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La nostalgia viaja en tranvía

Recordar a los tranvías en nuestra ciudad de hoy invariablemente evoca nostalgia. Tal vez nosotros no, pero nuestros padres o abuelas todavía tomaban «el eléctrico». El tranvía nos recuerda una ciudad que era más tranquila y transparente, menos congestionada, cercana a la naturaleza como en la película La ilusión viaja en tranvía de Luis Buñuel (1953).

Intentemos ver al tranvía a través de la historia para darnos cuenta de que nuestra nostalgia forma sólo una parte de la realidad de este vehículo en vías. El 15 de enero de 1900, un tranvía eléctrico circuló por primera vez entre el Zócalo y Tacubaya, a las afueras de la ciudad. En un tiempo en que los trenes eran tirados por mulas, el tranvía fue recibido como una maravillosa innovación: operado por la mágica fuerza de la electricidad, parecía traer el progreso a la Ciudad de México.

Al ser el tranvía el único medio de transporte disponible, todos los residentes de la urbe recurrieron a él. Así, el carro ficticio «buñuelesco» fue verdaderamente un transporte público, representativo de todos los estratos sociales. ¿Pero es realmente esta ciudad «buñuelesca» más tranquila y civilizada, comparada a la de hoy? En horas pico, había dentro del carro «amontonamientos» que sólo la pluma de Gutiérrez Nájera puede trasformar en algo poético: «Los asientos [en el tren de primera clase] se toman por asalto y se necesita que intervenga la policía para moderar el entusiasmo de los viajeros. […] El cobrador sacude su sombrero —mojado de la lluvia— y un benéfico rocío baña la cara de los circunstantes, como si hubiera atravesado por en medio del wagón [sic] un sacerdote repartiendo bendiciones e hisopazos». 1 Manuel Gutiérrez Nájera, La novela del tranvía y otros cuentos, México: F. C. E., 1984. Los pasajeros, «sobre todo, las señoras» se quejan del «trato soez y descomedido» que reciben de los conductores de los trenes: a los que «no llevar suelto el importe del pasaje» los llega «a insultar». 2 Todas las citas no identificadas provienen de varios periódicos capitalinos de los años 1873 a 1930 como El Monitor Republicano, El Imparcial, El Universal, El Siglo XIX y Excélsior.

Aquí un fragmento de La ilusión viaja en tranvía de Luis Buñuel (1953).

El interior de los tranvías también se vuelve escenario de una patología social que nos resultará más que familiar en el siglo xxi. En 1895, «el Sr. Augusto Villaseñor, al bajarse del wagón en la Garita de Peralvillo fue asaltado por tres bandidos que, exigiéndole el dinero que llevaba, lo agredieron puñal en mano». A veces las víctimas no se quedaban inertes: cuando un «rata» intentó robar el reloj de una señora, «lo descubrió la interesada y como es recia de carnes, también tiene el alma de temple y le ha propinado al ladrón como tres o cuatro tremendas bofetadas». Un siglo después, nos enteramos de estos incidentes y nos reímos, pero ¿qué pasa con nuestra idea nostálgica del tranvía?

Para los usuarios de comienzos del siglo xx, el tranvía representaba una máquina destructiva, capaz de atropellar, lesionar, despedazar, triturar o atravesar cualquier parte del cuerpo humano; es «la guillotina eventual», en las palabras de Salvador Novo. 3 Salvador Novo, Nueva grandeza mexicana. Ensayo sobre la ciudad de México y sus alrededores, México: Editora de Periódicos S. C. L., 1956 Fue en los años 20 cuando una nueva amenaza vehicular llegó a hacerle competencia en la imaginación morbosa del público: los camiones. Éstos no eran otra cosa que Fords modelo T que pasaban «como ráfagas por las avenidas de la urbe […] como exhalaciones, barriendo huracanadamente las calles estáticas, abriéndose paso de manera triunfadora». En comparación, «los tranvías —escribe Novo— resultan tan lentos que ni los suicidas los prefieren». 4 Idem. ¿Estará el autor hablando ya con algo de nostalgia?

Al final, parece que fue la naturaleza la que le dio la puñalada mortal: el terremoto de 1985 destruyó el taller de mantenimiento en el que se encontraban carros de trenes destinados a ser remodelados y vueltos a la circulación.

No obstante, sea como sea la historia verdadera, mantengamos una visión del tranvía como emblema de una ciudad perdida, porque sólo por medio de la imaginación de un pasado mejor podemos hallar la visión de un futuro mejor. Y esto se aplica al transporte y a toda la ciudad en que vivimos.

Más sobre tranvías en Algarabía 15.

Georg Leidenberger es profesor e investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco y da cursos en otras instituciones, como la UIA. Desde que hacía sus tareas de la prepa en el tranvía de Colonia, Alemania, ha trabajado y publicado sobre la historia del transporte público. Ahora suele preparar sus clases en el metro de la Ciudad de México. El autor agradece a Grisel Lemus por su trabajo de investigación, indispensable para la redacción de este artículo.

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