Mañana jueves 16 de agosto María del Pilar Montes de Oca Sicilia hablará sobre el voto de la mujer en La imagen de las mujeres en las campañas electorales de México, un evento de INMUJERES.

Auditorio Digna Ochoa 3, Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal en Av. Universidad 1449, col. Florida, pueblo de Axotla, delegación Álvaro Obregón, 01030 México Distrito Federal.

10:30 horas en punto

Entrada libre, cupo limitado a 100 personas.

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En su lucha por el voto femenino1, había sido encarcelada en diversas ocasiones por participar en actos violentos, como romper las ventanas del parlamento o incendiar buzones de correos. Consciente de que con estas acciones no conseguía resultados tangibles, tomó la decisión del suicidio.

Sin llegar a este extremo, la lucha por los derechos políticos de la mujer arrastraba más de un siglo de antigüedad. Se había iniciado en Francia, durante la Revolución de 1789; sus protagonistas denunciaron que la libertad, la igualdad y la fraternidad sólo se referían a los hombres. Una de las voces de protesta más enérgicas fue la de Olympe de Gouges, autora de la Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana, en 1791; en este documento reclamaba para las mujeres los mismos derechos políticos que disfrutaban los hombres, el voto entre ellos. Si ellas podían subir al cadalso, también debían poder ocupar cargos públicos. No tuvo éxito. De Gouges, en plena vorágine del terror revolucionario, murió ajusticiada en la guillotina. Pocos años después, Napoleón, en su código legislativo, sometería a la mujer a una aún más estricta autoridad masculina.

La lucha feminista no había hecho más que empezar: las clases trabajadoras reclamaban sus derechos políticos, excluidas del nuevo orden burgués que había sustituido a las monarquías absolutas. No aceptaban que el voto quedara sólo en manos de los que alcanzaban cierto nivel de riqueza. Sin embargo, el incipiente movimiento obrero tampoco tenía en cuenta a las mujeres. Ellas constituían «el proletariado del proletariado».

La fuerza de la unión

La aparición del feminismo como movimiento colectivo arrancó con un congreso celebrado en Seneca Falls, estado de Nueva York, en 1848. Sus artífices, militantes antiesclavistas, decidieron organizar aquel acto para tratar la problemática femenina después de que se les impidió participar en el Congreso Mundial contra la Esclavitud, celebrado en Londres. La negativa se basaba en la supuesta «debilidad física» que «incapacitaba a la mujer para las
reuniones públicas».

La denominada Declaración de Seneca Falls no sólo criticaba las discriminaciones sexistas y reclamaba la igualdad de género sino que también defendía el acceso de la mujer al «sagrado derecho de votar». Años después, esta última reivindicación tomó forma a través de la Asociación Nacional Pro-sufragio de la Mujer, fundada por las estadounidenses Elizabeth Cady Stanton y Susan B. Anthony.

Cuestión de prioridad

Desde mediados del siglo xix, el derecho al voto constituyó la reivindicación central del movimiento feminista. Por ello, la historiografía utilizó los términos feminismo y sufragismo como intercambiables. En realidad, los estudios de las últimas décadas han mostrado que esta equivalencia no siempre resulta acertada. Para algunas feministas, como la escritora española Concepción Arenal, el voto no constituía una prioridad. Sí, en cambio, el acceso de la mujer a la educación.

El sufragismo alcanzó especial importancia en países de tradición protestante, como Inglaterra y los ee. uu., debido, entre otras razones, al mayor grado de alfabetización femenina. En ellos, la religión había favorecido la educación de las mujeres para que fueran capaces de leer por sí mismas los textos bíblicos.

En esta época, el movimiento feminista estaba dirigido por mujeres pertenecientes a las clases acomodadas. En un principio, sus métodos respondieron a una estricta legalidad: organizaban mítines o campañas propagandísticas. En palabras de una de sus líderes, la británica Millicent Garret Fawcett, iban a enseñar al mundo «cómo conseguir reformas sin violencia, sin matar gente y volar edificios, o sin hacer las otras cosas estúpidas que los hombres han hecho cuando han querido alterar las leyes».

Las feministas lograron coordinarse a escala internacional a través del International Council of Women, organización creada en Washington en 1888, pero sus resultados fueron escasos. A principios del siglo xx, las mujeres habían alcanzado el voto en contados países: Australia, Nueva Zelanda y algunos estados de los ee. uu., como Colorado o Wyoming. En cambio, se ridiculizaba a las sufragistas por doquier con caricaturas en las que se las representaba como solteronas o figuras masculinizadas que pretendían ocupar el papel de los hombres.

Las radicales

Ante la insistencia de las democracias liberales en continuar manteniendo a las mujeres alejadas de la política, surgió una ala del movimiento sufragista más radical, el de las denominadas suffragettes. Bajo el lema «¡Acción, sí; palabras no!», eran partidarias de métodos más contundentes, como interrumpir mítines o incendiar comercios. Muchas de las responsables de estas acciones acabaron en la cárcel, donde prosiguieron su lucha. Se consideraban presas políticas, por lo que protestaron a través de huelgas de hambre; cada vez que iniciaban una, el gobierno las liberaba de forma provisional. Tras recuperarse, eran de nuevo encarceladas.

Durante la I Guerra Mundial, las mujeres abandonaron el ámbito doméstico para incorporarse al mundo laboral y sostener el esfuerzo bélico. Se inició así un proceso de cambio social que afectó, sobre todo, a las clases media y alta —las obreras trabajaban fuera del hogar desde hacía tiempo—. El conflicto supuso una pausa en la lucha feminista. Las sufragistas inglesas, tanto feministas como radicales, dejaron aparcada su particular contienda por la igualdad para volcarse en apoyar los objetivos bélicos de su país.

El triunfo

Llegada la paz en 1918, diversos países, entre ellos los ee. uu. y Gran Bretaña, establecieron el sufragio femenino. Los motivos, sin embargo, se prestan a discusión. ¿Fue un reconocimiento a la contribución de la mujer en el esfuerzo de guerra? ¿O el resultado de décadas de lucha feminista? En todo caso, parece claro que en algunos países las mujeres accedieron al voto gracias a movimientos revolucionarios, como el de Rusia en 1917 o el de Alemania, dos años después.

En líneas generales, el movimiento sufragista había triunfado. Sin embargo, como ha señalado la historiadora Mary Nash, la concesión del voto «desarticuló parte del movimiento». Para algunas mujeres, seguir con la lucha no tenía sentido porque ya habían alcanzado su meta: el sufragio. Otras, en cambio, continuaron con sus reivindicaciones, porque consideraban que todavía quedaba un largo camino por recorrer para alcanzar la igualdad con el hombre.

El avance de las dictaduras fascistas en Europa trajo consigo tiempos duros. Para gobernantes totalitarios como Hitler o Mussolini, el papel de la mujer se limitaba al cuidado del hogar y la familia. Durante la II Guerra Mundial, el esfuerzo femenino volvería a ser un recurso imprescindible para todos los países contendientes.

Conoce lo que ocurrió en México en materia de sufragio femenino en Algarabía 58, pp. 40-44. y más sobre la liberación femenina en Algarabía tópicos 3. Mujeres: Sexismo y liberación.


1. Este artículo se publicó originalmente en Historia y vida 456, España, marzo 2006; pp. 14-17.