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Recetas de andinismo

Cuando vi la luz de un espejo reflejada desde la cordillera, lo primero que pensé fue que
se trataba de unos andinistas, ojalá no perdidos, que daban señales de su ascenso. Esperé unos segundos para saber si se trataba de un avión resplandeciente que seguramente se desplazaría, pero los reflejos intermitentes me recordaban
los avisos de emergencia de los boy scouts y las historias de extraterrestres que me ha contado alguno que otro «abducido».

Consideré llamar a los carabineros1 La policía chilena. o a los bomberos. luego pensé que, siendo una mexicana que vive en Santiago de Chile y que recién ha descubierto el andinismo, después 
de años de alpinismo en el hemisferio norte, no sería una novedad ni un descubrimiento.

También pensé en llamar a algún chileno y me di cuenta de los pocos amigos con que aún cuento y a quienes les puedo contar esta historia. Después me vi con claridad entre los flashazos de los reporteros y el encabezado sobre mi foto: «Mexicana salva a un grupo de andinistas perdido en la cordillera, que le envió señales con un espejito de bolso» —allí le dicen cartera—. Por último, corrí por la cámara para tomarle unas fotos, pero sonó el teléfono y me alejé del punto de visión. Cuando volví, no había más reflejos y me pregunté si habría sido el sol o el inicio de algún tipo de ataque epiléptico.

El consuelo llegó cuando unas amigas, esposas de bomberos, me dijeron que eso pasaba, que en los Andes
 se mandaban mensajes de prueba para saber dónde andaban los andinistas. La cosa es que aquí uno puede ver los Andes, la cordillera. A veces no, porque es invierno y 
la contaminación lo impide, pero cuando sí, que es casi siempre, aparece recortada en los dedos rosados del cielo 
y me recuerda las escenografías para las óperas de Wagner que hizo Jorge Ballina en México. Aunque debería ser al revés: las escenografías me tendrían que recordar los Andes; lo que pasa es que entonces no los había visto aún.

Debe ser totalmente antierótico perderse en una tormenta de nieve allá arriba. Los que lo han vivido me cuentan cómo las «cocas» y las papas fritas de bolsa salvan al ser humano. Y cómo no, luego de la pérdida de sodio sufrida después de días de ascenso. A esas alturas no hay comida posible y el agua no sirve para nada.

¿Quién iba a pensar que la bebida de cola, además de permitirnos dar una conferencia entera sin ir al baño en casos de diarrea, aprobar un examen de densitometría ósea porque estudiamos sin dormir
 toda la noche y darle un beso al príncipe azul al hacer que volvamos del desmayo por la baja de azúcar, tiene la virtud, cuando enlatada, 
de atorarse en las fauces de las serpientes que acompañan los cardosos caminos de ascenso? Eso 
y que las papitas, tan recurridas, quitan el hambre y previenen los calambres, gracias a la sal que contienen, aunado a que ayudan
 a no perder líquido, sobre todo en las circunstancias en que se vuelve invaluable mantenerlo en el cuerpo.

Por ahí me enteré, de paso, de tantos perdidos que, por desobedecer las órdenes del guía y andar en un rumbo equivocado, se resbalaron y dejaron a sus familias sin siquiera el consuelo de enterrarlos; perdidos para siempre —no es lo mismo que ir en avión e imaginarse que uno salta entre las áridas cumbres; yo no entiendo bien por dónde suben ni bajan los deportistas.

Otra cosa que aprendí en mis correrías es que a los impulsivos nos hace mal la montaña. Ésta se sube «paso 
a pasito». Al principio dan ganas de ahorrar tiempo en 
lo que uno sabe que serán días entre pie y tobillo, como
 me sucedió cuando tuve que llegar hasta la cumbre del Iztaccíhuatl, refugios incluidos —«la Mujer Dormida»... pero que no se despierte, que con el Popo tenemos bastante—. Así, dejando cinco segundos entre paso y paso en el ascenso y yendo al ritmo del corazón, se impide que éste quiera ir al ritmo de los pasos y que, con la altura, la presión sanguínea sea incontrolable. Yo me pongo muy nerviosa, así que me enojo a cada paso que doy y me pregunto por qué no me toman de la mano. Claro que es porque nos iríamos los dos al abismo. Y así, sin saber qué hacer, se me ocurre preguntar en momentos como ése: «¿En qué piensas?», y me contestan: «En dónde estoy poniendo el pie. Nada más.»

La altura en la montaña tiene que ser respetada si se quiere regresar. Los zapatos que se aferren al terreno son indispensables. También los de casco duro e impenetrable para las mordeduras de animales o para recibir los trozos
 de piedras del camino. Ir con un guía, con alguien que conozca la montaña, es fundamental, porque en una de ésas no hay mapa que valga y un error en la ruta puede significar despeñarse, aunque me contaron de un guía de toda la vida que se desesperó a media tormenta y casi consigue que se despeñen varios —por lo visto, la histeria se redimensiona con la altura.

Hay un cuaderno al inicio del ascenso —o junto a las exquisitas garnachas del descenso, si se mira de otro modo— a La Mujer Dormida, para que, habiéndose registrado, a uno lo puedan buscar; pero la sola idea de perderse es escalofriante. Si se llega a dar el caso, habría que guardar la calma, pues no hacerlo puede significar la muerte. También se arriesga mucho si se pierden los guantes o el pasamontañas a cierta altura, pues los dedos congelados de la mano o del pie tendrían que cortarse de tajo antes de que se gangrene el miembro y, con ello, el cuerpo entero. No deja de ser una temeridad y una aventura arriesgada subir, piolet2 Pico para escalar. en mano, una alta montaña. Esto de las mutilaciones en el hielo me recuerda a tanto cine oriental extreme... que mejor lo dejamos en el cine y en Oriente.

Yo soy más urbana. Cuando en esos lares me dicen que hay hombres de plasma que de manera invisible «aparecen» en la montaña, me ocupo de apartar a las moscas y a las abejas del refresco en turno; no porque me molesten los insectos, sino para evitarles nadar en la botella a los pobres.

La verdad, prefiero esto de ver los reflejos e imaginarme a los extraterrestres desde abajo, o algunas estrellitas diurnas. Claro que, por si se ofrece, siempre cargo con el espejito de mano y rezo por que haya sol.

❉❉❉

Teresina Bueno es una actriz, directora y productora teatral mexicana que vive en Chile. También es licenciada en literatura y hasta sale en televisión. Extraña cada día más los tlacoyitos y las garnachas de doña Reyna. Lo que sí no se le da, para nada, es esto de escalar montañas.

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