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Lugares y objetos prohibidos

La mayoría de nosotros, si no es que todos, tenemos recuerdos de nuestra infancia en donde se nos prohibía entrar a algún lugar de la cosa o tocar algún objeto en específico.

Uno de los recuerdos que causan intriga de por vida es que, cuando éramos niños, en una gran cantidad de casas conocidas —incluidas, desde luego, algunas de las familiares, empezando por las de los abuelos— existían espacios y objetos prohibidos, o bien, restringidos, sin haber mediado jamás explicación alguna que nos ayudara a comprender por qué uno no podía siquiera acercarse a ellos.

El espacio a prohibir

Muchas veces, estos sitios y objetos se extendían incluso hacia —recordemos a Edward T. Hall— el espacio público, donde la búsqueda de explicaciones se volvía más complicada,
 ya que ahí los adultos difícilmente encontrarían cómplices para la omisión o para la verdad a medias. Si acaso —y no tanto para tratar de darnos una justificación, sino para que dejáramos de dar lata ante tanta impertinencia—,
 nos ofrecían unas respuestas las más de las veces poco convincentes o, de plano, inverosímiles.

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Desde luego, todo niño que no obtiene un esclarecimiento se lo busca o se lo inventa, hasta el punto de quedar plenamente convencido 
de que sus fantasiosas interpretaciones son irrebatibles y que no necesita ya que alguien mayor le cuente la verdad. Por ejemplo, yo llegué a inventarme —y a creer firmemente— que en la recámara de un tío, a la que desde luego el acceso estaba terminantemente prohibido, existía una especie de intrincada selva tropical en la que cohabitaba libremente todo género de peligrosos animales.

Entre los recuerdos que me vienen a la mente está cuando mi hermano Toño y yo acompañábamos a mi mamá a alguna de las tiendas departamentales de las que era visitante asidua: Sears de Ejército Nacional y el Palacio de Hierro
 de la calle de Durango, en la ciudad de México. Lo normal era permanecer a su lado durante toda la ruta: la sección
 de línea blanca, la de zapatería, electrodomésticos, crédito y, desde luego, la dulcería, donde casi siempre culminaba 
la visita.

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Éste era el itinerario tradicional, pero había un enigmático recorrido que incluía un: «Ustedes espérenme aquí y no vayan a ningún otro lado», indicación que, por
 lo general, seguíamos al pie de la letra. Después de algunos años de vivir con este enigma, entendimos que el «ustedes espérenme aquí» era señal inequívoca de que mi mamá tenía planeado incursionar en la sección de corsetería: territorio prohibido, con objetos prohibidos.

Hablo de esas lejanas épocas en las que una mirada y un sutil gesto materno eran un instructivo silente que abarcaba lo que un niño de hoy no entendería en tres cuartillas claramente redactadas; tiempo en que los ojos de nuestros padres eran más efectivos que el más sofisticado control remoto.

De la sección de corsetería me queda el vago recuerdo de las cajas en las que venían los artículos y la certeza de que cualquier artículo ahí exhibido en aquellos años —los 60— seguramente hoy sería ubicado en la categoría de «mata pasiones», o bien, en la de aparato ortopédico.

Cosas vemos, más abajo no sabemos

Otro enigmático objeto cuya explicación siempre fue nebulosa era el bidé —del francés bidet, «caballito», y de acuerdo con la rae: «recipiente ovalado, instalado en el cuarto de baño, que recibe el agua de un grifo y que sirve para el aseo de las partes pudendas»— que existía en uno de los baños de casa de mis abuelos paternos.

Un reconocimiento a detalle de dicha habitación permitía ubicarla
 en la categoría de lo que se llama un 
«baño completo», común y corriente, con un lavamanos,
 una tina con regadera, un excusado, toalleros, gabinete, botiquín, percheros empotrados en la pared, etcétera. Pero destacaba la presencia de un extraño objeto al que uno no le acababa de encontrar función: muy similar a un excusado, pero sin caja ni tapa; dicho objeto de porcelana blanca tenía en la parte posterior unas llaves, mismas que, por un estricto espíritu de investigación, abrí en repetidas ocasiones.

Hoy ya no me interesa investigar si algún visitante distraído, en vista de que el excusado quedaba medio escondido, utilizó el bidet para otra finalidad no relacionada con la higiene.

Sin comprender por qué, de la parte interior del mueble, desde una especie de surtidor que parecía algo así como la tapa cromada de un salero gigante, cada vez que abría alguna 
de esas llaves brotaba un singular chorro de agua. ¿Será 
un bebedero antiguo? Pero, ¿qué hace un bebedero en el baño? Al únicamente encontrar evasivas cuando buscaba 
una explicación, decidí que ese aparato era una especie de mingitorio averiado para el que no se encontraban ya ni refacciones ni plomeros capacitados.

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Sobra contar aquí que dicho mueble, durante muchos años, fue para mí y para mis primos un tema tabú: hablar de la higiene femenina no estaba dentro de la temática familiar. Desde luego, hoy ya no me interesa investigar si algún visitante distraído, en vista de que el excusado quedaba medio escondido, utilizó el bidet para otra finalidad no relacionada con la higiene.

En otras casas

Mi relación con los espacios y objetos prohibidos continuaría, luego, en las casas de mis amigos, donde, a diferencia de mi casa, no existía el derecho al libre tránsito. A temprana edad descubrí que en las casas existían zonas
 a las que uno no podía ni siquiera acercarse y, nada más ver la cara de aflicción del amigo en turno cuando notaba que nos aproximábamos imprudentemente a algún sitio prohibido, reprimíamos nuestra curiosidad. Para acrecentar la expectativa, eran esos mismos compañeros los que se encargaban de generar un ambiente que fusionaba ciencia ficción y misterio cuando, al entrar a sus casas, advertían: «Ese clóset no se debe abrir nunca», «A ese tapanco está prohibido subir», «A esa recámara sólo pueden entrar mi mamá o la tía Ifigenia».

Invariablemente, uno de los sitios prohibidos solía ser el comedor —por lo general de estilo Chippendale, Provenzal o «modernista», término que hasta la fecha sigo relacionando con el mal gusto y con los anuncios de las mueblerías de prestigio que patrocinaban ciertos programas de la televisión—, lugar al que solían entrar tan sólo para alguna ocasión de las calificadas —por la familia del amigo— como «elegante», cuando sacaban a relucir la vajilla «elegante», la cubertería «elegante», la mantelería «elegante», la cristalería «elegante» y cuando, seguramente, y para dicha ocasión, se disfrazarían de personas «elegantes», transformándose, así, en los actores involuntarios de uno de los anuncios de las mueblerías de prestigio.

Desde muy chico, y dadas estas experiencias, comencé a inferir que en toda casa en que las cosas se clasificaban con las categorías de «elegante» y «normal» —lo prohibido y lo permitido—, algo habría de anormal. Regla general era que en toda casa con comedor «elegante» existieran, también, otros espacios y objetos prohibidos.

Por ejemplo, era usual llegar por primera vez a casa de algún compañero y cometer el incalificable desatino de escoger para sentarse un sillón a todas luces convencional, pero que uno después ubicaba como especial al escuchar un aterrador grito admonitorio: «¡Ahí no! ¡Es el sillón de mi papá!». Ante esto, y confundido todavía por el grito, uno sospechaba que, en esa particular casa, habría objetos propiedad de la mamá y objetos propiedad del papá, en una suerte de extraña categorización arqueológica, o que, quizá, la «separación de bienes» no era una modalidad del matrimonio civil, sino una normativa que en algunos hogares aplicaba de manera tajante. Después, uno iba descubriendo que había un sillón del abuelo, uno de la abuela, el del tío... y que la mejor opción para sentarse era el piso, toda vez que para éste no se especificaba propietario y se podía reclamar como territorio libre.

Otra cosa que nunca me quedó clara fue que la mamá del amigo que nos invitaba a su casa a hacer la tarea, lo reconviniera con que no nos secáramos las manos «con las toallas de las visitas», con lo que uno entonces ya no entendía cuál era su categoría temporal en dicha casa o en calidad de qué había llegado, al no ser calificado como «visita».

Acto por demás reprobable y sacrílego era pisar la alfombra de la sala —en
 ese entonces, el color «hueso»
 era muy socorrido—. Este simple hecho —y, otra vez, sin mediar
 explicación— bastaba para quedar
 vetado y anotado en la lista de los amigos
 que «no se saben comportar», categoría
 apenas ligeramente superior a la de «los
 pelados». Inaceptable para mí era la
 majadera advertencia realizada por la propietaria de la casa: «No quiero que me dejen patas en la alfombra», porque entonces yo me veía obligado a reprimir un: «Patas tendrá usted, vieja méndiga», y el veto me lo imponía yo mismo, prometiéndome jamás regresar al sitio de tan vergonzosa afrenta.

Ejemplo contundente de «objeto prohibido» en casa de 
los amigos era un disco de Sarita Montiel, en cuya portada esta mujer, que tuvo fama de ser despampanante y a la que —según afirmaba mi papá— sólo Ava Gardner superaba en belleza, mostraba un escandaloso escote.

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La mamá de mis amigos, queriendo apartarlos de lo indecente y pecaminoso, decidió ser creativa y modificar la portada elaborando 
un artístico y recatado moño que incorporó a la portada con cinta scotch. Desde luego, lo primero que uno hacía
 al encontrar el disco era levantar el moño para descubrir que Sarita Montiel, guapísima manchega, era todavía más atractiva de lo que nos habían platicado y que, por lo tanto, Ava Gardner tendría que ser de otro planeta.

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Texto publicado en Algarabía 41. En esa edición también encontrarás textos sobre la piñata, la cruz, las lenguas amenazadas, entre otros.

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