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Globos de Cantolla

El México de finales del siglo XIX e inicios del XX era un país cosmopolita y avanzado; al menos eso dejaban ver las grandes obras urbanísticas en sus ciudades, su industria en expansión, sus intelectuales, sus científicos y una clase burguesa orgullosa y cultivada. La sociedad contaba con signos inequívocos de progreso y estabilidad que admirar.

Uno de ellos eran los globos del aeronauta don Joaquín de la Cantolla, que sacaban a banqueros, sirvientas, señoras perfumadas y mozos por igual, a las calles para poner la vista hacia las nubes y ver cómo un mexicano como ellos desafiaba a la gravedad y conquistaba los cielos.

Joaquín de la Cantolla y Rico nació en la ciudad de México el 25 de junio de 1829, hijo de un español y una mexicana. Era sumamente inquieto y curioso, tuvo que ser dado de baja del colegio tras haberse herido jugando con pólvora extraída de los cartuchos. Gracias a eso, no compartió el destino con el resto de sus 600 compañeros de clase, que murieron el 13 de septiembre de 1847 defendiendo el último reducto del Ejército Mexicano en la guerra contra los Estados Unidos.

En 1863 los hermanos Wilson habían llegado a México con varios globos aerostáticos —inventados por los hermanos Montgolfier en el siglo xviii en Francia— para dar exhibiciones comerciales y una vez que terminaron, pusieron uno a disposición de alguna persona del público que tuviera suficiente valor y dinero para volar en él. El primero en la fila era el telegrafista de 35 años Joaquín de la Cantolla, quien no limitó su entusiasmo a un paseo, sino que se interesó por conocer sus materiales, estructuras, funcionamiento, control y técnicas de operación. Se asesoró con los catedráticos de la Escuela de ingenieros del Colegio de Minería y comenzó a construir sus propios globos.

Don Joaquín construyó tres grandes globos, iguales en técnica pero distintos en tamaño, Vulcano —el más grande de todos, medía 20 metros de altura—, en el que volaba ante multitudes cada día festivo, ondeando la bandera de México y vestido de levita y chistera o de charro jalisciense.

En 1914, don Joaquín murió repentinamente en su casa, fulminado por un derrame cerebral. Había sido un hombre innovador que demostró que este país era capaz de hacer cualquier cosa, además de entretener y llenar de orgullo a cientos de miles de mexicanos, que le veían pasar sobre sus cabezas cada día feriado, haciendo de sus vuelos una tradición. Tan popular y renombrado era, que Diego Rivera tuvo que plasmarlo en su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central (1947).

Aún quedan vestigios de su influencia en la aeronáutica, en San Agustín Ohtenco, Milpa Alta, los lugareños fabrican globos de papel de china y alambre pegados con engrudo, a los que se les pone una vela para calentar el aire y elevarlos cada Día de todos los santos y Día de muertos. Resulta más que obvio que estas piezas artesanales tienen un nombre más que apropiado; se llaman «globos de Cantolla».

Conoce más sobre Joaquín de la Cantolla y Rico, en Algarabía 100, a la venta durante enero.

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