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Tiempo y lenguaje

Desde luego que es posible detener el tiempo en varias de sus dimensiones. Una forma de hacerlo es repetir sucesivamente la misma palabra hasta que ya no sepamos si la que tenemos en la boca es la próxima o si se trata de la anterior a cualquiera de las que se están diciendo o de las que faltan por decir.

Adolfo Bioy Casares conocía esta forma de detener el tiempo o, por lo menos, así lo intuimos al leer su cuento «El perjurio de la nieve».1 Adolfo Bioy Casares, «El perjurio de la nieve», en La trama celeste, Buenos Aires: Losada, 1990, p. 136 El narrador, Juan Luis Villafañe, cuenta que, durante un viaje a la provincia, se encontró con un joven poeta, Carlos Oribe, y un día, mientras almorzaban en la posada, frente a la ventana, vieron salir en su carreta al dueño de la estancia La Adela, un dinamarqués llamado Vermehren que vivía con sus cuatro hijas, totalmente incomunicado, y todos los días hacía lo mismo —«en ese acto único veía superpuestas repeticiones pasadas y futuras»—, como lo hubiera vivido 20 años antes. Esa misma noche, el joven poeta Oribe salió a caminar para, según él, repasar un poema que tenía en mente. Al día siguiente, la menor de las hijas del danés, Lucía, murió, y tanto el narrador —Villafañe— como Oribe asistieron al funeral. El poeta estaba muy nervioso.

Dos meses después, Villafañe se entera de que el danés había seguido al poeta por varias poblaciones para matarlo. En la investigación que emprende tras la muerte, entrevista a varias personas, una de ellas, el médico que se negó a extender el acta de defunción de Lucía Vermehren, pues él la había diagnosticado un año y medio antes de su muerte: estaba desahuciada y no le quedaban más de tres meses de vida, a lo sumo. También entrevista al mismo Vermehren, quien declara que era cierto que su hija estaba condenada a muerte, por lo que, a partir del diagnóstico, «decidió imponer a todos una vida escrupulosamente repetida, para que en su casa no pasara el tiempo.2 Idem, p. 150. Debió tomar algunas precauciones. A las personas de la casa les prohibió salir, a los de afuera, entrar… Todos los días parecían el mismo. Era como si el tiempo se detuviera todas las noches; como si viviesen una tragedia que se interrumpiera siempre al fin del primer acto. Transcurrió así un año y medio. Él se creyó en la eternidad».

Otro intento de detener el tiempo es a través de un mantra: la repetición consecutiva de una frase, por ejemplo, Sat Nam.

Otra manera de frenar el transcurso del tiempo, ayudándose del lenguaje, es poner puntos en la lectura de la vida; puntuación en todo lo sensible, es decir, lo que se ve, se dice o se oye. Un ejemplo de esto es colocar un punto antes de la verdadera lectura de un próximo punto que. ¡Ahí está! Nos hemos detenido en el tiempo o, como la puntuación sugería, permanecimos suspensos durante quién sabe cuánto.

Los puntos suspensivos que aparecen en una lectura guardan apenas concordancia con la entonación necesaria que se les «imprimiría» en la forma hablada. La lectura a la sola vista, a diferencia de la sonora, se vuelve más mental y alucinatoria; incluso, la atención que recae sobre los signos dota de un refinado paladar al hueco que cubre la retina. De ahí que algunos puedan disfrutar la lectura al revés o con la página de cabeza, la asociación o disgregación de las sílabas en sonidos consonánticos, olvidando los anteojos adrede o desenfocando la vista, etcétera.

Ciertos relatos argentinos —como el reseñado— son recomendables para esto, así como practicar determinados rituales a ciegas. Algunos aseguran que es propicio retirar por completo condimentos y especias de la comida diaria.

No olvides consultar la Algarabía 39 para saber más sobre cómo detener el tiempo con palabras.

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