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El apéndice y la «hache»

Que levante la mano el que tenga apéndice —la levanta una buena parte de ustedes⎯. Que levante la mano el que no lo tenga —hace lo propio otra parte de amables lectores⎯. Que ahora levante la mano el que sepa por qué demonios tenemos apéndice… ⎯silencio, grillos en la lejanía.

Imaginen la misma escena: Las palabras han cobrado vida
y están congregadas en una plaza pública —algunas, según el lingüista Noam Chomsky, son peludas⎯. Una palabra muy autoritaria —quizá la palabra huevos— solicita que levanten la mano los vocablos que tengan hache.

Responden palabras como hijo, hermosura y hacer. Luego se pide que se manifiesten las que no tienen hache. Finalmente, se pide que alcen la mano las que sepan a qué demonios se debe la extravagancia de la hache en una lengua en la que esta letra es muda.

La respuesta es bien conocida. A mí me la dio mi maestra de español en secundaria: la hache de muchas palabras ocupa el lugar que tuvo la efe en los antepasados de estas palabras —fijo, fermosura, facer⎯. Al paso de los siglos, la efe se fue desgastando en la pronunciación y se perdió.

Es algo parecido a lo que ocurre con la b de burro y la v de vaca, que en México distinguimos con esa explicación zoológica porque ya no difieren en pronunciación. Sólo los cursis y algunos locutores de radio pronuncian hoy la v labiodental.

En la estructura de esas palabras que empezaban con efe quedó una casilla vacía. Se puso una hache para no dejar el hueco —qué raro sería, ¿el fueco?⎯ Dicho de otro modo, esta letra es un vestigio, un indicio de que las palabras han evolucionado.

A Charles Darwin le gustaba encontrar rastros del pasado en los organismos. Dedicó buena parte del capítulo xiv de El origen de las especies a lo que llamó órganos rudimentarios y atrofiados, «que llevan el sello de la inutilidad evidente». En ese libro expone con numerosísimos ejemplos la teoría de la evolución por selección natural.

El capítulo en cuestión contiene hechos biológicos insospechados. Los fetos de vaca desarrollan in utero dientes que nunca emergen de las 
encías. La boa constrictor 
conserva de sus antepasados rudimentos
 de la pelvis y las patas 
traseras.

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Algunas especies 
de salamandra que viven lejos
 del agua son renacuajos en estado
embrionario —y esos renacuajos nadan cuando se les extrae del vientre de su muy terrestre madre.

El apéndice es una hache en la anatomía humana.

Los perplejos contemporáneos de Darwin creían que los seres vivos, o mejor, las especies de los seres vivos, no cambiaban; que Dios los había formado tal cuales eran desde el primer día —o el Primer Día. Los órganos rudimentarios servían para «completar el esquema de naturaleza», o bien, «para mantener la simetría». Dice Darwin, comprensiblemente exasperado: «Pero esto no es explicar, sino enunciar el hecho con otras palabras». Si los elementos inútiles de la anatomía de algunas especies son para completar el esquema de la naturaleza, ¿por qué no tienen rudimentos de extremidades otras serpientes, por ejemplo?

Los organismos de hoy son descendientes de antepasados distintos a ellos. La selección natural, principal fuerza transformadora de las especies, va conservando los cambios ventajosos para los individuos. Las transformaciones neutras, que ni ayudan ni estorban, pueden conservarse o no, indistintamente. Las ballenas tienen dentro de las aletas todos los huesos para formar dedos.

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Sus antepasados terrestres los necesitaban, las ballenas, no. Desde el punto de vista funcional, da lo mismo si los dedos están o no están. Se han vuelto
invisibles para la selección natural.

Darwin tenía una explicación de verdad: los órganos rudimentarios son rastros de la historia —como la hache.

Darwin no pasó por alto la semejanza entre los órganos vestigiales y las letras vestigiales. Dice: «los órganos rudimentarios se pueden comparar con las letras de algunas palabras, que se conservan en la ortografía pese a ser ya inútiles en la pronunciación, pero sirven para determinar su origen».

Y termina esa sección con clarines y trompetas: «Podemos concluir que, desde la perspectiva ⎯de la evolución por selección natural⎯, la existencia de órganos en estado rudimentario, imperfecto e inútil, o casi, lejos de presentar dificultades, como, sin duda, ocurre en la antigua doctrina de la creación, podría incluso haberse previsto según las opiniones que aquí se exponen».

Seguimos sin saber para qué sirve el apéndice —o más bien para qué servía⎯. Pero ahora todos podemos levantar la mano cuando nos pregunten por qué lo tenemos.

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  • Gerardo Rodríguez

    Hola! Hace un par de años tuve que pasar por una dolorosa apendicitis y su respectiva apendicectomía. El muy bien preparado cirujano especialista que realizó la cirugía, nos explicó que el apéndice aparentemente es funcional los primeros años de nuestra vida, emitiendo sustancias necesarias para el desarrollo, pero después de pocos años se vuelve inútil. Además, nos dijo, forma parte de un complejo “segundo sistema nervioso” que se aloja en todo el sistema digestivo.
    Por tal motivo, el apéndice no parece ser el mejor ejemplo de órgano vestigial, a pesar de que en general creemos que lo es.
    Felicidades Sergio y algarabía!

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