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Los pecados del plástico

Si le preguntáramos a la gente cuál cree que es el invento del siglo XX que ha tenido el mayor impacto en nuestras vidas, algunas de las respuestas instantáneas serían el teléfono celular o la computadora. No muchos pensarían en ese pequeño pedazo rectangular de plástico que llevan dentro de la cartera. Y sin embargo, desde su surgimiento en la década de los años 50, las tarjetas de crédito han sido parte importante de la vida moderna.

Por primera vez en la historia, el crédito bancario ya no es exclusivo de las élites, y —quizá debido a ello— muchos problemas religiosos y éticos acerca del uso y abuso del dinero han renacido de a cara a este símbolo de la libertad económica de millones —desde el punto de vista de algunos—, y de acuerdo a otros, del triunfo de la cultura consumista anglosajona.

La tarjeta de crédito moderna es una creación estadounidense. Después de la ii Guerra Mundial, se eliminaron las restricciones en los préstamos bancarios y comenzó el verdadero auge de los créditos. En 1958 apareció la primera tarjeta de crédito expendida por el BankAmericard, banco antecesor de Visa, y fue la primera tarjeta hecha de plástico y que fue aceptada en un gran número de establecimientos. Pero no fue sino hasta los años 90 que las tarjetas se hicieron auténticamente globales.

Desde que existe la tarjeta de crédito, el dinero se ha vuelto más parecido a una serie de números en recibos y estados de cuenta que a las monedas contantes y sonantes. Es probable que ninguno de nosotros vea jamás el fruto de sus ahorros en dinero en efectivo: las tarjetas bancarias nos enfrentan a diario con el hecho de que el dinero ha perdido su materialidad. Ese dinero puede ser usado de forma instantánea en cualquier lugar del mundo, y por ello, este nuevo dinero es supranacional, y parece haber conquistado al mundo.

Los créditos permiten que las personas gasten sin haber ahorrado antes, una oportunidad que acarrea muchos riesgos. Es por ello que algunos moralistas las tachan no sólo de peligrosas, sino de pecaminosas. Todas las religiones abrahámicas se han preocupado por los males sociales ocasionados por la usura, es decir, el préstamo con intereses, que en muchos casos puede resultar en una deuda impagable o la quiebra. Tanto en la Biblia como en el Corán hay prohibiciones explícitas a la usura.

Como resultado, el cristianismo, el judaísmo y el Islam se han preocupado por la ética de los sistemas financieros modernos, pues ahora hay una separación entre el dinero y los bienes, lo mismo que entre el dinero y el esfuerzo. Una manifestación reciente de este dilema es el surgimiento de un banco islámico que ofrece servicios consistentes con sus creencias religiosas en más de 60 países. Este producto es, desde luego, el resultado del crecimiento de la importancia económica del Medio Oriente. Uno de los hechos más sorprendentes de los primeros años del siglo xxi es el regreso de la religión en el escenario político y económico en muchos lugares del mundo. Las tarjetas de crédito consistentes con el Islam son un pequeño pero significativo elemento de un fenómeno global creciente.


Neil McGregor ha sido Director del British Museum desde el 2002.


Este artículo fue tomado del libro A History of the World in 100 Objects, Londres: The British Museum, 2010. Trad. Ingrid Constant Saavedra.

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