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Leyendas de México

Muertos que regresan del más allá, fantasmas, demonios, mujeres hermosas y almas en pena, aparecidos en calles, casas y callejones de ciudades coloniales como Guanajuato, Morelia, Puebla, la Ciudad de México y sus barrios —Coyoacán, Tlalpan, San Ángel, Azcapotzalco, etcétera— son los personajes y los escenarios de las leyendas de la colonia y algunas previas a ésta.

Les presentamos tres leyendas clásicas de México, que seguro ya conocen o que seguramente han oído nombrar.

La Llorona

Ésta es la más famosa leyenda mexicana. Existen varias versiones, pero la más popular relata que, a mediados del siglo XVI, los habitantes de la ciudad de México se refugiaban por las noches en sus hogares, pues afirmaban que oían los lamentos de una mujer que andaba por las calles de la antigua Tenochtitlan —de ahí su nombre, «La Llorona».

Otras versiones dicen que la leyenda es de origen mexica y que, cercano el tiempo de la Conquista, la diosa Cihuacoatl, vestida con ropas de cortesana precolombina, gritaba: «¡Oh, hijos míos! ¿Dónde os llevaré para que no os acabéis de perder?», y auguraba los eventos terribles que vendrían.

Un relato distinto cuenta la tragedia de una mujer codiciosa que, al quedar viuda, pierde su riqueza y, como no soporta la miseria, ahoga a sus hijos y, después, muere, por lo que es condenada a regresar del más allá a penar por sus crímenes. Una versión más cuenta que esa mujer había sido asesinada
por su marido y se aparecía para lamentar su muerte y proclamar su inocencia.

¿Usted cuál versión conocía?

El Callejón del Beso

Esta romántica leyenda cuenta que en las sinuosas calles de Guanajuato, doña
Carmen era cortejada por un apuesto joven de nombre Luis. Al ser descubiertos por su padre —un hombre intransigente y violento—, la amenazó con enviarla a un convento y casarla en España con un anciano de la nobleza. El astuto enamorado decidió comprar a precio de oro la casa situada frente a la de su amada, pues, gracias a la angostura del callejón, podrían hablar desde ahí y juntos resolver el problema.

Apenas unos minutos habían transcurrido del primer encuentro amoroso, cuando apareció el padre de doña Carmen con una daga en la mano, que clavó de un solo golpe en el pecho de su hija. La mano de la joven seguía entre las de su enamorado, pero cada vez más fría. Ante lo inevitable, don Luis dejó un beso sobre aquella mano pálida, ya sin vida. Desde entonces, la calle es el famoso e inconfundible Callejón del Beso.

El Señor del Veneno

Leyendas como ésta —casi todas sucedidas en el siglo XVI— son muy peculiares y de tradición popular. En la que nos ocupa se afirma que don Fermín de Anduela, un hombre rico y muy estimado por la gente, diariamente iba a misa a rezarle a un gran crucifijo, le besaba los pies y depositaba
unas monedas de oro en el plato petitorio. Según los rumores, otro adinerado señor, Ismael Treviño, envidiaba profundamente a don Fermín. Por ello lo envenenó con una sustancia de efecto paulatino que incorporó a un pastel de hojaldre, el cual le había hecho llegar con el embuste de que era un obsequio de un concejal amigo suyo. Al día siguiente, estando en la iglesia, don Fermín le rezó al crucifijo como de costumbre y, al besar sus pies, éste se ennegreció rápidamente, absorbiendo todo el veneno. Ese Cristo negro se consumió en un fuego espontáneo y fue reemplazado por otro que ahora está en la Catedral de la ciudad de México.

Más leyendas mexicanas en “¡Ay, mis hiiijos!” por Pilar Sicilia y Sicilia en Algarabía 41, pp. 30-35.


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