Palabrafilia

El extraño caso de los animalillos peludos y la cuarta dimensión

No recuerdo cuándo fue la primera vez que lo vi, he tratado de hacer memoria pero es imposible.

A Rafic García in Memoriam

Todo se remonta a una de esas comidas de paga que hay por ahí en la que mi gran amiga Apolonia conoció a un niño, guapo, simpático y buen mozo, de nombre Paulo de quien poco después, se hizo novia; desde entonces comencé a conocerlo de oídas, o ¿de vista?

Jamás he conocido a nadie con tantas ganas de convertirse en millonario, con tantos planes por hacer y trabajar y con ese halo de ternura que derrite a cualquiera.

—No es nada guapo y además es muy soso —me decían algunas de mis amigas cuando al verlo alguna vez dije: –¡Qué guapo es Remit!

Sí, Remit, efectivamente así se llamaba el susodicho y sin duda su nombre era tan singular como su personalidad.

Debo aclarar que Apolonia, mi amiga, jamás entabló buenas relaciones con él a pesar de que era uno de los mejores amigos de Paulo, y yo tampoco lo había tratado mucho, simplemente se me hacía muy atractivo.

A la única que había tratado era a una pobre mujer que asistía al mismo colegio que Apolonia, Julia —nuestra otra cómplice— y yo, que —según referencias incautas de Apolonia— tuvo a bien, o a mal, salir dos o tres veces con el mismísimo. Desde que nosotros nos enteramos de el hecho no la dejamos en paz, cada vez que la veíamos pasar por el patio del colegio le gritábamos: «¡Remit!», la pobre esmirriada ya no sabía dónde meterse. Consecuentemente la bautizamos como «la Remita», cuando en realidad su nombre era el más común del mundo.

—Remit y tú nunca han sido buenos amigos, ni nunca llegarán a serlo—me dijo tiempo después uno de sus amigos, Jacinto, que se cree Bob Dylan. Hoy en día no sé si se equivocó o no.

Pero ¿cómo fue que por fin lo conocí? Fue un día penoso y emblemático en que Apolonia y yo asistimos a una comida en calidad de «coladas», de la cual, llanamente, fuimos corridas, al serlo no nos quedó otro remedio que sacarnos «las camineras» e irnos.

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Como no teníamos nada interesante que hacer —el resto de nuestras amigas, incluyendo a la traidora de Julia, estaban en la comida— y habíamos incurrido en algunas acciones impropias debido a nuestro estado, compramos un par de cervezas y nos dirigimos a casa de otro de los amigos de Paulo y Remit —en ese momento Paulo llevaba varios meses viajando de mochilero por Europa.

Este amigo, que ya era nuestro porque habíamos acompañado con solaz algunas de sus largas horas de hepatítico aburrimiento, se llama Xamier y es una persona muy seria y formal. Llegando a su casa nos invitaron a una fiesta en casa de no sé quién. Aceptamos y pasó por nosotras a mi casa, nada menos y nada más que Remit, en persona, acompañado de un amigo soso y bobo apelado Rolando.

—¡Maldita fiesta del carajo, está hasta la chingada!— me dijo al oido Apolonia cuando después de 45 minutos seguíamos por carreteras ignotas sin dar con ella.

—Nos hacen el caso del gato —me volvió a decir, cuando llegamos a la fiesta y Remit se puso a jugar con otros amigos backgammon.

El final fue patético: yo platicando con Rolando en un rincón y Apolonia jugando ping pong, ¡sola!

En ese momento Remit solamente me había parecido guapo y enigmático, y además un poco fuera de mi alcance, por que no demostraba que yo le gustara ni tantito. Pero nunca imaginé que fuera tan encantador, cuando realmente llegué a conocerlo; sus inquietudes, su integridad y sobre todo su carisma me conquistaron.

Nuestro segundo encuentro fue en la cafetería de la Ibero, cuando me saludó y yo ni tarda ni perezosa lo invité a una comida. Me dijo que claro. Fuimos a la comida pero no pasó nada.

–Conoce de dónde viene la expresión «amor platónico»

La primera discusión que entablé con Remit fue sobre capitalismo y socialismo —Apolonia y yo en ese entonces éramos medio rojillas—, como es de esperarse nunca llegué a convencerlo de mis ideas izquierdistas por más argumentos que le di. Ahora me doy cuenta que tal discusión era sólo una pérdida de tiempo sobre todo cuando tu interlocutor es un libanés, creyente ferviente del libre comercio, convencido de la propiedad privada y el monopolio y defensor de ideas archirrecontrahipercapitalistas.

En el interim empecé a salir con Rolando que entonces parecía menos menso de lo que en realidad es.

Literatura Latinoamericana era la carrera que yo estudiaba, por lo tanto siempre necesitaba hacer copias de libros incunables, difíciles de encontrar, o simplemente caros y como sabía que, entre sus múltiples negocios, Remit tenía una servicio de fotocopias —obviamente estaba estudiando administración de empresas para poder hacer sus negocios con título—, lo busqué para ver si me las podía hacer más baratas pero nunca lo encontré. Le deje una nota en su salón —él obviamente estudiaba administración de empresas—:

«Remit, te busqué para un negocio y no te encontré.
Háblame
Pilar»

Por la noche me llamó. Hablamos de todo menos de las copias.

—Yo creo que existe una cuarta dimensión inaccesible a los vivos, a la cual accedemos cuando morimos. Los muertos controlan esta dimensión perfectamente, por eso existen los fantasmas— aseveró como a eso de las 12. Habíamos tocado todos los temas de 10:30 a 12:30 pero cuando empezó a hablar de fantasmas preferí colgar. Esa noche no pude dormir.

En otra de nuestras conversaciones nocturnotelefónicoeternas, me mencionó algunas de sus especialidades culinarias, como carnes raras, pan árabe con miel y pan negro con jocoque y ¡pasitas! «Realmente todo un gourmet», dije para mis adentros.

—Remit, Remit nunca nos encontramos en la escuela y por eso tenemos que recurrir a las conversaciones telefónicas.

—No te enojes si no me encuentras, —me respondió—lo que pasa es que yo soy una persona muy ocupada. No supe si ofenderme o reirme.

Seguimos nuestra relación estrictamente telefónica, ya que él nunca me invitaba a salir aunque sabía que yo ya no salía con su amigo Rolando. Nuestros temas eran de lo más variado y fascinante: amor y desamor, cuestiones financieras, ideas de negocio, etcétera. Así me contó de una casa que estaba construyendo por Las Águilas para rentarla algún día, de la afición por los perros de la mamá de otro de sus amigos —Víctor—, de los negocios, y del Ford Modelo 30 que se quería robar de una casa abandonada y derruida que estaba enfrente de mi casa. Esa noche otra vez no dormí.

A mí me encantaba hablar con él, siempre tan peculiar, tan sui generis, tan él.

En esos días yo quería hacerle una fiesta a Apolonia, por su cumpleaños, que es en febrero, y necesitaba una casa con jardín. Pensé en él inmediatamente y le hablé. No se negó sino al contrario buscó entre sus amigos al más rico para que nos sacara del problema, nada menos y nada más que el mismísimo Bob Dylan de Petatiux.

—Ya tengo la casa ideal es la de un amigo mío, muy buena onda, con un jardín muy grande—. La idea me encantó.

El día de la tan esperada comida me habló por teléfono para decirme que llegaría tarde. Me enojé porque la verdad tenía ganas de verlo pero me consolé con la guitarra y la voz del dueño de la casa.

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Llegó, por fin, tarde y comió. Le tocó sentarse en la mesa de una niña mona, incauta y que parecía inofensiva, pero de la que automáticamente ¡quedó prendado! Se llamaba Azucena y le hacía honor a su nombre —blanca y simple— y había llegado a la comida porque era amiga del cantante. Esa noche descubrí —contra todo lo esperado y con gran sorpresa y coraje— a Remit enamorado, cuando fuimos a la casa de la tal Azucena, mosca muerta, a tocar la guitarra y cantar, Remit, Rolando y yo. Mi deslilusión fue total y mi coraje mayor, sin embargo la atracción que sentía por él siguió siendo la misma.

Su energía y capacidad son inigualables. No hay en el mundo una persona tan testaruda, obsesiva y tenaz.

Pero nuestra relación de amistad o intento de buena amistad se fue enfriando, alguna vez me habló de su gran amor por Azucena —cosa que me deshacía el hígado— y otra vez me pidió el estudio de mi papá para grabar un audiovisual de no sé qué ni para qué, y acabamos cenando en la azotea, no sé qué rareza con un licuado de papaya que él mismo preparó.

La última interacción que tuvimos fue fatal. Como diría Jorge Ibargüengoitia fue el «Waterloo de nuestra relación». En una de nuestras acostumbradas charlas telefónicas, me interrumpió a la mitad de una frase para decirme:

—Te tengo que colgar porque les tengo que dar de comer a mis chichillas.

—¿A tus qué?—pregunté atónita.

—A mis chinchillas, tengo más de quinientas en uno de los cuartos de mi casa y hay que cuidarlas, alimentarlas y limpiarles las jaulas.

—¡Vaya locura!— exclamé.

—Cuál locura, si es uno de los mejores negocios a largo plazo.

Esa noche, de nuevo tuve insomnio y cuando me quedé dormida soñé con roedores. No he vuelto a ver a Remit ni a ponerme un abrigo de piel.

 

 

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