Sin categoría

Deberes y derechos —de los hablantes—

En su poema «Elogio de la lengua castellana», Juana de Ibarbourou describe nuestra lengua como la más rica, la más bella; la lengua mediante la cual el pueblo expresa el amor, la fe, el hastío, el desengaño; «La lengua en que reza mi madre / y en la que dije: ¡Te quiero!». Y termina su poema exclamando: «¡Lengua de toda mi raza, habla de plata y cristal, ardiente como una llama, viva como un manantial!»1

Todo parece indicar que, en México, la mayoría de las personas se siente muy orgullosa de que sea el español su lengua materna. Por lo menos eso muestra un cuestionario sobre conciencia lingüística realizado por José Moreno de Alba.2 José Moreno de Alba, El lenguaje en México, México: Siglo xxi, 1999, pp. 31-50.

Según sus resultados, la lengua es reconocida como un componente muy importante de la identidad nacional —aunque no es colocada en el mismo nivel de los símbolos patrios— y, en consecuencia, los hablantes manifiestan, una y otra vez, su preocupación por lograr un desempeño lingüístico adecuado, lo que ha generado algunos mitos.

De groserías y otros mitos

·Muchas veces se cree que quien dice groserías está empleando el idioma de manera irreverente. Desde esta perspectiva, no debe decirse, por ejemplo, «me tienes hasta la madre», sino «me tienes harto» o, por lo menos, «me tienes hasta el copete / hasta la coronilla», a fin de expresarse con el debido respeto.

·Si alguien, en vez de nalgas, dice pompis, por caso, está violentando el uso correcto del español. En vez de esto, por lo menos, debería optar por la palabra culo, como los españoles o los argentinos, quienes sí se atreven a nombrar las cosas por su nombre.

·En el libro Defensa apasionada del idioma español, Álex Grijelmo afirma que la lengua española está en proceso de deterioro. Entre las señales de esta decadencia menciona el hecho de que los políticos inventan palabras ampulosas y vacías, abusando del instrumento de la comunicación.3 Álex Grijelmo, Defensa apasionada del idioma español, México: Taurus, 2002, p. 14.

Derechos

En contraposición con estas creencias habrá que destacar algunos derechos de los hablantes.

·Si bien, en un momento dado, las palabras malsonantes pueden representar transgresiones a ciertas normas sociales, reflejan sensaciones de enojo, liberación, placer, etcétera, que no se logran transmitir con expresiones más neutras. Así pues, lo que sucede es que parece haber una confusión entre norma lingüística y norma de conducta. Es un lugar común pensar que, si el hablante no comulga con determinados valores, como pudiera ser lo que se concibe como el respeto a las autoridades, el amor a la patria o el apego a los dictados de las buenas costumbres, está empleando el lenguaje incorrectamente. El hecho de que alguien rompa las reglas de comportamiento social no significa que tenga una mala conducta lingüística, sino todo lo contrario: gracias a la palabra ofensiva, malsonante o vulgar, ha logrado el objetivo de provocar un determinado efecto en los demás.

·Por lo que concierne a pompis, tiende a pensarse que la única designación válida para un objeto de referencia es la del vocabulario estándar y que el vocabulario no-estándar es siempre incorrecto, sin considerar que el significado de ciertos vocablos es insustituible, ya que, como dice Luis Fernando Lara: «Su valor significativo supera a la simple designación».4 Luis Fernando Lara, De la definición lexicográfica, México: El Colegio de México, 2004, p. 137. En principio, estamos de acuerdo en que pompis y culo contienen una carga expresiva de la que carece el término nalgas. Ahora bien, ¿por qué no emplear culo, como los españoles o los argentinos?

Todavía hay quien cree que el español de España es superior al español de otros países y, por lo tanto, que si los españoles —o los argentinos— dicen culo es porque ellos hablan un mejor español. No obstante, como afirma Moreno de Alba: «La objetividad científica nos obliga a pensar que no hay “calidades” en los diferentes dialectos geográficos que constituyen una lengua».5 José Moreno de Alba, op. cit. pp. 37-38. Por otra parte, la idiosincrasia propia de cada país da como consecuencia que, más allá de la designación, los conceptos adquieran un matiz único. Así pues, aunque entre las palabras pompis y culo haya una aparente relación de sentido unívoca, no parecen tener, en uno y otro dialecto, la misma connotación y, por tanto, no son sustituibles. Por otro lado, es claro que tenemos el derecho a ser nosotros mismos, a expresarnos de acuerdo con nuestra sensibilidad, conforme a nuestro recato o a nuestro «medio tono». ¿Por qué hemos de emplear una palabra como culo, que suena por demás procaz y de muy mal gusto en nuestros cálidos y sentidos oídos mexicanos? Sobra decir que el tabú sexual, propio de nuestra cultura, genera como consecuencia eufemismos como pompis y bubis.6 v. Algarabía 7, 2002, CURIOSIDADES LINGÜÍSTICAS: «Negativo, pareja: los eufemismos y la ultracorrección», pp. 20-24; Algarabía 17, enero-febrero 2005, ESTÁ EN CHINO: «En el nombre de Eufemio», pp. 64-68; y Algarabía 23, enero- febrero 2006, CURIOSIDADES LINGÜÍSTICAS: «El tabú lingüístico», pp. 36-40.

·Con respecto a la afirmación de Grijelmo, estamos de acuerdo en que el discurso político suele emplearse hasta el límite de manipular la conciencia del pueblo. No obstante, ¿es ésta una novedad o un fenómeno privativo de nuestra lengua? Además, el que los políticos creen nuevas palabras, ¿conlleva consecuentemente al deterioro del idioma? Resulta pertinente aclarar que, si los políticos usan el idioma con astucia o malicia, esto sólo muestra la manera en que la lengua se prodiga para cumplir con su vocación de servir al hablante en sus más variadas necesidades comunicativas. Así pues, lo anterior no merece una defensa apasionada del idioma como propone Grijelmo; más bien habría que hacer la defensa en otro sentido, como podría ser el derecho a obtener de nuestros gobernantes información transparente, lo cual nos competería como ciudadanos, mas no como hablantes del español.

Tal parece que no ha quedado del todo clara la función del lenguaje en el campo de las interacciones sociales. No se puede evaluar la aceptabilidad o inaceptabilidad de una determinada emisión conforme a sus fines comunicativos. El hecho de que las palabras se usen para bien o para mal no es competencia de la lingüística, sino de la moral. Por tanto, este fenómeno no es síntoma de deterioro del idioma —como señala Grijelmo—, sino una manifestación de la función social del lenguaje en el ámbito de la comunicación de masas.

¿Deberes?

Con este puñado de casos sólo pretendo abrir el debate con respecto a nuestros verdaderos derechos y obligaciones como hablantes. Primero que nada, hay que reconocer que nuestra tradición normativa se ha quedado rezagada por cientos de años de purismo y academicismo. Los prescriptivistas están tan ocupados en proscribir y prohibir, que no se han enterado que, más allá de la gramática tradicional, hay un vasto paisaje disciplinario que ofrecen las investigaciones lingüísticas actuales y del que es urgente nutrirse. Y, finalmente, no sólo la normativa, sino también su reproducción social, promueven una cultura de sometimiento lingüístico. Estamos más acostumbrados a obedecer que a discurrir. No sólo el hablante común, también algunos profesionales de la palabra siguen buscando autoridades que los orienten, personas o libros que les digan «cómo se debe decir».

Entonces, ¿quién nos rige?, ¿quién nos corrige? ¿Estamos preparados para esta libertad? ¿No hay peligro de este relajamiento excesivo? ¿Podemos, en nombre de la libertad, emplear toda suerte de neologismos o extranjerismos desaforados? ¿Podemos, en aras de la originalidad, violar las reglas gramaticales e incluso torturar la sintaxis?

El conocimiento de nuestros derechos lingüísticos no hace más que abrirnos la conciencia con respecto a nuestras graves obligaciones. No se trata nada más de conocer las reglas gramaticales, como piensan algunos; debemos ir más allá. En verdad, únicamente el capital intelectual dará como consecuencia una mayor competencia comunicativa. Esto exige un compromiso constante: ampliar nuestra cultura general, acrecentar nuestras destrezas como lectores, adentrarnos en el estudio de la lengua y de la literatura. Sólo mediante estas herramientas el hablante tendrá la capacidad para optar entre los múltiples recursos expresivos que la lengua pone a su disposición a fin de responder exitosamente a las diversas necesidades comunicativas que se le presenten. Y sólo así podríamos hacer honor al poema de Juana de Ibarbourou y a nosotros mismos.

Silvia Peña-Alfaro es consultora empresarial en lingüística aplicada. Se ha especializado en la capacitación para profesionales de la lengua española y para todo aquel que requiera adentrarse en el uso impecable del idioma. En sus ratos de ocio se divierte observando el circo, maroma y teatro de los defensores del idioma.

No nos gusta la Navidad

busca en algarabía

Publicidad

Publicidad

Chingonerías

Chingado amor

Publicidad

Para escribir mejor

De acuerdo a / de acuerdo con

Publicidad

– Publicidad –

Newsletter Algarabía

Optimization WordPress Plugins & Solutions by W3 EDGE