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La mejor calle de Londres: Piccadilly

Francis Watt (1849-1927) fue un escritor, abogado y editor amigo de Robert Louis Stevenson que, además de varios libros, contribuyó regularmente a la prensa con numerosísimos artículos. Agudo observador y amante de la historia, publicó en la prensa este breve texto sobre Picadilly.

¿Hay algún hombre vivo que no haya oído hablar de Piccadilly? Probablemente muchos, incluso en el mismo Londres, pues el abismo de la ignorancia humana es insondable a pesar del auge de los internados. Pero todos los que importan conocen su Piccadilly para mejor o para peor, y sólo el deseo de mantener una mínima simetría me impulsa a empezar con unas palabras de desnuda descripción geográfica.

Piccadilly es una calle del West End de Londres, que va de este a oeste con una considerable curva en el centro. En tiempos prehistóricos debió ser (imagino) una agradable colina verde a cuyos pies había un lago rodeado de prados. «Limita», como dicen los libros de texto hoy en día, al norte con Mayfair, al sur con St. James y Green Park, al este con Piccadilly Circus y, al oeste, con Hyde Park Corner.

Piccadilly Circus es la plaza más importante del West End de Londres. Fue diseñada en 1819 y se encuentra junto al Barrio de los Teatros, el Soho y el Barrio Chino.

Es una típica calle de Londres, de la mejor clase, aunque del estilo antiguo. En lugar de la regularidad que uno observa en un bulevar de París, Piccadilly presenta una confusión admirada, un desorden pintoresco. Las casas son de todos los tamaños y de todo tipo de arquitectura. Burlington House podría ser un palacio; Apsley House, la mansión Rothschild y edificios similares son residencias dignas de la alta nobleza.

Hay lujosísimos clubes privados de los cuales puede servir de ejemplo el Junior Atheneum. ¿Y en el otro extremo? Hay varios casos —los números 174 y 175, sin ir más lejos— de esas estrechas y extrañas casas de dos pisos que tanto abudan en nuestras ciudades de provincias. «La casa de un inglés en su castillo». ¡Qué extraña influencia ha ejercido esa máxima casi legal sobre la arquitectura inglesa!

Un castillo debe estar contenido en sí mismo, de modo que nuestros pobres prefieren vivir en casas minúsculas, pero que son suyas, a ocupar unos aposentos en alguna espaciosa mansión, como sus equivalentes hacen en Francia e incluso en Escocia.

En el Londres moderno ese sentimiento está desapareciendo, gracias a lo cual es posible contemplar junto a la pintoresca casita de ladrillo de hace uno o dos siglos, una nueva estructura que busca los cielos con un atrevimiento que rivaliza con las torres de la ciudad antigua de Edinburgo y que rivaliza con cualquier otra en el número y variedad de sus inquilinos. De las tiendas hablaré en un momento. Hay una iglesia, San Jaime, con una fachada muy extraña. Es una de las que hizo Wren y lo cierto es que es más bella por dentro que por fuera. Los lugares de entretenimiento —desde los preciosos hotales a los plebeyos pero no menos pubs— los menciono sólo de pasada.

Al parecer, el nombre «Piccadilly» proviene de las sastrerías presentes en esa zona, en las cuales se vendían piccadills —también llamados picadils o pickadils—, que son cuellos de encaje muy usados en el siglo xvii.

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¿Y la arquitectura? Se ha exigido tributo a todos los estilos. Tebsa y Atenas están por igual representadas. Los arquitectos están en duda con los godos y los griegos. No han rehusado recurrir al Renacimiento ni al estilo Reina Ana, pero la tendencia es siempre hacia mayor tamaño y magnificencia. El siglo encontró a Piccadilly hecho de ladrillos y lo deja hecho de mármol.

La diversidad se manifiesta de otra forma: los edficios ostentan una excelente individualidad inglesa. Se encuentran con la calle en diversos ángulos, se niegan a formar una hilera ordenada con los demás edificios. Algunos, como la Devonshire House, presentan —o al menos presentaban el otro día— poco más que el muro de su patio interior. Otros se protegen con vallas de hierro. Otros están directamente junto a la acera y los que están sentados en una de sus ventanas podrían, si sintieran esta inclinación, darles golpecitos en la cabeza a los paseantes. A mí todo eso me parece fabuloso.

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Los arquitectos de las grandes avenidas de otras capitales o bien carecían tristemente de inventiva o bien olvidaron el derpimente efecto de la monotonía. La primera impresión es magnífica, pero pronto se desvanece y no queda nada que pueda alentar o renovar el encanto. Sin embargo tampoco se debe valorar demasiado alto el placer de la diversidad. Piccadilly Circus, por ejemplo, a pesar de su reciente remodelación, con la pobre estatua obra de Gilbert abandonada en su seno, no es más que un barullo incongruente de edificios y Hyde Park Corner adolece del mismo problema. La razón está clara: la regularidad y la simetría lucen mucho más en una plaza o square que en una calle.

Algunos miembros de la Familia Rothschild de Ingleterra poseían mansiones en el extremo occidente de Piccadilly, zona coloquialmente llamada Rotshchild Row.

Cada calle principal de Londres tiene sus características propias. El aire comercial de Cheapside impresiona al paseante. Hasta el extranjero menos inteligente sabría establecer una conexión entre Fleet Street y el periodismo; Oxford Street respira con la abundancia de la rica clase media y Piccadilly, en muchos signos materiales, en el aspecto de aquellos que caminan por sus aceras día tras día o circulan prósperamente en sus carruajes, ejemplifica a cada momento riqueza más allá de los sueños de la avaricia, el nacimiento, la distinción y la alta cuna. ¡Con qué claridad lo muestran las gigantescas mansiones, gigantescas a pesar de que el suelo en el que están edificadas es tan caro que parece que estuviera pavimentado con oro!

No hace falta cruzar sus umbrales para saber que cada casa es un museo de cosas bella y caras, muebles, vajillas, cuadros y todo lo mejor que la civilización más avanzada puede aportar para satisfacer todo deseo material y casi todo anhelo espiritual. También las tiendas están orientadas a clientes adinerados. Existen para satisfacer no las necesidades menos refinadas sino los gustos más exquisitos. Frutas exóticas, grabados y cuadros, joyas, perfumes y demás son los productos estrella. Los carniceros y los panaderos, se imagina uno, se retiran modestamente a los callejones adyacentes.

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Pero en la calle propiamente dicha se nota una distinción, o división. Tomando St. James Street como frontera, es obvio que en la parte que queda al este hay mucha más gente y bullicio. Por la tarde en el este de esta calle se reúne una variopinta y feliz multitud. Se oyen más lenguas de las que se hablaron en la Torre de Babel y se ve a todo tipo y clase de hombres afanarse por la acera no por causa de su trabajo, sino en busca del placer.

En cuanto al segmento occidental, la más exquisita —desde un punto de vista social— clase alta de Londres habita allí o cerca de allí. El hombre con el que uno se cruza en la calle podría ser un noble, o un barón o un millonario. Aborda al peatón que pasa por allí y consigue hablar con él cogiéndole por la manga, pues puede ser perfectamente un famoso. Puede que resulte ser un tártaro, y el experimento, aunque no desprovisto de fascinación, no puede recomendarse. Pero es la experiencia genera, mucho más que la individual, la que le servirá de ayuda. Vea usted su Picadilly.

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Si quieres conocer más sobre la famosa calle Piccadilly, consulta el texto completo en el libro Guía literaria de Londres, de la editorial Ático de libros.

Para mayor información puedes escribir a Laura Logar al correo laura@aticodelibros.com o consultar la página web www.aticodelibros.com

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