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Las universidades

Los universitarios: su sola mención —que hace 40 años causaba escozor en la sociedad mexicana más conservadora— es hoy casi un sinónimo de hormonas, mezclilla, inconsciencia juvenil, playeras, libros, exámenes, y —no nos hagamos— diversión lubricada por la fresca y abundante ingesta de alcohol que, de vez en cuando, degenera en violencia. ¿Y cómo no va a ser así, si las universidades se gestaron al calor de una pelea de cantina?

Finales del siglo viii. Carlomagno ocupa la silla imperial; desde esa altura, y aconsejado por Alcuino de York, impulsa el renacimiento carolingio: se estandariza el latín como lengua universal, y se establecen centros de enseñanza de las «artes liberales»,1 divididas en el Trivium —gramática, retórica y lógica— y el Quadrivium —aritmética, geometría, astronomía y música.2

Estos centros educativos estaban adheridos a las catedrales y monasterios católicos —y, desde luego, a sus bibliotecas— y gracias a la protección de la Iglesia, sobrevivieron a la muerte de Carlomagno y a la posterior fractura del imperio carolingio. El propósito esencial de esas escuelas catedralicias era la educación del clero, y en ellas se preservó, transmitió y generó gran parte del conocimiento matemático, astronómico y filosófico de la Europa medieval.

París y el Barrio latino

En 1079, además de su famosa bula Libertas ecclesiae —que establecía que el papado no debía someterse al imperio y al poder laico—, el papa Gregorio vii decretó que todas las catedrales y monasterios debían establecer escuelas para la formación de los sacerdotes. El resultado fue una gran expansión de la enseñanza, y los lugares donde existía mayor concentración de monasterios se convirtieron en «centros de educación». Uno de estos centros era la ciudad de París.

Para principios del siglo xi, el corazón de París lo conformaban el palacio real —situado en Île de la Cité— y la catedral de Notre Dame que hospedaban a los depositarios del poder secular y eclesiástico, el preboste y el canciller, respectivamente. A la vera de la catedral existía una escuela que atraía a un importante número de estudiantes que, junto con los catedráticos, se alojaban en los edificios próximos a Notre Dame. Además, en la ribera izquierda —la rive gauche— del Sena existían diversos monasterios, cada uno con su propia escuela: Sainte-Geneviève de París, Saint-Germain-des- Prés y Saint-Victor de París.

Cada una de estas escuelas tenía un director y varios maestros que solicitaban el rango de profesores y se integraban a la Facultad de cada institución. Los cursos consistían en lecturas de un texto generalmente aceptado como algo que debía aprenderse, de suerte que los estudiantes debían copiar el texto y, en la marginalia, anotar las explicaciones que el profesor daba sobre el mismo. Cuando el estudiante se sentía listo, podía presentarse ante el canciller para ser examinado; si aprobaba, se le otorgaba un diploma, o sea un documento oficial que le permitía predicar o enseñar en la diócesis de París.

Los estudiantes podían inscribirse a una o varias lecturas en cualquiera de las escuelas de París, así que con frecuencia rentaban cuartos en sus inmediaciones; de igual modo, los profesores rentaban salones para impartir sus lecturas. Con el tiempo, esa zona de París empezó a ser conocida como el Quartier latin o «barrio latino», porque la única lengua común para la gente que ahí enseñaba y estudiaba era el latín, tal como lo había prefigurado Carlomagno.

La universitas

Durante el siglo xii hubo una efervescente actividad intelectual en el barrio latino de París. Los príncipes y la Iglesia solicitaban abogados y administradores eficaces, capaces de argumentar e interpretar las leyes, de modo que los métodos pedagógicos empezaron a cambiar: el debate reemplazaba a la lectura como método de enseñanza, y la enseñanza de las artes liberales comenzó un declive en aras de la enseñanza técnica y profesional.

En el Derecho Romano, un collegium era una entidad con capacidad jurídica; aquellos dedicados al menester intelectual se denominaban studium o universitas.

El profesor en historia medieval Lynn Harry Nelson afirma que las universidades nacieron un día en el otoño del año 1200: un estudiante alemán daba una fiesta para sus amigos en su cuarto y, al verse corto de bebidas, envió a su sirviente —un niño de diez años— a la taberna por una jarra de vino. El tabernero dio al sirviente vino echado a perder, y cuando éste se quejó, el hombre y algunos parroquianos golpearon al chico y lo echaron a la calle, con su jarra rota.

Cuando el sirviente reportó el incidente a su amo, el estudiante y sus amigos bajaron a la taberna y golpearon duramente al tabernero y a los parroquianos, llevándose una jarra de vino decente antes de dejar el lugar. El dueño de la taberna interpuso una queja ante el preboste y exigió que se castigara a los estudiantes; en respuesta, el preboste y sus hombres sitiaron las calles del barrio latino, e irrumpieron en los salones y los cuartos en busca del estudiante alemán. Los profesores y estudiantes, irritados por este abuso, cerraron filas y se enfrentaron a los invasores, quienes finalmente se retiraron.

El resultado de la trifulca fue de cinco estudiantes muertos, incluyendo al joven alemán que empezó todo el asunto, y que era nada más y nada menos que el príncipe-obispo de Lieja —hoy territorio belga. Como el canciller se rehusó a apoyar a los estudiantes, éstos montaron barricadas en torno al barrio latino y, organizados en un sindicato o Universitas —como le llamaban, en latín, a su corporación desde 1503— que incluía a maestros y estudiantes, al día siguiente enviaron a un grupo de representantes ante el rey Felipe ii de Francia, quienes se anunciaron como los voceros de L'universitas magistrorum et scholarium Parisiensis —Universidad de Maestros y Estudiantes de París—. Demandaban una serie de derechos corporativos, privilegios y protección del rey.

Ante la primera negativa del monarca, los voceros amenazaron con abandonar la ciudad e irse con sus cátedras a otro lado. El rey sabía que si eso sucedía, la capital francesa perdería mucho de su atractivo, además de una importante fuente de impuestos e ingresos que provenían de las familias europeas que enviaban a sus hijos a estudiar a París. Así que accedió a proteger a la Universitas, otorgándoles derechos eclesiásticos y civiles.

La Universidad de París fue reconocida por el papa Inocencio iii —que había estudiado en París— en 1215 mediante una bula que le otorgaba licencia para enseñar teología, derecho eclesiástico, medicina y las artes liberales; en 1231, el papa Gregorio ix reconoció jurídica y académicamente su sentido sociológico corporativo. En 1261, la Universidad de París aparecería por primera vez en la historia como nombre concreto en la expresión Universitas Parisiensis.

Éste sería sólo el inicio de las largas batallas que los universitarios —desde aquel lejano siglo xiii— han peleado por su derecho a enseñar y aprender, por su autonomía; por su derecho a elegir libremente a sus directores, profesores, estudiantes y planes de estudio.

Queda abierta la pregunta de cómo las universidades abandonaron el seno del catolicismo y se hicieron laicas. Pero por hoy baste saber lo que un grupo de estudiantes furiosos y organizados puede hacer por una jarra de vino; allá usted si se interpone en su camino.


1. Llamadas así desde la Antigüedad clásica, en alusión a su ejercicio por hombres libres, a diferencia de las «artes serviles».
2. v. «La Edad Media», en A través del tiempo. La historia año por año, México: Editorial Lectorum y Editorial Otras Inquisiciones, 2010; pp. 53-76.
3. Según algunas fuentes, este año corresponde a la fundación de la Universidad de París. Siguiendo este mismo criterio, las universidades de Parma y Bolonia serían más antiguas que la parisina, pero mientras éstas eran un conjunto de facultades, la de París fue la primera en recibir el nombre oficial de Universidad. v. Algarabía 74, noviembre 2010, top 10: «Las universidades más antiguas»; p. 114.


Francisco Masse es un orgulloso egresado de la Universidad Autónoma Metropolitana —UAM—, unidad Azcapotzalco. Declara sentirse muy agradecido con su Alma mater, cuya formación liberal —en el sentido clásico— le permitió trascender la técnica, levantar la vista del monitor de su Mac y dialogar con el mundo en términos más universales.

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