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La siesta

Cuando nos entregamos a ese sueñecillo vespertino que suele invadirnos después de la comida decimos que nos echamos una siestecita. Esta pestañeada diurna, desde antiguo, ha sido llamada siesta. Vamos a descubrir cómo el origen de este vocablo se entreteje con el viejo afán humano de medir el tiempo.

De la antigua cultura de los babilonios heredamos el día de 24 horas, rasgo que habría de extenderse a otras culturas de diferentes tiempos y lugares. Por no ser la excepción, el pueblo hebreo adoptó también esta división del día y creó, desde tiempos anteriores a Cristo, la práctica de orar en horarios establecidos.

Después, la Iglesia cristiana tomó esta tradición y, poco a poco, la fue formalizando, hasta que, en el siglo vi, nacieron las llamadas «horas canónicas». En estas horas, las campanas de las iglesias repicaban para que los fieles hicieran la oración correspondiente. Los nombres de estos repiques de campana fueron tomados de antiguas denominaciones romanas.

Empezaban con los maitines, que se tocaban en la madrugada, y cuyo nombre viene del latín matutinus, «relativo a la mañana»; los laudes, «alabanzas», se tocaban entre las 5 y 7 de la mañana; la prima se llamó así porque para los romanos era la primera hora del día, y se tocaba cerca de las 7 de la mañana.

La tercia se tocaba a las 9 de la mañana; y la sexta, al mediodía. La nona correspondía a las 3 de la tarde, y las vísperas —del latín vesper, que significa «al atardecer»— se tocaban al caer el sol. Por último, las completas se tocaban ya avanzada la noche.

Al no haber relojes, las horas canónicas llegaron a convertirse, durante siglos, en todo un sistema para la programación de las actividades de los pueblos medievales. Su larga permanencia dejó huellas en el lenguaje; por ejemplo, en el inglés, afternoon, que es la «tarde», y cuyo significado literal —after + noon— es «después de la nona».

En español usamos vísperas para referirnos al tiempo que antecede a un evento, y «la hora sexta», en pleno mediodía, cuando el calor era más intenso y el ambiente se llenaba de sueño.

A esa hora quedó la costumbre de dormir; por eso, de «dormir la sexta» quedó que ahora digamos «dormir la siesta».

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