Literatura

Algo sobre el Mayor Sabines

De muchos escritores 
hemos hablado: europeos, argentinos, 
españoles y algunos mexicanos;
 cuentistas, novelistas, innovadores; así
 que ahora le toca su turno nada menos que Jaime Sabines.

Uno de los poetas mexicanos más aclamados y gustados del siglo xx; aunque, más que a él, a tres de sus poemas de amor —¿de qué más podrían ser?—, que son joyas en su género, tipo y forma.

Escribió poemas toscos y abruptos y
otros magistrales y bien logrados, «a veces acertó y a veces no, pero cuando lo logró, sus poemas —que hablan del amor o de la muerte del padre— tienen una fuerza y una tenacidad en donde el ritmo del lenguaje y la potencia de
las expresiones dejan sin aliento al lector, seguro de haber tocado una verdad».1 Nuri de la Cabada y Luis de la Cabada en www.los-poetas.com

La poesía «sabiniana» versa sobre temas tanto profundos como cotidianos.

Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983. Sus libros son:
 Horal (1950), La señal (1951), Adán y Eva (1952), Tarumba (1956), Yuria (1967), Maltiempo (1972), Algo sobre la muerte del Mayor Sabines (1973) y Uno es el hombre (1990). Su obra completa está recopilada en Nuevo recuento de poemas (1977).

Nuestra selección se basa en el gusto por la poesía amorosa —la más sentida— y en aquello que representa mejor —desde nuestra visión— el estilo de este poeta mayor.

No es que muera de amor

No es que muera de amor, muero de ti.
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,

de mi alma de ti y de mi boca

y del insoportable que yo soy sin ti.
Muero de ti y de mí, muero de ambos,
de nosotros, de ése,
desgarrado, partido,

me muero, te muero, lo morimos.

Morimos en mi cuarto en que estoy solo,

en mi cama en que faltas,

en la calle donde mi brazo va vacío,

en el cine y los parques, los tranvías,

los lugares donde mi hombro acostumbra tu cabeza
y mi mano tu mano

y todo yo te sé como yo mismo.

Morimos en el sitio que le he prestado al aire
para que estés fuera de mí,

y en el lugar en que el aire se acaba

cuando te echo mi piel encima

y nos conocemos en nosotros, separados del mundo
dichosa, penetrada, y cierto, interminable.

Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos
entre los dos, ahora, separados,

del uno al otro, diariamente,
cayéndonos en múltiples estatuas,

en gestos que no vemos,

en nuestras manos que nos necesitan.

Nos morimos, amor, muero en tu vientre
que no muerdo ni beso,

en tus muslos dulcísimos y vivos,

en tu carne sin fin, muero de máscaras,
de triángulos oscuros e incesantes.

Me muero de mi cuerpo y de tu cuerpo,
de nuestra muerte, amor, muero, morimos.
En el pozo de amor a todas horas,
inconsolable, a gritos,
dentro de mí, quiero decir, te llamo,
te llaman los que nacen, los que vienen
de atrás, de ti, los que a ti llegan.

Nos morimos, amor, y nada hacemos
sino morirnos más, hora tras hora,
y escribirnos y hablarnos y morirnos.

______________

No es nada de tu cuerpo

No es nada de tu cuerpo,

ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre,

ni ese lugar secreto que los dos conocemos,
fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro.

No es tu boca —tu boca

que es igual que tu sexo—,

ni la reunión exacta de tus pechos,
ni tu espalda dulcísima y suave,
ni tu ombligo, en que bebo.

Ni son tus muslos duros como el día,
ni tus rodillas de marfil al fuego,
ni tus pies diminutos y sangrantes,
ni tu olor, ni tu pelo.

No es tu mirada —¿qué es una mirada?—
triste luz descarriada, paz sin dueño,

ni el álbum de tu oído, ni tus voces,

ni las ojeras que te deja el sueño.

Ni es tu lengua de víbora tampoco,
flecha de avispas en el aire ciego,
ni la humedad caliente de tu asfixia
que sostiene tu beso.

No es nada de tu cuerpo,

ni una brizna, ni un pétalo,

ni una gota, ni un grano, ni un momento:

Es sólo este lugar donde estuviste, estos mis brazos tercos.

Escucha el hipérbaton de JuanGa

______________

Yo no lo sé de cierto...
Yo no lo sé de cierto,
pero supongo que una mujer y un hombre

algún día se quieren,

se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,

se van matando el uno al otro.

Todo se hace en silencio. Como

se hace la luz dentro del ojo.

El amor une cuerpos.

En silencio se van llenando el uno al otro.

Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.
(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo.)

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