Durante el primer tercio del siglo xx, paralelamente a una progresiva decadencia política, hubo en España una verdadera explosión de desarrollo intelectual y artístico. Entre las generaciones del 98, del 14 —suponiendo que exista— y del 27 se sumaron en nuestro país muchos pensadores y artistas que se han hecho universales o, por lo menos, muy conocidos en todo el mundo hispánico: Picasso, Dalí, Ortega, Unamuno, Lorca, los Machado, Juan Ramón Jiménez, Azorín… —no sé ni pa’ qué empiezo la lista, porque no se acaba nunca.

En general, había un interés tremendo por lo que estaba pasando en España y no tanto por el resto del mundo, con la posible excepción de las vanguardias francesas. La actividad artística y cultural, en todo caso, era enorme.

En aquellos mismos años, y después de superar la Revolución y la Guerra Cristera, también hubo mucha actividad institucional en México, que empezaba a consolidar su nueva identidad revolucionaria y laica. La Academia Mexicana de la Lengua redactó sus estatutos —que no tenía— en 1931, y en aquellos años, varios de sus miembros estaban muy activos en todo el mundo hispánico. Como es lógico, al ir entrando el país en la comunidad internacional, surgió la necesidad de fijar la ortografía del nombre. La mayoría de los mexicanos —pero no todos— escribían México y la mayoría de los españoles —pero no todos— escribían Méjico. En los demás países de habla española había una mezcla de las dos tendencias. Se planteó una grave diatriba por la x entre algunos españoles que la consideraban arcaica y los mexicanos que la consideraban propia y distintiva.

Uno de los más exaltados detractores de la x fue Miguel de Unamuno, conocido por no ser precisamente muy benévolo en sus críticas. A sus ataques respondía con suavidad Alfonso Reyes, el intelectual mexicano más destacado de entonces —y uno de los más importantes—, diciendo: «yo no tengo ninguna razón científica contra el uso de la j que, por lo demás, me parece, filológicamente hablando, el más revolucionario, el menos conservador de los dos. Y con todo, le tengo apego a mi x como a una reliquia histórica, como a un discurso santoyseña en que reconozco a los míos, a los de mi tierra…». Con éstos y otros argumentos —de los cuales el más importante e indiscutible es el de la soberanía—, los mexicanos posrevolucionarios lograron que en todas las instituciones internacionales y en casi todos los países de habla española se generalizara la grafía x para México.

Después de la dictadura de Primo de Rivera y de la Segunda República, estalló la Guerra Civil. Los artistas e intelectuales no dejaron de producir, pero entre julio de 1936 y abril de 1939, la mayoría de ellos se marchó del país. Quedaron algunos convencidos sinceramente de que la dictadura podría terminar pronto con la recuperación de las instituciones republicanas o con la restauración de la monarquía, pero la represión posterior a 1939, junto con los preocupantes rasgos que adoptaba la política interior y exterior de Franco durante los primeros seis años, animó a muchos de ellos a elegir el camino del exilio, o bien del silencio, la discreción o de manera sorprendente, la colaboración explícita con el nuevo régimen.

De la gran mayoría exiliada, un porcentaje muy elevado se fue a México. La buena acogida que dieron los mexicanos —en concreto el presidente Lázaro Cárdenas— a los intelectuales y a políticos exiliados de la República Española fue uno de los factores decisivos. Durante los años de la Segunda Guerra Mundial, se fundaron importantísimas instituciones de enseñanza y desarrollo intelectual en aquel país, de las que el ejemplo principal es el Colegio de México —nombre adoptado en 1940 por la Casa de España, fundada en 1938 por el mismo Cárdenas. En su fundación participaron los intelectuales españoles, que después desarrollaron su actividad como miembros de ellas. Muchas de las figuras más importantes de la intelectualidad republicana 1 Republicano no significa, ni mucho menos, de izquierdas: los había de todas las tendencias, excepto, obviamente, la franquista. A principios de los años cuarenta había en México un gobierno español republicano en el exilio, cuyo presidente era el centrista Martínez Barrio. Desde allí, este gobierno logró impedir en 1945 con su acción diplomática, el ingreso de la España franquista en la recién fundada ONU. española vivieron y trabajaron en México hasta su muerte.

Como se ha visto, la principal institución en la que trabajaron los intelectuales exiliados fue el Colegio de México. Implícitamente, la adopción de esa x se ha identificado con la España del exilio, mientras que la j —que siguió siendo canónica en la península— se ha identificado con la España de Franco. No digo que esto sea así, pero sí que mucha gente lo vio y lo ve así. Resulta evidente que esta distinción sólo podía verse en México, porque en aquella época no había libertad de prensa en España y la producción intelectual surgida al otro lado del Atlántico llegaba a cuentagotas, excepto la de la Argentina peronista, amiga de Franco. Como puede suponerse, el régimen de la dictadura tuvo siempre unas relaciones muy tensas con Méjico, donde residía no sólo la mayor parte de la oposición activa, sino el propio gobierno en el exilio. Por ese motivo hubo un rechazo sistemático a todo lo que de allí viniera, excepto lo más folclórico y aséptico, como la música o cierto tipo de películas.

Bueno, pues a lo que vamos: en mi opinión, si no se hubiera levantado aquel muro infranqueable entre México y España durante cuarenta años, y si nuestro país hubiera podido disfrutar de los interesantísimos intercambios culturales que se dieron entre aquella fecha y la década de los ochenta —recuérdese, por ejemplo, la fructífera amistad entre Borges y Alfonso Reyes, que fue embajador en Buenos Aires—, estoy casi seguro de que la inmensa mayoría de los peninsulares menores de setenta años escribiríamos México, como hacen, sin dudar, 260 millones de personas.

Santiago M. Plasencia es funcionario de un organismo internacional y en el pasado se ha desempeñado como lavacoches, maestro, guitarrista, montañero y periodista. Fuera del horario de oficina, sus especialidades son la lectura y la observación del horizonte.