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En el nombre de Eufemio

Un eufemismo es una manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante.

Hace tres lustros, cuando trabajaba en la empresa estatal de televisión conocida entonces como imevisión, el director en turno me llamó un día —cosa insólita— a su oficina y, muy amable, me invitó a tomar asiento, para decirme algo que iba más o menos así:

«Juan Arturo, además de felicitarlo por su trabajo, quiero informarle que estamos implementando un proceso de redimensionamiento de la institución para optimizar su rendimiento y potenciar su adecuación a las nuevas políticas de autosustentabilidad.»

Quedé atónito ante esta plurisilábica verborrea, cuyo resultado neto fue que al día siguiente ya no tenía trabajo. Poco después, una amiga me encontró, meditabundo y cabizbajo, en un café, analizando mis opciones laborales inmediatas. Con femenina intuición, me preguntó:

—¿Te quedaste sin chamba? —y yo, muy al estilo de los tiempos, le respondí:
—No. Lo que pasa es que me redimensionaron.

Bienvenidos al mundo kafkiano y surrealista del eufemismo, añejo y ubicuo sistema diseñado por el hombre y, adoptado por el mexicano, para usar el lenguaje y las palabras con el objetivo primordial de desviar, ocultar y evadir la realidad.

Palabras políticamente correctas

No creo que sea casualidad que una parte sustancial de la cultura —o incultura, quizá— del eufemismo provenga del mundo de la política y la vida pública, donde el ocultamiento es una de las herramientas básicas para mantener a las masas desinformadas, desorientadas y apropiadamente entretenidas. Pero el problema se ha extendido y el mundo del entretenimiento proporciona también una importante veta de eufemismos.

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La mayoría son generados por esa especie de buitres carroñeros que conducen los programas radiofónicos y televisivos dedicados a lucrar con el peculiar oficio de espiar en las camas y la ropa interior de «los famosos», hablando de que a «equis» se le ve una bubi en su más reciente video, o de que un habitante de un reality show enseñó las pompis.

En México, la anatomía ha cambiado de manera tan radical que hoy ya no tenemos ni nalgas, ni glúteos, ni senos, ni pechos, ni mucho menos tetas y culo como los españoles y los argentinos, sino meras bubis y pompis

Hace apenas unas décadas, existían en el mundo numerosas personas inválidas, hasta que en los albores de La era de la corrección política alguien decidió que decirle inválido a un inválido era horrible.

Así, primero los ascendimos a minusválidos y luego a discapacitados. Pero como ninguno de ellos se curó con esas etiquetas, decidimos convertirlos finalmente en personas con capacidades especiales. Sé que aquel parapléjico, ciego y con síndrome de Down, está feliz de saber que tiene capacidades especiales. ¡¿Pero qué he dicho?! ¡Horror! ¿Utilicé la palabra ciego? Había olvidado que en este país, venturosamente, ya no hay ciegos: sólo tenemos invidentes o débiles visuales, y todos están, sin duda, muy orgullosos de su nuevo estatus.

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En la misma línea de pensamiento, reconforta el hecho de que, aun cuando estamos ciertos de que el maestro Fulano se está muriendo de cirrosis hepática combinada con insuficiencia renal, angina de pecho y un reciente derrame cerebral, nos hagan saber que se 
encuentra en «delicado estado de salud».
¡Alíviese pronto, maestro! Y si el prócer de antaño
 se nos muere, los periodistas nos informarán, apesadumbrados, que el ilustre personaje falleció «después de una penosa enfermedad» o, simplemente, «se nos adelantó».

La traducción de eufemismo sería: «el buen modo de hablar». Más coloquialmente, algunos textos definen a los eufemismos como «palabras felices».

Morirse de una penosa enfermedad siempre es penoso, pero más penoso es asistir durante meses a la exhibición pública de alguno de nuestros políticos que, después de ser «indiciado» por fraude, cohecho, corrupción de menores, delitos electorales, peculado, falsificación de documentos, usurpación de funciones y falsedad en declaraciones rendidas a una autoridad distinta de la judicial [sic de los leguleyos], termina renunciando a su jugoso y lucrativo puesto gubernamental «por motivos de salud» y/o «por así convenir a sus intereses».

Cortina lingüística, maquillaje social

Si de la palabrería como cortina de humo se trata, pocas áreas más fértiles para el eufemismo que la de la sexualidad. Me pregunto, ¿a quién se le habrá ocurrido en primera instancia llamar a las prostitutas «mujeres de la vida alegre»? La historia demuestra que sus vidas son cualquier cosa menos alegres y, ciertamente, tampoco son «de la vida fácil», como algunos policías y funcionarios delegacionales quisieran hacernos creer.

La mal entendida corrección política de llamarles sexoservidoras tampoco ayuda mucho a entender claramente el papel de la prostitución en la sociedad actual.

Por la misma razón, me parece igualmente atroz la expresión «de costumbres raras» para referirse a los homosexuales, porque costumbres raras, creo que todos tenemos algunas, que nada tienen que ver con nuestras preferencias sexuales. Asimismo, si los homosexuales se autodenominan gay o, en una expresión particularmente desafortunada, «de ambiente», ¿debemos entender que los heterosexuales son necesariamente tristes y, además, sosos y aburridos?

El submundo policíaco es también otra rica fuente de eufemismos, que si es notable entre los esforzados guardianes del orden público, no lo es menos entre los presuntos responsables —no les llamo criminales porque me pueden demandar.

Por ejemplo: en un programa de televisión, un reportero hizo una encuesta en una cárcel —perdón, centro de readaptación social— para averiguar por qué delitos estaban presos —perdón otra vez, internos— los encuestados. Un número significativo respondió: «por choque»; más adelante supe que todos estos «chocadores» habían matado a un diverso número de transeúntes al manejar sus carcachas en avanzado estado de ebriedad.

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No se crea, sin embargo, que todo es desazón en el mundo del eufemismo, que también tiene su lado bueno. Sin ir más lejos, esta mañana me sentí juvenil, fresco y renovado. Al mirarme al espejo, me di cuenta de que ya no tengo arrugas en la cara, sino que mi rostro está surcado por «líneas de expresión»; esto me da un gusto particular, porque indica, claramente, que no estoy en vías de convertirme en un viejo, ruco, anciano, senil o senecto. Más bien, estoy en el umbral de ser un «adulto en plenitud».

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