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¡Eres un arrogante!

Aunque algunas veces utilizamos las palabras «altanero», «arrogante», «orgulloso» y «soberbio» como sinónimos, su significado no es igual.

Pedantes, petulantes y altaneros hay muchos —quizá demasiados—. Pero hasta la basura se separa, y no es lo mismo la gimnasia que la magnesia, así que aprendamos a llamarle a cada uno por su nombre y a utilizar cada término de la forma debida, en el contexto adecuado y cuando la ocasión lo amerite.

En la Roma imperial, el desfile triunfal era la entrada apoteósica de un general vencedor. Nadie que no fuera cónsul o emperador podía ser recibido de tal forma, aunque hubiera conseguido las más grandes victorias. Entre cánticos, glorias y condecoraciones, algunos de los soldados del César lo difamaban con insultos que no tenían por fin deshonrarlo, sino evitar las envidias o el enojo de algunos dioses y, por detrás suyo, un esclavo sostenía su corona de laureles repitiéndole al oído una y otra vez: «Recuerda que eres hombre».

[...] Altanera, preciosa y orgullosa, / no permite la quieran consolar. / Pasa luciendo su real majestad, / pasa, camina, los mira sin verlos jamás. [...] «La Bikina», Rubén Fuentes.

Por supuesto, hay quienes, por mucho menos, deambulan por el mundo observando a los demás por encima del hombro, sintiéndose superiores y desdeñando a cualquiera que se cruce por su camino, y les llamamos «soberbios», «orgullosos» o «prepotentes» de manera indistinta, aunque cada uno de estos adjetivos se refiera a comportamientos con diferencias sutiles. ¿Cuáles de ellos son sinónimos y cuáles esconden otro sentido? A continuación hurgaremos en sus definiciones; algunas de las cuales no son precisamente lo que imaginamos:

Altanero. Del latín altus, ‘alto’. Del mismo derivan los términos altaneramente, altanería, altanez, altano y altar. El término altanería se remonta a 1611, y también se refiere a una persona altiva o soberbia, y se aplica a las aves de rapiña de alto vuelo.

—Alicia se ha vuelto muy altanera desde que se casó con el ricachón ese... ¡ya ni siquiera me saluda!

Arrogante. Del latín arrogantis, y éste de arrogare, ‘atribuirse’, ‘apropiarse de las cosas como autoridad’. Actitud del que trata a otros con desprecio, despotismo o falta de respeto. También designa a alguien apuesto, de elevada estatura y hermosa presencia, y a quien es valiente y brioso, o gallardo y orgulloso.

—Carlos es muy arrogante y piensa que puede estar de «mandoncito».

—¡Qué arrogante luce el príncipe Felipe!

Déspota. Tomado del griego, despótes, ‘dueño’, y, hablando de los Imperios Orientales, ‘señor absoluto’. También se refiere al nombre dado a algunos soberanos de pueblos antiguos, por ejemplo, el despotismo ilustrado es un concepto político que se enmarca dentro de las monarquías absolutas del antiguo régimen europeo; pero incluye las ideas filosóficas de la Ilustración, según las cuales, las decisiones del hombre son guiadas por la razón.

Actualmente se aplica a cualquier persona que impone su voluntad a otros sin ninguna consideración de ellos.

—¿Pensará mi papá que al ser tan déspota con mi mamá y con nosotros nos deja claro quién lleva los pantalones en la casa?

Engreído. Se dice de la persona convencida de su propio valer, y que, por ello, se muestra despectiva con otros. Según Corominas, esta palabra proviene de envanecerse, un término acuñado en el siglo xiii, que a su vez, derivó de encreerse, en el sentido de ‘creerse superior’, ‘infatuarse’.

—¿Qué te ha dado esa mujer que te tiene tan engreído, querido amigo?

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Insolente. Del latín insolentis, ‘no hecho’, ‘no acostumbrado’. Desacostumbrado, insólito, excesivo, inmoderado, pródigo, orgulloso, extravagante o desvergonzado. «Se aplica a la persona que, en cierta ocasión o habitualmente, trata a otras sin el respeto o la cortesía debidos; así como a las cosas que hace o dice: un empleado insolente, una contestación insolente. O a la persona que muestra actitud desafiante o despectiva hacia los demás»1 María Moliner, Diccionario del uso del español, Madrid: Gredos, 1967.. También se refiere a algo raro, desusado y extraño.

—Mi hija se ha vuelto muy insolente: ayer me dijo que yo no era nadie para decirle qué hacer y qué no.

Orgulloso. Del catalán orgull, y éste del fráncico urgoli, ‘excelencia’, derivado de la familia del alemán antiguo urguol, ‘insigne, excelente’. Término acuñado en 1270, designa a una persona que experimenta un sentimiento de satisfacción por cosas propias o ajenas a las que atribuye mérito o por cualidades propias que considera superiores a las de los otros.

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Según el drae, «arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas». Si bien, es antónimo de humilde, es incorrecto utilizarlo para enunciados como: «Él ni loco te pediría perdón, porque es muy orgulloso».

—Me siento orgullosa de mis hijos.

—Guillermo está muy orgulloso por su coche nuevo; pero ya que deje de presumirlo, ¿no?

Petulante. Del latín petulantis, ‘travieso’, ‘insolente’, propiamente ‘impetuoso’. Derivado de petere, ‘codiciar, buscar ávidamente’. Que tiene petulancia: insolencia o descaro. Vana, ridícula o exagerada presunción. Se aplica a la persona que se muestra convencida de su valor y desprecia la opinión de los otros. Sinónimo de creído, engreído, fatuo, pedante y presumido.

—¡Qué tipo tan petulante! Van seis veces que me dice que lo nombraron gerente.

Prepotente. Del latín praepotentis, ‘más poderoso que otros’ o ‘muy poderoso’. Dícese de quien abusa de su poder o hace alarde de él.

—Llegó y, ya sabes, el típico prepotente, abriendo paso con guaruras y todo. ¡Me choca!

Soberbio. Del latín superbus,2 El latín superbum, también se aplica al término bellum superbum, guerra soberbia —injusta. ‘alto’, ‘magnífico’. Término acuñado entre los siglos xiii y xvi. Dícese de una persona orgullosa y altanera o, desde otra perspectiva, de algo magnífico, imponente y glorioso. Dicho también de un caballo fogoso, orgulloso y violento. La soberbia es, además, uno de los siete pecados capitales.

—El Arco del Triunfo es un monumento soberbio.

—No debería ser tan soberbia, porque no tiene razones para serlo.

Y ahora sí, con los conceptos más claros podrás espetarle al aludido el adjetivo que merezca, sin piedad ni conmiseración; y si ninguno de ellos funciona, otra técnica es recordarle, como hacía el esclavo con el propio César, que a pesar de sus victorias no dejará de ser un simple mortal.

Texto publicado en Algarabía 66.

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