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Sobre el hecho de llamarse de cualquier modo… o de cualquier modo llamarse

Una de las pocas cosas que todos los humanos compartimos, es la posesión de un nombre —¿o será la pertenencia a él?—. En esta entrega triple, analizaremos de manera poco ortodoxa este tópico universal, las distintas vertientes en las que se puede ejercer la creatividad antroponímica, y cómo de ésta puede florecer un bello y afortunado nombre… o un desastre que habrá que cargarse como una cruz toda la vida.

Hay quien dice —y dice bien— que lo primero que adquirimos en este mundo es nuestro nombre. Con los avances de la ciencia médica, ahora es posible llamar a un niño por su nombre aun antes de que nazca, toda vez que los padres, por ahí del quinto mes de gestación, pueden saber —con un mínimo margen de error— cuál será el sexo de su hijo.

Lo anterior resulta muy práctico, y en un mundo como éste hay que ser prácticos —porque el que no lo es, además de impráctico, está frito y no apto para la supervivencia—; pero algunos argumentan que las cosas siempre serán mejor «a la antigüita», que no hay que quitar el encanto de la sorpresa, y que esperar un poco no es nada —total, ¿qué son nueve eternos meses?—.

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Todavía en nuestras generaciones —Baby Boomers y Generación X,1 La generación de los Baby Boomers nació entre 1943 y 1960, mientras que los X nacieron entre 1961 y 1981. v. «Generaciones», en Ciencia, arte y sociedad. Año por año, México: Editorial Lectorum y Editorial Otras Inquisiciones; pp. 113-125.— lo más que se oía decir era un casi definitivo: «si es niño se llamará así, y si es niña...»

En nuestras generaciones, nuestros nombres —y los de nuestros hermanos, primos, amigos, conocidos y no tan conocidos— podían provenir del socorrido santoral, o bien, uno simplemente heredaba por un decreto no escrito el nombre del padre, del abuelo, el de un tío o el del santo de la devoción del padre, de la madre o, incluso de la abuela materna —vaya usted a saber a qué arreglos «en lo oscurito» habrá llegado ésta con el santo o la santa en cuestión, si es que al nieto le ponían el bendito nombre.

En los tiempos de nuestras madres y abuelas, era común que uno llevara el nombre del santo del día —es decir, el que correspondiera en el santoral a la fecha de nacimiento— aunque fuera como segundo nombre —y aunque éste fuera poco menos que espantoso—.

Tampoco era extraño que se complementara con algún nombre «por devoción» o por haber sido «encomendado».

Así, uno recibía el nombre «de pila» —llamado así porque se otorgaba en la pila bautismal— y luego una retahíla de nombres por devoción; por ejemplo, se sabe de un sujeto al que, no contentos con haberle puesto por nombre Francisco Javier, sus padres lo encomendaron a los Sagrados Corazones de Jesús y de María, de modo que su nombre de pila era «Francisco Javier de los Sagrados Corazones de Jesús y de María», y como tal apareció en su bolo bautismal —por mucho que en las actas civiles fuera simplemente Francisco Javier y, para fines prácticos, sólo Javier.

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A pesar de que el abanico de nombres para escoger era muy amplio —y tan extenso como el santoral, que va «de Aarón a Zuleima»—, entonces era impensable que la madre insinuara siquiera que el niño pudiera llevar un nombre distinto al del padre —y al del abuelo y al del bisabuelo, quienes se llamaban igual— con el peregrino e insostenible argumento de que dicho nombre «no era bonito» o «ya no estaba de moda». Eso no se ponía a discusión, aunque el padre llevara un nombre como, por ejemplo, Hermión.2 De San Hermión mártir, soldado romano que murió durante la persecución de Dioclesiano, en el siglo IV de nuestra era, existen fundamentadas dudas sobre si lo hicieron santo por su muerte en martirio o por haber llevado en vida ese nombre, y vaya que no es poca cosa.

Imaginemos el diálogo:

—¿Sabes, Hermión mío? Me encantaría que el niño se llamara Alan Giovanni, o quizá Donovan Alexander...

—¿Qué? ¡Como que me llamo Hermión, se llamará Hermión! —espeta el padre, nunca mejor ni tan vehementemente aplicado.

Si quieres saber qué destino le depara al pobre Hermión Jr., te invitamos a que leas Algarabía 73.

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