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El shuffle

Muchos reproductores —ya sean de sonido, video o imágenes— y software de archivos mp3, disponen de una función llamada shuffle. En el mundo musical —me refiero al famosísimo y bien ponderado iPod Shuffle o cualquier aparato electrónico con características similares— esta función, en realidad, no es otra que la de reproducir canciones en forma aleatoria; de ahí el nombre, pues la traducción textual de shuffle es «barajar o mezclar», o sea, es algo así como tocar la música al azar, pero, ¿esto es realmente cierto?

La función del shuffle se consigue mediante una operación denominada algoritmo, es decir, un conjunto de operaciones matemáticas finitas y específicas que dan por resultado números pseudoaleatorios o «calculados».

Cada reproductor y programa tiene su propia operación algorítmica, pero todos funcionan bajo una base de equiprobabilidad, lo que quiere decir que cada elemento tiene la misma oportunidad de ser elegido; por ello, la opción que se haya escogido con anterioridad no influye en el siguiente modo aleatorio...

Algunas acepciones de la palabra shuffle:
1. Caminar de forma torpe sin levantar los pies del piso.
2. Deslizar los pies en el piso mientras se baila.
3. Moverse con torpeza.
4. Actuar de forma evasiva respecto de alguna situación.
5. Cambiar las posiciones de las cartas en un mazo.

Hay tantos métodos para crear un algoritmo como recetas de pay de limón. El más utilizado es el Generador de Congruencia Lineal —gcl—, en el que se elige un número como condición inicial para obtener un resultado final, dependiendo del reproductor —dvd, mp3 o mp4— o el programa que utilicemos —iTunes, Windows Media Player o Real Player—.

El gcl toma en cuenta datos como la hora del reloj, la cantidad de temas o la duración de cierta canción para generar el número base del algoritmo, mismo que debe ser variable, por lo que es casi imposible que se repita la misma lista cada vez que apretamos play.

Por ello, el azar en nuestra lista de canciones realmente no existe, es algo que ya se ha calculado para nosotros desde su programación, aunque la lista parezca seguir un enigmático orden. Ésta es la principal característica del shuffle: proyectar un modelo que luzca suficientemente autónomo o pensante para que nosotros podamos comer pay de limón mientras dejamos que el «modo aleatorio» le atine a la música que nos gusta. Lo único que resta hacer entonces, es jugar con la baraja que repartió el destino, o vivir «al más puro estilo shuffle»: bailas al son que te toquen.

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