Jorge Ibargüengoitia

Si no fuéramos quienes somos —reflexiones sobre la Colonia—

En Algarabía, la observación punzante y sin concesiones de Ibargüengoitia se ha vuelto como una marca de la casa. En esta ocasión, te presentamos una reflexión —descarnada, carente de optimismo y, por eso mismo, divertidísima— acerca de una de las obsesiones de este escritor: la identidad del mexicano, en el supuesto de que hubieran sido otros, y no los españoles, los que hubieran arribado a tierras mexicanas en el siglo XVI.

El otro día, echándole una ojeada a estas páginas,1 Se refiere a las páginas del periódico Excélsior, en las que Ibargüengoitia escribía una columna. [Todas las notas son de la edición.] encontré un artículo en el que, a propósito del monumento o del no monumento a Cortés, se planteaba la incógnita de qué sería México si en vez de por los españoles hubiera sido conquistado por los ingleses, los franceses o los holandeses.

Me quedé pensando en el problema y, a pesar de que estas disquisiciones entran dentro del género de la de «si mi tía tuviera ruedas», voy a permitirme poner aquí algunas de las ideas que me vinieron a la cabeza.

En primer lugar, se me ocurrió que la idea tan socorrida de que cada nacionalidad tiene un sistema de colonización que le es característico, es falsa. Como también lo es la de que haya razas de conquistadores humanitarios y otras de conquistadores inhumanos. La única regla general es que los pueblos conquistados son pueblos divididos, absortos en rivalidades internas e incapaces de presentar un frente común. Aquí en México hay quien dice que los españoles vinieron con los brazos abiertos, se mezclaron con el pueblo, rieron y cantaron con él, produjeron gran mestizaje, le dieron al pueblo conquistado un idioma, una religión y leyes justas, y por último, España se desangró de tanto talento que se vino a las colonias. Por otra parte, hay quien dice que los españoles destruyeron nuestra cultura, nos explotaron durante 300 años y se fueron cuando no les quedó más remedio. Ahora bien, los proponentes de estas dos teorías contradictorias están, por lo general, de acuerdo en que si ser colonia española fue malo, haberlo sido inglesa hubiera sido peor, porque los ingleses tenían por sistema acabar con los indios y después, importar negros para hacer trabajos pesados.

¿Conquistados por pilgrims?

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Una vez establecidas estas teorías, vamos a imaginar cosas que no ocurrieron. Vamos a suponer que a Veracruz, en vez de llegar Cortés, llegan los pilgrims.2 Los pilgrims, o «padres peregrinos», es el nombre de uno de los primeros grupos ingleses que se establecieron en el siglo XVII en el actual territorio de los EE. UU. Pertenecían a una iglesia de cuño calvinista y venían huyendo de las persecuciones religiosas de la Iglesia anglicana. Fueron un elemento clave en la formación de la nación y la cultura estadounidenses. ¿Qué hubiera pasado? Mi impresión es que la cena de acción de gracias, en vez de comérsela los ingleses se la hubieran comido los indios, y en vez de guajolote hubieran tenido pilgrim. Esto hubiera ocurrido por dos razones fundamentales, que corresponden a las dos deficiencias que tenían los pilgrims como conquistadores en relación con los españoles: eran protestantes y venían con la familia. El protestantismo es una religión con la que no se conquista a nadie. No es vistosa y no propone la obediencia como virtud. Por otra parte, el hecho de venir con la familia, que dio tan buenos resultados en un lugar escasamente poblado como era el norte del continente, en México hubiera sido mortal. Un hombre casado tiene menos necesidad de «fraternizar» con los nativos que un soltero. Hace su casa, siembra, ordeña la vaca y mata al que se le pone enfrente, o lo matan si son demasiados. Un soltero, en cambio, necesita que le hagan la comida y la cama. Su supervivencia estriba en establecerse como «pachá» y vivir rodeado de nativos que le hagan los mandados.

Pero aún hay otras alternativas posibles. ¿Quieres conocerlas? Sigue leyendo en tu Algarabía 76.

Jorge Ibargüengoitia (1928-1983) es el colaborador más fiel, asiduo y admirado de esta revista. Si no fuera por él y su humor cáustico, no tendríamos razones para seguir siendo mexicanos.

Este texto fue extraído de: Jorge Ibargüengoitia, Instrucciones para vivir en México, México: Joaquín Mortiz, 2003.

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