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Hedonista

Todos somos o deberíamos ser –en mayor o menor medida— hedonistas… ¿A qué nos referimos?

Primero, para entender porqué alguien procuraría o exagera en ser hedonista conviene aclarar que hablaremos de la búsqueda del placer, en un sentido muy antiguo…

Hedonismo proviene de la palabra griega hedoné que significa «placer», y que más tarde se utilizó para definir una doctrina que tuvo sus origines con Aristipo de Cirene, un filosofo griego que buscaba enseñar que la máxima en la vida del hombre debía ser la libertad y el placer, evitando a toda costa el dolor de cualquier tipo.

A esta tesis siguió la de Epicuro, fundador de la Escuela del Jardín, quien a partir de los fundamentos de Aristipo estableció el principio de que «el ser humano –como cualquier otro animal– tiene dos afecciones: el dolor y el placer», por ello el bien sumo para esta especie sería buscar el placer a toda costa.

El hedonismo es búsqueda del placer y la supresión del dolor y de las angustias.

¡Pero cuidado!, esta doctrina no tiene nada que ver con el sexo, la comida, la bebida o sexo –que quizá sea lo primero que ahora viene a la mente cuando escuchamos la palabra «placer»— sino que se refiere al estado que debe alcanzar el humano de tranquilidad y felicidad física y espiritual evitando todo dolor y angustia que lo aleje de este.

En la antigüedad occidental, cuyo modelo es la cultura griega, la felicidad se define como el equilibrio entre mente y cuerpo. Existe una narración platónica sobre dos carros antiguos, uno tirado por un caballo blanco representante de la razón, y otro por un caballo negro que simboliza los deseos carnales.

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La metáfora le sirvió para representar que el exceso o la prioridad de alguno de los corceles redundará, inevitablemente, en una disminución de las facultades de quienes tiran de los carros, lo cual terminaría en una fatalidad.

Felicidad significa, en este contexto de filosofía clásica, el equilibrio de los deseos y pensamientos que posibilitan una vida enriquecida.

Esta filosofía se relaciona –según Epicuro— a la búsqueda de placeres moderados relacionados con el amor a las cosas bellas, a la naturaleza, a una vida amable y sencilla. Esto será, en simples palabras, placeres duraderos, intelectuales y estéticos.

Por lo tanto, si alguien es hedonista es porque intenta superar el dolor y las angustias como objetivo o razón de ser de la vida, que finalmente cumple con una actitud moralmente buena. Dicha búsqueda del placer –hedoné– experimentó un fugaz momento de esplendor como tema del pensamiento.

Unos cuantos siglos más tarde, el auge del cristianismo pareció sepultar por mucho tiempo la cara positiva del placer, entendido esto como posibilidad de una existencia humana alterna a la del vulgo.

Toda la configuración de nuestra realidad se ha encargado de difuminar el sentido estricto para considerar «hedonistas» a los interesados en perseguir placeres superfluos. Un malentendido derivado de otro, porque la sociedad capitalista se ha encargado de mostrar que «la felicidad» radica en la capacidad de consumo, entre el bienestar individual y la posesión de objetos materiales, entre la realización personal y la ambición al compararse con otros.

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