Lenguaje

Choque de trenes

Te contaremos la historia de «La tragedia de Pécrot» para ilustrar la «batalla lingüística» que se libra a diario en Bélgica y que ha favorecido los afanes separatistas de algunos.

El 27 de marzo de 2001, cerca del pequeño pueblo de Pécrot, Bélgica, un tren de pasajeros vacío que provenía del pueblo de Wavre, ubicado en Valois —es decir, en la zona francohablante belga—, se dirigía a su destino. parecía un día como cualquier otro; sin embargo, el maquinista
 se confundió, no respetó una luz roja y, sin darse cuenta, entró en una vía en sentido contrario y la recorrió a lo largo de 8 kilómetros.

Diálogo de sordos

La central de trenes del pueblo de Wavre notó el terrible error y trató de comunicarse con el conductor, pero un triste juego del destino evitó que alguno de los controladores pudiera localizar el teléfono portátil del maquinista.

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Posteriormente trataron de comunicarse con la central de Lovaina para cortar la electricidad en el sistema ferroviario de la línea, que recorre de norte a sur el país, desde Amberes hasta Namur, es decir, desde Flandes a Valois. Pero, una 
vez logrado el contacto, ¡no se entendieron!

La gente de Wavre se expresa en francés y la de Lovaina en flamenco o neerlandés... Se perdieron preciosos minutos.

El malentendido se tornó en tragedia, pues el tren de
 Wavre se dirigió peligrosamente hacia un tren de pasajeros proveniente de Lovaina. La colisión fue inevitable y, a pesar de que los maquinistas trataron de frenar, los trenes chocaron y perecieron ocho personas, incluidos los dos operadores. El evento es recordado como «La tragedia de Pécrot».

La batalla lingüística

Pero lo que a nosotros nos interesa es la historia, como ejemplo representativo, de la «batalla lingüística» que se libra a diario en Bélgica y que ha favorecido los afanes separatistas de algunos grupos de ultraderecha que buscan que Valois se separe de Flandes. Valga decir que Valois es una región francohablante considerada como pobre, al menos en comparación con la pujante economía flamenca. En el medio de todo está Bruselas, donde se habla francés, en mayor medida, aunque ahí reside una activa, pero minoritaria, comunidad flamenca.

Bruselas es una de las ciudades más cosmopolitas del mundo; si entramos a cualquier restaurante es fácil oír una conversación en francés, otra en flamenco 
y otra en alemán. Y es que en Bélgica se hablan oficialmente esas tres lenguas.

En las salas de cine bruselenses, las películas están subtituladas en flamenco y en francés; la nomenclatura de las calles también se lee en las dos lenguas.

El flamenco, neerlandés u holandés es una lengua germánica, emparentada con el alemán y el inglés. Los 
que tienen al flamenco como lengua materna tienen fama de dominar fluidamente otras lenguas como el francés 
y el inglés, aunque actualmente el chino es la lengua
 más popular en los centros flamencos de enseñanza de idiomas, pues los jóvenes se interesan cada vez más en ella, como consecuencia de las intensas relaciones comerciales establecidas con China.

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Los habitantes de Flandes generalmente hablan de manera fluida el francés; sin embargo, la división lingüística del país —la cual presenta fuertes connotaciones políticas— hace que las nuevas generaciones vayan perdiendo el interés en hablarlo activamente o que, definitivamente, no lo hablen.

El caso del choque de trenes en Pécrot es ideal para mostrar cómo el bilingüismo belga no es absoluto, pues nadie en el personal de ambas centrales de trenes pudo darse a entender para cortar la electricidad de las vías.

Orgullo nacional

En Bélgica, el contexto histórico y político favorece la separación de las diferentes comunidades lingüísticas; pero los belgas pueden sentirse orgullosos de pertenecer a un país que cuenta con una interesante diversidad lingüística, 
a pesar de su tamaño.

El periodista belga se sorprendía del nacionalismo y el apego a la tierra, a la comida, al idioma, a las costumbres; y del orgullo que un mexicano externa al hablar de su país.

Alguna vez apareció un artículo en la prensa belga en el que se hablaba de los grandes problemas sociales, políticos o económicos que aquejan a una nación como México.

En contraste, decía que en Bélgica la gente se preocupa y agobia por «problemas de lujo», como quién habla mejor o peor el francés o neerlandés, y reflexionaba que quizá a los belgas les hace falta un arraigo por su nación, por sus lenguas, y dejar a un lado los regionalismos y los antagonismos que pueden derivar en un choque de trenes. ¿Tendrá razón?

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