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El Limbo

El temido «Limbo», localizado entre el cielo y el infierno, según una tradición católica surgida en la edad media, fue enterrado definitivamente por la iglesia a finales del año 2005.

El temido «Limbo», localizado entre el cielo y el infierno, según una tradición católica surgida en la edad media, fue enterrado definitivamente por la iglesia a finales del año 2005. El problema es que, una vez abolido ese lugar sin gloria ni tormento, me pregunto: ¿A dónde se supone que irán los niños muertos sin bautizar? ¿Qué pasará con las almas que vivían ahí? ¿Las van a traspasar, a trasladar o —como diría Juan Arturo Brennan— a redimensionar?1 ¿Cómo va estar el papeleo? ¿Quién va a decidir? ¿La abolición será retroactiva?

Hasta el momento, una comisión teológica internacional, que reflexiona sobre este enigma en el Vaticano, los quiere enviar directamente al Paraíso, gracias a «la infinita misericordia de Dios». Decían los catecismos clásicos que el «Limbo» de los niños o de los justos era un lugar del más allá al que iban a parar quienes morían sin uso de razón y sin haber sido bautizados. Los bebés muertos no han cometido pecado, por lo que su sitio no sería el Infierno, pero cargan con la culpa del Pecado Original, por lo que tampoco deberían de subir al Cielo. Así, su destino era, hasta entonces, una tercera clase de cavidad distinta del Cielo y el Infierno, donde pasarían la eternidad sin pena ni gloria. Allí, estas almas cándidas, además de estar privadas de la presencia de Dios, sufrían la ausencia de quienes habían tenido la fortuna de salvarse: padres, hermanos y demás familiares.

Este lugar fue descrito por Dante Alighieri en La divina comedia2 como un lugar lleno de almas que en vida ignoraron la existencia de Dios. En el «noble castillo» ubicó el hogar de Virgilio —que no conoció la revelación de Dios—, un lugar sin pena ni sufrimiento, de deseo incumplido, donde se encontraban los niños no bautizados, los guerreros ilustres y respetables personalidades a las que se impedía para siempre ver al Creador.

Este lugar gris ha sido objeto de disputas en el seno de la Iglesia desde la antigüedad. El Concilio de Cartago, celebrado en el año 419 d.C., le negó a los niños sin bautizo la posibilidad de alcanzar la felicidad eterna y, en el caso de San Agustín, el «Limbo para los niños» tenía que ser eterno, porque el pecado original es eterno si no es borrado por el bautizo. Esos principios, que nunca han sido doctrina de la Iglesia católica, sino una proposición teológica, se impusieron a lo largo de los siglos, pese a que Santo Tomás admitió que esos niños «son por naturaleza beatos».

Después del Concilio Vaticano ii (1962-1965), el concepto fue abandonado y cayó en el olvido hasta la llegada de Juan Pablo ii, quien empezó por desmontar la visión tradicional del Cielo, el Infierno y el Purgatorio —desde el verano de 1999—, que ya no son lugares físicos, arriba y abajo de la Tierra, sino estados de ánimo: la presencia de Dios es el Cielo, y su ausencia, el Infierno. Además de crear una comisión para estudiar el caso, este papa se anticipó a sus conclusiones, ya que el Limbo no aparece en el nuevo Catecismo.3 Ahora, al invocar la misericordia de Dios para la salvación, la Iglesia destierra por siempre ese extraño lugar y asegura un pedazo de Paraíso a los numerosos niños no bautizados. El papeleo correrá —imagino yo— por cuenta del mismo Paraíso... y los traslados también.

Hora de opinar:

¿Crees que exista algo como el Limbo? ¿Quién crees que merezca ir a parar ahí? Describe cómo te lo imaginas.


1 Juan Arturo Brennan comenta que, justo en este caso, sí aplica el verbo redimensionar, porque las van a mandar a otra dimensión.
2 v. Algarabía 37, agosto 2007, LITERATURA: «Antes de La comedia»; pp. 52-56; y Algarabía 38, septiembre 2007, LITERATURA: «Una comedia divina»; pp. 56-60.
3 Publicado en 1992, bajo su pontificado.


María del Pilar Montes de Oca Sicilia es católica por tradición y escéptica por convicción. Cree que en esta vida todo es cuestionable y como diría Santo Tomás: «Hasta no ver, no creer», pero también está de acuerdo con don Jorge, el papá de Borges, en aquello de que «este mundo es tan raro que todo puede ser posible, hasta la Santísima Trinidad».

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