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Marilyn Monroe: la estrella

Presentamos un ensayo que presenta una visión sobre la vida de la figura más emblemática del cine de Hoollywood, de mano de uno de sus más célebres biógrafos: Norman Mailer.1

Así que pensamos en Marilyn, quien era el affaire de cada hombre con Norteamérica; Marilyn Monroe, quien era rubia y hermosa y tenía una dulce vocecita menuda y la pulcritud de todos los patios traseros de ee.uu. Ella era nuestro ángel, el dulce ángel del sexo, y el azúcar del sexo brotaba de ella como una resonancia acústica en el grano más claro de un violín. A través de los cinco continentes, los hombres que sabían más sobre el amor la codiciaban, y los clásicos barritos del adolescente usando su primera bomba de gasolina bombearían también por ella, ya que Marilyn era liberación, un verdadero Stradivarius del sexo, tan hermosa, comprensiva, graciosa, dócil y delicada, que incluso el músico más mediocre podría relajar su falta de talento en la magia diluyente de este violín.

Ella daba la sensación de que si le hacías el amor, cómo podrías no volverte más fácilmente un adepto a las dulzuras y a la adquisición de las promesas completas de dulzuras futuras, transportarte a tersos cielos donde tu cuerpo sería renovado. Ella no reclamaría recompensas. Ella no era el sombrío contrato de esos apasionados abismos oscuros que hablan de sangre, de juramentos eternos, y de la enfurecida venganza si le eres infiel a la intensidad de la pasión; no, Marilyn sugería que el sexo podría ser difícil y peligroso con otros, pero con ella era como comer helado. Si tu sabor se fusionaba con su sabor, qué bello, qué dulce sería ese tierno sueño de los cuerpos que se comparten.

En su carrera temprana, en los tiempos de The Asphalt Jungle —Mientras la ciudad duerme—, cuando la inmanencia sexual de su rostro aparecía en la pantalla como un durazno brotando frente a tus ojos, Marilyn lucía como un nuevo amor, lista y expectante entre las sábanas, en el inesperado aliento fresco de una inusitada mañana erótica. Parecía como si hubiera salido, completamente vestida, de una caja de chocolates del día de San Valentín, tan deseable que podría llenar cada una de las letras de esa palabra favorita de la artillería de la publicidad; escultural, tan escultural y sin embargo sin la amenaza de convertir las puntas de tus dedos en diez felices merodeadores. El sexo era, sí, helado para ella. «Tómame», decía su sonrisa. «Soy fácil. Soy feliz. Soy un ángel del sexo, puedes apostarlo.»

Qué sacudida a los sueños de una nación cuando el ángel murió de una sobredosis. Si fue un calculado suicidio con barbitúricos, un suicidio accidental por haber perdido la cuenta de cuántos barbitúricos se había tomado, o un final incluso más siniestro, nadie pudo asegurarlo. Su muerte estuvo cubierta con ambigüedad incluso mientras la de Hemingway había explotado en horror, y mientras las muertes y los desastres espirituales de la década de los sesenta llegaban uno por uno a los reyes y reinas norteamericanos; «Jack» Kennedy era asesinado, y Bobby, y Marthin Luther King, Jackie Kennedy se casaba con Aristóteles Onassis y Ted Kennedy caía de un puente en Chappaquiddick. Así que la década que comenzó con Hemingway siendo el monarca del arte de los ee.uu., terminó con Andy Warhol como su regente y el fantasma de la muerte de Marilyn le dio un tono lavanda al dramático diseño de los sesenta, que parecía en retrospectiva no haber hecho mucho más que traer a Richard Nixon al umbral del poder imperialista. «El amor es una apuesta absurda», dijo el moribundo en el choque eléctrico, y comenzó esa larga década de los sesenta que terminó con la televisión viviendo como un gusano medidor en la panza estética del drogado vientre estadounidense.

Marilyn nunca estuvo hecha para la televisión. Ella prefería el teatro y esos cientos de cuerpos en la oscuridad, esas luces que deambulan en la pantalla cuando la luminosa vida de su rostro crecía a tres metros de altura. Era posible, ella sabía, que fuera mejor que nadie y que fuera el último de los mitos en prosperar en el largo atardecer del sueño estadounidense —había nacido, después de todo, el año en que Valentino murió, y sus huellas a la entrada del Teatro Chino de Grauman eran las únicas que se ajustaban a sus pies—. Ella fue una de las últimas aristócratas del cine y tal vez no hubiera querido ser examinada y luego ingerida en las vecinas dimensiones reduccionistas de la sala de estar estadounidense.

Su vientre, libre de fajas o cubiertas, sobresalía hacia adelante en un íntegro estómago de mujer, endemoniadamente inelegante, la confesión de un útero rebosante en semillas —ese vientre que nunca habría de tener un niño— y sus senos echaban brotes y flores carnales sobre las varias caras de los sudorosos espectadores.

No, ella pertenecía a la oculta iglesia del cine, y a los últimos aquelarres de Hollywood. Ella pudo haber sido tan modesta en su voz y tan suave en su piel como la chica de tus sueños, pero aun así desbordaba la realidad desde la pantalla. Incluso con la sombra de Eisenhower en los primeros años de la década de los cincuenta, ella prometía que venía un tiempo en el que el sexo sería fácil y dulce, una provisión democrática para todos. Ella era cornucopia. Ella suscitaba sueños de miel para el cuerno de la abundancia.
Y sin embargo ella era aún más. Ella era una presencia. Ella era ambigua. Ella era el ángel del sexo, y el ángel estaba en su desprendimiento. Porque ella era algo separado de lo que ofrecía. « Nadie más que Marilyn Monroe», escribió Diana Trilling:

«…podría insinuar semejante pureza en el deleite sexual. El arrojo con que podía pasearse y sin embargo no ser nunca vulgar, la rimbombancia y jactancia sexual que, sin embargo, exhalaba un aire de misterio e incluso reticencia; su voz, que llevaba matices tan maduros de excitación erótica, y no obstante era la voz de un niño tímido, estas complicaciones eran esenciales a su don. Y éstas describían a una joven mujer atrapada en alguna tierra fantástica de la candidez.»

¿O era acaso que detrás de ese don se escondía una delicada melancolía, sugerencia de otro estado de ánimo? En su máxima expresión, el eco de esta pequeña y perfecta creación llegó hasta el horizonte de nuestras mentes. La escuchamos hablar en esa vocecita tintineante como si fuera la campanita de la cena, que repicó mientras ella moría a través de toda la década de los sesenta que ella misma había ayudado a crear, con su promesa, su entusiasmo, sus fantasmas y su núcleo de tragedia.

Ella era también una estrella de cine del más obstinado hermetismo y de la más exuberante franqueza; de la más contradictoria arrogancia y un creciente complejo de inferioridad; una gran populista de los filósofos —ella adoraba a los trabajadores— y la más tiránica de los colegas; una reina castradora que lloraría en cualquier momento por un pececillo moribundo; una amante de los libros que nunca leía; y una orgullosa, inmaculada artista que se agacharía para la publicidad cuando el calor estaba sobre ella, más rápido que una prostituta podría codiciar un ansiado billete; una acelerada mujer de ingenio y energía sensible que podría colgarse por días como un perezoso en un coma de humor enlodado; un itinerante ciclón de belleza cuando estaba arreglada; un gigante y un sensible enano; una amante de la vida y una cobarde hiena de la muerte que se empapaba en estupores químicos; un horno sexual en el que el fuego rara vez se habría encendido —ella solía irse a la cama con el sostén puesto— ella era ciertamente mucho más y mucho menos que la hechicera plateada de todos nosotros.

En su ambición, tan parecida a la de Fausto, y en su ignorancia de las dimensiones de la cultura, en su liberación y en sus deseos tiránicos, en sus nobles anhelos democráticos íntimamente rebatidos por el creciente cúmulo de su narcicismo —al que cada amigo y esclavo debía sumergirse—, podemos ver el reflejo magnificado de nosotros mismos, nuestra exagerada y ahora todo, menos derrotada generación; sí, ella engendró su reconocimiento durante los cincuenta, y nos dejó un mensaje con su muerte: «Baby go boom». Ahora ella es el fantasma de los sesenta…

1. Tomado de One hundrer major modern writers: Essays for Composition. Eds. Robert Atwan y William Vesterman. Indianapolis: Bobs-Merril Educational Publishing, 1984. Traducción de Mariana Roa Oliva

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