornas: Urd, Verdandi y Skuld, que también hilaban el Destino..

Bajo esa sintonía podemos decir que no todos los hombres estarían satisfechos con sus hilos, tejidos y con la proclividad de terminar sus días por un distraído, aunque justo, tijeretazo.

Y Borges nos da la razón en «La noche cíclica», cuando dice:

«El tiempo que a los hombres
trae el amor o el oro, a mí apenas me deja
esta rosa apagada, esta vana madeja
de calles que repiten los pretéritos nombres de mi sangre: Laprida, Cabrera, Soler, Suárez...».

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