Los juegos de mesa en México – Algarabía
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Los juegos de mesa en México

¿Cómo llegaron los juegos de mesa a México? Aquí te contamos el origen de juegos de azar como la lotería, el juego de la oca y serpientes

¿A ti no te gustaban las reuniones con los primos o los amigos en las que se jugaba turista, damas, dominó o maratón? Todos esos juegos nos hacían pasar ratos de entretenimiento mientras se estrechaban nuestras relaciones. El asunto era pasar el rato, ya fuera en un momento de ocio o en una reunión familiar.

Los juegos de mesa —que son los que tienen un tablero, fichas y, a veces, dados—, hasta hace poco muy populares, son la condensación portátil de lo que para el hombre significa jugar. Lúdicamente nos probamos con ellos ante 
el destino, apostamos a triunfar o a soportar la derrota.


Los niños aprenden reglas y valores mientras los adultos se recrean y se abstraen de sus problemas. ¿Cómo olvidar la oca, las serpientes y escaleras, la lotería, que solían venderse en un solo paquete? Estos juegos han cedido su lugar a las modernas consolas y videojuegos, pero aun así resultan muy entretenidos e interesantes, especialmente cuando uno se entera de su historia.

En el principio era el juego…

Antes de la llegada de los españoles, el juego ocupaba una parte primordial en la cosmogonía de los habitantes de Mesoamérica; era parte consustancial al hombre, quien a través de él se equiparaba a los dioses y los probaba. Sabemos que practicaban de forma ritual el juego de pelota y lo trascendental que resultaba para ellos, pero existía otro juego que los mexicas adoraban —literalmente—: el patolli, que se jugaba en una especie de tablero hecho de petate marcado en forma de cruz con hule derretido o alguna otra hierba sagrada; se jugaba con frijoles a manera de dados, así que se trataba
 de un juego de azar.

El tablero tenía 52 casillas, que era el número de años que conformaban un ciclo del calendario azteca, y su dios era Macuilxóchitl, a quien le brindaban ofrendas antes de cada juego, al igual que a las piezas con las que jugaban. Pero este juego no sólo se quedaba en el aspecto sagrado, pues los mexicas apostaban grandes cantidades de objetos valiosos: cuentas de oro, magueyales, mantas, plumas y hasta su propia persona, por lo que, en caso de perder, se convertían en esclavos de quien ganaba la apuesta.

En Mesoamérica se jugaba un juego de mesa llamado patolli, cuyo dios era Macuilxóchitl.

Después de la conquista, el gusto y la fascinación de los españoles por tentar a la fortuna se mezcló con la concepción sagrada del juego de los aztecas, de lo que resultó una sociedad que enloquecía por el juego. Cientos de ordenanzas y leyes que prohibían los juegos de apuestas se levantaban una y otra vez, pero en la realidad se hacía caso omiso de ellas, y en ferias, casas y calles, de manera clandestina o a plena luz, se jugaba y se apostaba todo el tiempo. La Iglesia no veía con buenos ojos el «vicio» del juego, pero hasta en los conventos las apuestas se redoblaban. Entre los juegos
 de mesa preferidos por los novohispanos se encontraban los naipes y dados, y también la oca, las serpientes y las escaleras y la lotería.

«De oca en oca y tiro porque me toca»

La oca era un juego muy popular en la Edad Media y los españoles lo trajeron a la Nueva España. Se cree que es muy antiguo: una leyenda dice que se creó en la época de la guerra de Troya,1 Esta idea se sustenta en el hallazgo del disco de Festos, encontrado en la isla de Creta.

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Se desconoce su uso, pero la secuencia de inscripciones distribuidas en espiral hace pensar que se trata de una versión antigua del juego. aunque también se dice que fue creado por la orden de los templarios y que con él se adiestraba a los peregrinos acerca de los peligros que habrían de enfrentar en el camino a Santiago.

Un punto clave de este trayecto fue el pueblo de Villafranca Montes de Oca, famoso por los bandidos y peligros que tenían que enfrentar los que se dirigían al santuario, y que parece un referente de este juego.

La oca sigue siendo tan popular que generó un programa de concursos en la televisión española.

En realidad, no se sabe con certeza quién lo inventó, pero
 sí que Francisco i de Médici, gobernador de Florencia, se lo regaló al poderoso rey de España Felipe ii, y que el dominio de éste sobre Portugal, Sicilia, Cerdeña, Nápoles, Milán, Borgoña, los Países Bajos y las colonias españolas de América, contribuyó en mucho a su popularización en la mitad del mundo conocido.

La versión del juego que conocemos consiste en un tablero con 63 casillas distribuidas en forma de espiral, varias de las cuales tienen dibujada una oca. Se juega con uno o dos dados y, cuando éstos marcan que uno debe avanzar hasta una de las casillas con oca, uno salta o «vuela» hasta la siguiente, y entonces se puede volver a tirar al tiempo que se dice «de oca en oca y tiro porque me toca».

La oca tradicional refleja todavía el mundo medieval de castillos, calabozos y posadas, aunque el tablero con el que se juega en nuestro país —y que aún es posible adquirir en algunos mercados, tianguis o en el metro— incluye ilustraciones muy mexicanas: el jarabe tapatío, la china poblana, una chinampa, escenas taurinas, una pirámide prehispánica o un charro.

Serpientes y escaleras

Seguramente has jugado alguna vez serpientes y escaleras, ese tablero con muchas casillas —el tradicional tiene cien— y con dibujos que permiten subir a través de
 las escaleras, si se cae en una actividad «loable», o bajar por una serpiente, si uno cae en la representación de un acto reprobable. Es el azar, otra vez, el que determina quién gana, porque también se juega con dados.

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Este juego, de origen hindú, se llamaba moksha-patamu y pretendía instruir sobre la religión brahmánica: los actos virtuosos, en los que se recargaban las escaleras, acortaban la sucesión de reencarnaciones, acercando al jugador a la perfección, mientras que los vicios y los malos actos conducían al deterioro y a reencarnaciones en animales cada vez más viles.

Las virtudes que se encontraban representadas y que permitían el ascenso eran la fe (casilla 12), la confianza (51), la generosidad (57), la sabiduría (76) y el ascetismo (78). En cambio, los cuadros que representaban la maldad eran más abundantes —como las tentaciones mundanas—: la desobediencia (41), la vanidad (44), la vulgaridad 
(49), el robo (52), la mentira (58), la ebriedad (62), el endeudamiento (69), el asesinato (73), la ira (84), la avaricia (92), la soberbia (95) y la lujuria (99); éstos hacían que uno descendiera a través de una serpiente y eso significaba alejarse de la meta.

El que le cantó a san Pedro… ¡Lotería!

El juego de la lotería es también de origen europeo. Se jugaba en los salones de Francia e Italia y de ahí pasó a España y luego a México en el siglo xviii. Aquí se hizo popular en las ferias y había de dos tipos: de números y de figuras.

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Como había muchas personas que no sabían leer, se prefería el de imágenes, y para que la gente se acercara a jugar se «cantaban» las cartas que iban saliendo: «El que le cantó a San Pedro no le volverá a cantar… el gallo»; «La dama puliendo el paso por toda la calle real»; «Don Catrín de 
la Fachenda su bastón quería tirar»; «Para subir a la gloria… la escalera»; «La herramienta del borracho… la botella»; «Tanto bebió el albañil, que quedó como barril»; «¿Por qué le corres, cobarde, trayendo tan buen puñal?… el valiente»; «Verde, blanca y colorada, la bandera del soldado»; «Creciendo se fue hasta el cielo y como no fue violón, tuvo que ser violonchelo»; «Atarántamela a palos, no me la dejes llegar… la araña»; «El que por la boca muere…
el pescado», y todas las demás cartas hasta completar 54.

A los participantes se les daba una planilla donde podían estar reproducidas nueve o 16 de estas figuras, y ganaba quien primero tuviera todas las cartas que se iban cantando y que, además, no se descuidara y no dejara pasar una que sí tuviera. Por eso tenía que apresurarse y gritar primero: «¡Lotería!».

Si quieres conocer más sobre el origen de los juegos de mesa en México, consulta Algarabía 54 y 55.

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