Ideas

Saint-Exupéry: más allá de El Principito

Exupéry fue un escritor piloto —o un piloto escritor, como quiera vérsele—, siempre en busca de la unidad en tan distintas profesiones. Conócelo.

Pensar en Antoine de Saint-Exupéry sólo como el autor de El Principito y otros ocho libros más, sin considerar que fue un piloto realmente enamorado del arte de volar, es ver una moneda de un sólo lado. De hecho, una vocación determinó la otra, pues prácticamente en toda su obra está presente la imagen del aviador y, de igual manera, en su vida como piloto mantuvo las ideas que le obsesionaron como escritor.

El piloto

Antoine de Saint-Exupéry nació con el siglo xx: el 29 de junio de 1900, en Lyon, Francia. En 1921, después de estudiar arquitectura en la Escuela de Bellas Artes de París, fue requerido para cumplir con su servicio militar, por lo que fue enviado a Estrasburgo para entrenarse como piloto.

En la primavera de 1923, después de graduarse como piloto militar y tras haber escogido servir en el 34º Regimiento de Aviación, Exupéry sufrió su primer accidente, en el que 
se fracturó el cráneo. A pesar de esto, se propuso formar parte de la fuerza aérea francesa, aunque tuvo que desistir a causa de las objeciones de la familia de su prometida, la futura novelista Louise de Vilmorin.

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Exupéry no tuvo una carrera estable como piloto comercial ni como miembro del correo francés, pues su sentido de
 la justicia lo hizo renunciar en varias ocasiones a sus posibilidades de volar.

Lo mismo sucedió cuando fue
 piloto de la inteligencia militar, último cargo que desempeñó antes de su desaparición, y que asumió con idealismo, como una forma de afrontar la expansión nazi.

No faltó quien hiciera de su muerte un misterio, porque durante largos años no se encontraron evidencias que permitieran inferir la caída de su avión, un F5 con el que hacía un vuelo de reconocimiento entre Córcega y Marsella. El caso dio lugar a hipótesis que asumían que Saint-Exupéry estaba vivo o, incluso, algunas más fantasiosas que decían que al final se había reunido con el Principito en el asteroide B612.

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Lo cierto es que, en 1998, un pescador encontró frente a 
las costas de Marsella un brazalete que perteneció a nuestro escritor. Más tarde, en 2003, se hallaron los restos del fuselaje del F5 en un sitio cercano a esa zona. Ese mismo año, un alemán llamado Horst Ripperta dijo que él había derribado el avión que pilotaba Saint-Exupéry cuando era parte del cuadro militar de los nazis. Ripperta declaró que le era posible afirmar eso por la fecha en la que supuestamente derribó al F5: el 31 de julio de 1944, día oficial del deceso de Exupéry. De cualquier forma, ya encontrados brazalete, fuselaje y también al autor material del derribo, hasta ahora no se han podido localizar los restos de su tripulante —digo, por si alguien desea mantener viva la esperanza del feliz encuentro entre el autor y su personaje.

El escritor

La primera novela de Exupéry fue El aviador (1926). A ésta le siguieron dos más: Correo del sur (1929) y Vuelo nocturno (1931), todas ellas autobiográficas y producto de sus experiencias como piloto y como jefe del correo francés en Sudamérica, específicamente en Argentina.

A propósito, tenemos un chisme inédito de Exupéry, por Madame Currutaca.

Correo del sur es una narración breve sobre la ruta desde Toulouse –Francia– hasta Dakar –África– en la cual atraviesa montañas, mares y desiertos en los que no es posible aterrizar en caso de fallas mecánicas —entonces muy comunes, porque la aviación estaba poco desarrollada—. Sin embargo, ésas no eran las únicas barreras que tenía que cruzar un piloto del correo: el amor también era una de ellas, pues el personaje principal, Jaques Bernis, había decidido renunciar por esta causa al deber de entregar la correspondencia.

Antes de escribir El Principito, Saint-Exupéry ya garabateaba en sus cartas y notas un pequeño personaje de cabellos dorados

Bernis es un idealista —como 
Exupéry— que se enamora de una
 compañera de infancia y que, al crecer,
 mantiene su amor platónico a pesar de
 que ella, Geneviéve, se casa con Herlin,
 un tipo que sólo atina a culparla de la
 muerte de su hijo. El protagonista no goza de otra cosa más que del prodigio de volar, como lo confirma su descripción del despegue: «El avión, atrapado por la hélice, arremete. Los primeros vuelcos en el aire elástico se amortiguan y el terreno parece tensarse al fin y resplandecer bajo las ruedas, como una correa. Una vez que el piloto sopesa el aire, primero impalpable, después fluido y ahora sólido, se apoya en él y
 lo monta».

Esta obra tiene, indudablemente, un trágico parecido con El extranjero, de Albert Camus.

Más adelante, Bernis intenta robarse a Geneviéve, pero sólo obtiene un fracaso sentimental del cual el autor
 deja constancia cuando narra la lluviosa y gris ruta que los protagonistas recorren en coche, en su huida de Toulouse a París. No obstante, el deber está por encima de todo: al final de la novela, en un párrafo lacónico, Exupéry describe cómo, para los oficiales del servicio postal, la muerte de Bernis es intrascendente comparada con la importancia que tiene la entrega puntual del correo.

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El libro que Saint-Exupéry más valoró entre los suyos fue Tierra de hombres (1939), obra derivada de una columna publicada en un diario francés, en la que desentrañó cada una de sus obsesiones, especialmente aquella vinculada con las relaciones entre los seres humanos que, según sus palabras, siempre carecen de amor genuino.

Otras obras de Saint-Exupéry fueron Carta a un 
rehén (1943) y Ciudadela, la cual dejó inconclusa, pero que fue publicada de manera póstuma en 1948.

El problema con los libros escritos por Exupéry es que, salvo El Principito, todos son absolutamente inaccesibles en las librerías regulares. El lector interesado tendrá que confiar en su suerte, pues en las librerías de viejo siempre queda la posibilidad de hallar las obras que han sido editadas en castellano.

El Principito

Paradójicamente, El Principito es uno de los libros del siglo xx más publicados en el mundo, con traducciones a más de 30 idiomas y con una variedad de ediciones impresionante. Es curioso, Saint-Exupéry escribió El Principito a solicitud de sus editores, mientras se encontraba en Nueva York, alejado de Francia y, por supuesto, de la ii Guerra Mundial, a la que habría de regresar casi al final —de su vida y de la guerra—. Se trataba de una obra que planeaban publicar en la Navidad de 1942, pero que no consiguió ver la luz sino ya entrado el siguiente año.

El Principito ha sido la tercera obra literaria más vendida, después de la Biblia y El capital

Es verdad que la obra fue escrita para niños —a los que incluso el autor ofrece una disculpa por dedicarla a Leon Werth, amigo y compañero suyo—, pero el contenido invita tanto a la reflexión que no puede tratarse de un libro exclusivo para ellos. Quizá es más apropiado decir que es una obra para los primeros lectores —sea cual sea su edad—, ya que parte de la curiosidad e imaginación infantil para llevarlos a reflexiones más profundas sobre el amor y el sufrimiento que éste suele provocar.

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Exupéry concibió todas sus obras con la pasión de quien trata de cambiar al mundo, especialmente el mundo interior de los hombres. De la misma forma emprendió cada uno de los vuelos que realizó a lo largo de su vida. A pesar del éxito que tuvo entre lectores de su época, ninguna de sus obras trascendió tanto como la novelita escrita a petición de sus editores.

Encuentra este artículo completo en la edición 49 de la colección Algarabía.

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