Jorge Ibargüengoitia

La carrera de los borrachos —primeros pasos—

Jorge Ibargüengoitia, además de uno de los mejores escritores mexicanos —por su humor, su aguda observación de la realidad mexicana y su forma magistral de utilizar el punto y seguido—, era un bon vivant.

Cuenta Malena Mijares, que fue su vecina por muchos años —en la calle de Reforma en Coyoacán—, que Jorge nunca le hizo caso de niña, porque no era afecto a los niños, pero cuando fue adolescente —él consideraba que tenía edad suficiente para beber—, él la empezó a tratar como adulta y la invitaba a su casa «a tomar tequila en los equipales de la terraza de su casa frente a unas jacarandas maravillosas». Ibargüengoitia menciona en casi todos sus cuentos —publicados en La ley de Herodes— y en varios de sus artículos que él solía beber cervezas, cubas libres, jaiboles, daiquirís, bloody marys y los ya mencionados tequilas. ¡Salud, Jorge!

Cuando yo era niño, un borracho era un señor dormido en la banqueta. Si estorbaba el paso, nuestras madres aconsejaban cruzar la calle y seguir por la otra acera. Si el borracho estaba exactamente en la puerta de la casa: pasar sobre él con mucho cuidado, procurando que no despertara. Borracho también era el de la lotería: desfajado, pendenciero, levantando el brazo con un cuchillo en la mano, y... pobre. Ésta era característica general de los borrachos: eran «gente humilde». Hombres, también. Las borrachas eran desconocidas. En realidad la mujer entraba en la vida del borracho sólo para esperarlo en la puerta de la cantina y ser golpeada.
El siguiente paso en el conocimiento de los borrachos consistió en descubrir —con cierta trepidación— que podían ser gente decente, hasta miembros de la familia. El señor que apestaba, que tenía las manos temblorosas, que me explicó un día tres veces cómo se jugaba el mismo juego, fue catalogado por mi madre: «es que es muy borracho». Era un caso muy triste: siempre estaba en un rincón tronándose las coyunturas.

45-ideas-interior1

Había otro borracho que estaba regenerándose. Ése llegaba a la casa con un traje negro brilloso y una maleta. Vendía jamoncillos. El otro borracho decente de aquella época, lo vi en una excursión a la Venta. Se fue de bruces junto a mí, y se quedó dormido un rato. En eso, se detuvieron cerca de nosotros unos camiones de redilas, y los que venían arriba, con carteles, gritaron:
—¡Viva el general Cárdenas!
Una tía mía contestó con mucha entereza:
—Viva quien sea, pero váyanse.
Pero los borrachos seguían siendo gente aparte, que se caía al piso, que vendía jamoncillos, que era infeliz. No había relación entre ellos y los cocteles que hacían en mi casa con granadina, jugo de limón, ginebra y hielo. Mis mayores se los tomaban y no se caían al piso.

Para seguir leyendo consulta Algarabía 62

Jorge Ibargüengoitia nació en Guanajuato en 1928. Tras dos años de estudios en la Facultad de Ingeniería de la unam, decidió abandonar la carrera y dedicar su vida a las letras. A partir de entonces escribió cuentos, novelas, obras teatrales
y artículos periodísticos en los que se mostró como un literato capaz de poner a cualquiera en evidencia, gracias a su alto sentido crítico y a su fino sarcasmo. Murió en 1983 en Madrid, en un accidente aéreo.

No nos gusta la Navidad

busca en algarabía

Publicidad

Publicidad

Chingonerías

Chingado amor

Publicidad

Para escribir mejor

De acuerdo a / de acuerdo con

Publicidad

– Publicidad –

Newsletter Algarabía

Optimization WordPress Plugins & Solutions by W3 EDGE