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México en los Alpes: la migración francesa

Durante el siglo XIX, una gran cantidad de franceses emigraron a México en busca de riquezas, especialmente los nativos del pueblo de Barcelonnette.

Este país con forma de cuerno —pero
 sin abundancia— se ha construido a base de múltiples mestizajes. el principal, por supuesto, sucedió hace unos 500 años entre españoles —provenientes de los diferentes reinos hispanos— y mexicas, al cual, poco después, se sumó la totalidad de las etnias que entonces poblaban nuestro territorio. Este mestizaje ocurrió por medio de la fuerza del acero y la violencia, en un largo e injusto proceso integrador que llevó más de tres siglos.

Desde entonces, nuestro país ha recibido diversos flujos migratorios. Aunque tenemos fama de xenofóbicos, hemos acogido a alemanes, judíos, libaneses, árabes y chinos, que se asentaron desde Tijuana hasta Tapachula —cuyo puerto recibió a los japoneses—; a italianos, que llegaron por Veracruz y que fundaron el poblado de Chipilo en Puebla; a españoles —no sólo republicanos— ; poco después, por aire llegaron —y siguen llegando— chilenos, argentinos, colombianos, estadounidenses, suizos, y todos los que deciden venir a compartir su suerte con la nuestra. Todos son bien recibidos, como lo han sido durante más de un siglo los franceses que arriban continuamente a nuestro país.

Una ciudad alpina

En el sur de Francia, en la imponente cordillera de los Alpes, existen numerosos valles que se localizan por encima de los 2,000 metros sobre el nivel del mar. En uno de ellos, el de Ubaye, ubicado a unos pocos kilómetros de Suiza y de Italia, se encuentra un pequeño pueblo de nombre Barcelonnette.

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Sus actividades productivas en el siglo xix eran fundamentalmente el pastoreo de cabras —que se avenían bien a los escarpados picos de la cadena de montañas— y de ovejas que el valle engordaba para permitirles resistir el embate del «General Invierno» que puntualmente hacía acto de presencia [así le llamaron al invierno los franceses, después de la derrota de las tropas de Napoleón en territorio ruso, en 1812]. Al llegar, con su nieve y su hielo cerraba las rutas de acceso, lo que obligaba a los barcelonetas 
a encerrarse en sus casas, quienes —ante esa forzada hibernación— sólo podían ocuparse aprovechando a sus animales para producir telas.

En cuanto el General ordenaba el retiro de hielo y nieve,
 se presentaba la oportunidad de transitar los caminos 
y los barcelonetas ejercían su verdadera vocación: el comercio. Recorrían gozosos las rutas para ofrecer los 
paños que durante meses —cinco o seis—, con paciencia y aburrimiento, habían elaborado. Esa vocación comercial les permitió mantenerse autónomos y forjarse una identidad colectiva singular: eran barcelonnettes antes que franceses, saboyanos, piamonteses o de algún otro de los condados que rodean la ciudad; establecieron su propia justicia, no había una familia dominante y a nadie pagaban tributo. También desarrollaron un esquema político propio y los siglos de práctica de comercio los prepararon para el viaje que los traería a nuestro país.

A mediados del siglo xix, cuando la sociedad francesa inició su transformación de rural a urbana, los barcelonetas intuyeron que, para salvar a su comunidad, era necesario irse lejos y reconstruir su identidad en alguna otra parte. Ese sentido de la propia identidad ayuda a entender la emigración a México: lo hicieron para poder seguir siendo barcelonetas.

La ola francesa

Alrededor de 1821, el triunfo del
 movimiento independentista de la Nueva 
España coincidió con una fuerte crisis económica 
en la región montañosa de los Alpes, lo que llevó a los hermanos Jacques, Dominique y Marc Antoine Arnaud a Louisiana —llamada así en honor del soberano francés Luis xiv—, atraídos por la fuerte influencia francesa que conservaba el lugar, a pesar de que unos años atrás, al inicio del siglo xix, Napoleón Bonaparte lo había vendido a los ee.uu. El espíritu aventurero de los hermanos pronto guió sus pasos hacia el sur: abandonaron Nueva Orleans para iniciar un recorrido por varios pueblos de México ofreciendo mercancías francesas, españolas y, hay quien dice, también alemanas.

Después de varios fracasos, los hermanos se establecieron en el estado de Puebla, donde se encontraron con un compatriota que les allanó el camino al comercio en 
la industria textil, que no existía en la naciente nación mexicana. El uso apropiado de la tecnología y el trabajo duro les permitieron avanzar en sus propósitos económicos.

Jacques, el mayor de los Arnaud, regresó al pueblo alpino, en donde describió lo que habían logrado hacer él y sus hermanos en México. Sus paisanos se entusiasmaron al saber que los españoles, que eran los proveedores de todo tipo de servicios, habían sido echados del país a causa de la independencia, y que eso ofrecía un sinfín de oportunidades para los barcelonetas.

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Algunos parientes de Arnaud y otros coterráneos decidieron acompañarlo de regreso a México. Pocos años después,
 esta primera inmigración generó una segunda oleada de barcelonetas con rumbo a nuestro país. Los más jóvenes se embarcaban en condiciones limitadas, tanto que no alcanzaban a pagar ni siquiera la tercera clase y dormían al sotavento durante los tres meses que duraba el trayecto hasta el puerto de Veracruz. Los emigrantes eran, en su mayoría, masones y laicos, y su idea era ganar la mayor cantidad de dinero posible y volver de inmediato a su país.

En el siglo XIX, el viaje de Francia a México, en barco, duraba alrededor de tres meses.

Estos franceses llegaban cada vez en mayor número a México. Llama la atención que, cuando el ejército francés invadió el territorio, los barcelonetas estuvieron del lado de Juárez y
 de sus liberales, y durante el periodo en que Porfirio Díaz gobernó, fueron tratados con deferencia. Para Díaz era estratégico balancear la relación forzosa de México con los ee.uu. buscando apoyo en otras naciones, y Francia, dada la oleada que ya había llegado a nuestro país, era una de las naciones «sentimentalmente» más cercanas a México —por algo don Porfirio murió en París y allá permanecen sus restos.

Como en casa

Los miembros de la comunidad francesa en México no rivalizaban entre ellos, sino que unían sus fuerzas para evitar la competencia con otros comerciantes, así que poco antes del final del Porfiriato, la hegemonía comercial de los inmigrantes se había afianzado: abrieron negocios en la mayoría de los estados del país; sus mecanismos financieros los llevaron a lograr el monopolio de la emisión de billetes y crearon la primera moneda aceptada en todo el país; invirtieron en
 los tranvías, en la electricidad, en las cervecerías y en las conservas —con Clemente Jacques como barco insignia—; crearon mecanismos financieros y formaron empresas como El Candil Francés, La Tintorería Francesa, El Puerto de Liverpool, Fábricas de Francia, París-Londres, La Librería Francesa, El Centro Mercantil, Fábricas Universales, el Club France y muchas más.

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Según una publicación francesa, en 1992 había en nuestro país 20 familias Arnaud, 40 Reynaud, 25 familias Caire, 18 Couttolenc, 21 Derbez, 31 Fabre, 32 Jean, 37 Manuel, y 31 Tron. En total hay más 30 000 descendientes y 330 apellidos originales del valle de Barcelonnette.

Además de la comercial, también hubo una gran influencia cultural: la arquitectura afrancesada del Porfiriato imitaba las construcciones de aquel país sin perder la influencia española del largo periodo virreinal. Esta fusión se expresó en un nuevo mestizaje, esta vez mexicano, francés y español. Las casas construidas por los emigrantes «regresaron» a Francia, llevadas por el éxito de la comunidad barceloneta que seguía insertándose en la vida económica del país, y fueron llamadas les maisons mexicaines —las casas mexicanas—, a pesar de que no lo eran.

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Si quieres conocer más sobre este periodo de migración francesa a México, consulta Algarabía 59.

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