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¿Cuál es la onda?

«Requelle se hallaba sobria, bien sobria, quizá sólo para llevar la contraria a los muchachos que la invitaron al Prado Floresta. Ellos bailaban y reían y bebían disfrutando de Una Noche Fuera Estamos Cabareteando y Cosas de Esa Onda. Cuál es la onda, no dijo nadie.»1

Éste —después de un par de epígrafes de Guillermo Infante y de The Doors— es un fragmento del cuento «Cuál es la onda» de José Agustín, representante indiscutible de la literatura de la Onda, que tuvo su apogeo durante los años 60 y que, a su vez, representaba las voces de una generación que se vio influenciada por los acontecimientos que marcaron dicha época y, por supuesto, por las drogas, el sexo y el rock’n’roll.

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Foto: grupo milenio

Esta vertiente literaria —llamada «de la Onda» por la escritora Margo Glantz por ser hecha por jóvenes, valga la redundancia, con «onda»— quería romper con los moldes establecidos por la literatura tradicional, por lo que adoptó el lenguaje propio de los chicos citadinos, sobre todo aquéllos de las clases medias y bajas.

«El lenguaje literario del narrador de la Onda es totalmente urbano, en él abundan los trazos de México. Es un lenguaje que deja oír el palpitar de la ciudad que se percibe en los ruidos de las calles, en las aglomeraciones de las estaciones del metro, en los gritos de los bares, de las plazas públicas y de las cárceles.»2 Ignacio Trejo Fuentes, «La literatura de la Onda y sus repercusiones», http://espartaco.azc.uam.mx/UAM/TyV/16/221962.pdf

En consecuencia, el resultado es un lenguaje casi oral, que se «escucha» más de lo que se «lee», pues podemos casi oír hablar a los personajes mientras leemos los textos, como en «No te adornes, no te adornes», de Parménides García Saldaña:

«Tanatodamadreplanqueteníanypordospendejosselollevabalachingada. Llegando a la casa, unos drinks, y ya que estuvieran medio alumbrados, las viejas cachondas por los alcoholes en el cerebro, a bailar, faje sabroso (mamacita, pero mira nomás qué bien te has puesto, ¡sabor!), guapachoso, y todos al box-spring, él a gozar guapachosamente a Almita, con sabor a mamaíta. Todo así de perfecto y de chingoncísimo. Pero no, el plan se había ido a la chingada por la puta pendeja adornada.»3 Parménides García Saldaña, «No te adornes, no te adornes», en Círculo de Poesía. Revista electrónica de literatura, Puebla, año 3, semana 28, julio 2012.

Al mismo tiempo, incorpora tanto frases idiomáticas y modismos—‘faje sabroso’, ‘guapachoso’, ‘chingoncísimo’—, como anglicismos —‘drinks’, ‘badness’—e, incluso, se atreve a «transgredir» la norma sintáctica de la lengua —«Mesa junto a la orquesta, pero muy.».

También juega con las palabras mezclándolas entre sí, o escribiéndolas tal cual son dichas, para hacer nuevas: «ey, linda, por qué no vienes paca paplaticar», «la revolufia gabacha», ‘doncha’ —contracción de «don’t you».

Hay una relación muy estrecha con la música pop y rock, puesto que los escritores dejan ver la influencia de ésta en sus textos con citas, epígrafes y referencias a canciones y/o a músicos como The Rolling Stones o The Doors. De hecho, uno de los autores más representativos de la Onda, Parménides García Saldaña, fue el primero en usar el término «hoyos fonkis», que era usado para hablar de los lugares en los que los jóvenes acudían a escuchar «rocanrol».

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El «lenguaje ñero», denominado así por García Saldaña, identificó a la juventud sesentera y setentera.4 v. Algarabía 103, abril, 2013: «¿Qué jais?, is barniz, nel pastel»; p. 31.

Justamente, es este autor quien escribió, para la revista Caballero, una reseña sobre Led Zeppelin sin dejar de lado su estilo y espíritu «onderos», que entonces definían como «ilegible para mayores de treinta años»:

Hacía tiempo —excepto los Rolling Stones, con quienes Zeppelin tiene coincidencias— que un grupo (esta frase debería de ir antes de la apertura de la raya parentética, pero ni modo, desgraciadamente me pasé) no me lanzaba buenas ondas (u vibraciones[sic], diría Rabbit) para que me alivianara escribiendo about rock ‘n’ roll music, man. Led Zeppelin’s really funky, man, ye man, earthy, you know what I mean, doncha? ¿Cuál concha? Exactamente el Led Zeppelin tiene algo que ver con la concha.5 Parmenides García Saldaña, «Led Zeppelin», en Caballero Revista masculina, México, abril 1970; p, 42.

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Apuesto a que en esta época todos —o casi todos— los lectores mayores de 30 comprenderán sin ninguna dificultad el texto, que por supuesto tiene que ver con que éstos, entonces, eran aquellos «chavos» a los que se dirigía y se refería la generación que fue pionera de la Onda.

Quizás pasaba lo mismo que ahora: la manera en la que escriben los jóvenes menores de 30 es, en ocasiones, ininteligible para muchos que sobrepasan esa edad.

Y viceversa también, puesto que hay muchas expresiones y palabras que hoy ya no se usan —al menos por las generaciones más jóvenes— y no se entienden enseguida; incluso a algunos les parecen graciosas. Por ejemplo ‘quihubo’ —contracción de «qué hubo» usada como saludo—, ‘¡bolas!’, ‘¡rájale!’ —estas dos se usan normalmente para expresar que hay golpes, literales o metafóricos—, ‘suave’ —adjetivo para describir algo muy bueno—, ‘clarines’ —deriva de ‘claro’, expresa afirmación—, ‘varil’ —vulgar, malo—, ‘solapa’ —deriva de ‘solo’—, etc.

¿Y tú sueles usar este tipo de palabras o expresiones? ¡Quizás seas uno de los «chavos de la Onda»!

Si quieres seguir riendo con más palabras arcaicas, consulta «¿Qué jais?, is barniz, nel pastel», en Algarabía 103.

***

Referencias

  1. José Agustín, «¿Cuál es la onda?», en El cuento hispanoamericano. Antología crítico-histórica, (ed. Seymour Menton), México: FCE, 1991; pp. 618-655.
  2. Ignacio Trejo Fuentes, «La literatura de la Onda y sus repercusiones», http://espartaco.azc.uam.mx/UAM/TyV/16/221962.pdf
  3. Parménides García Saldaña, «No te adornes, no te adornes», en Círculo de Poesía. Revista electrónica de literatura, Puebla, año 3, semana 28, julio 2012.
  4. v. Algarabía 103, abril, 2013: «¿Qué jais?, is barniz, nel pastel»; p. 31.
  5. Parmenides García Saldaña, «Led Zeppelin», en Caballero Revista masculina, México, abril 1970; p, 42.

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