Lo que más le impresionó durante su viaje fue la velocidad con la que los estadounidenses consumían sus alimentos. El concepto de «comida rápida» era evidente en la actitud de los estadounidenses hacia los alimentos, a pesar de que el término aún no estaba en uso: «el primer pensamiento de un americano es engullir el desayuno», debido a que debe estar «en la oficina a más tardar a las ocho en punto».

Los estadounidenses no se contentan con «una simple taza de té o chocolate», sino que «demandan algo más sustancial», para el desayuno normalmente incluyen «un bistec, tocino o puerco salado con huevos, y varios tipos de avena». Todo esto es «devorado con gran prisa porque el tiempo es corto y no debe desperdiciarse, las leyes de la gastronomía son escandalosamente ignoradas».

Si el inquieto estadounidense decide desayunar en un restaurante, tan pronto como se sienta «un mesero coloca un plato de naranjas o plátanos en su mesa, que come mientras se prepara la comida. Después vienen las guarniciones, en forma de cereales que se sirven después de un par de minutos, y por último el bistec, que toma más tiempo en estar listo». El autor añade: «en este punto, los crímenes contra lèse-gastronomie no consisten desperdiciar el dinero, sino en perder el tiempo».

En sólo unos minutos

Al final del siglo xix, la industria de los alimentos ya dependía en factores que posteriormente le darían forma al éxito de las marcas de comida rápida. La combinación de empaque y publicidad alentaba una prisa aún mayor, y se enfatizaron otros aspectos de conveniencia, como la salud de mamá —ella puede despertarse más tarde por las mañanas—, el éxito de papá —él puede desayunar y llegar temprano a la oficina— y los niños —que nunca llegarán tarde a la escuela—. Mamá podía hacer hot cakes en un abrir y cerrar de ojos, y ¿quién podría negar que eran mejores que aquellos hechos con la receta tradicional? Gracias a la publicidad, el número de «familias con su propio horno de pan, en el que cocinaban enormes pasteles cuyo aroma impregnaba todas las habitaciones» decrecía cada año. A pesar de que los términos «fast breakfast» o «quick breakfast» no se habían inventado al final del siglo xix, el breve desayuno se estaba volviendo aún más breve.

En contraste, de Rousiers descubrió el término «quick lunch». Era un cliente regular de un bar en el distrito de los negocios, donde comía en la mesa pero observaba a «los caballeros de pie, con sus sombreros puestos, en una fila a lo largo de la barra en la que había platos de carnes frías, encurtidos de sándwiches, pasteles, cerveza y agua con hielo, todo al alcance de la mano. En cinco minutos, los clientes engullen su comida, pagan y se marchan. El dueño del bar atrae a su clientela principalmente al darles la oportunidad de almorzar rápido. Carteles con el eslogan Pruebe nuestro almuerzo rápido cubren los muros de las calles. La calidad de la comida no es relevante».

Por la misma época, se hizo un intento en Francia de promover las comidas rápidas pero de buena calidad. El libro 100 façons de préparer un plat en quelques minutes de Mademoiselle Rose, que se publicó en esos tiempos, estaba dirigido a aquellos que deseaban «un almuerzo o cena rápida» sin tener que «almorzar o cenar mal». Años después, el epicúreo de Pomiane tuvo la misma intención cuando publicó La cuisine en dix minutes. Aquellos que «sólo tienen una hora para almorzar y aún quieren media hora para contemplar el humo de sus cigarrillos mientras beben una taza de café, que ni siquiera tiene el tiempo de enfriarse», pueden abrir una lata de puré de jitomate, una lata de champiñones y una de frijoles, guisantes o chucrut listo para comer. De acuerdo con de Pomiane, la carne molida «se presta para cocinar rápido», tal y como las salchichas de Frankfurt. Un poco de queso y fruta completa la comida, porque de acuerdo con de Pomaine, una comida, sin importar qué tan rápida deba ser, tiene que incluir entradas y platos principales, queso y postre.

Indigestión y obesidad

Después de mucha investigación, de Rousiers finalmente sacó a la luz un segmento de la población que se negaba a comer de pie y asistían a lugares conocidos como «clubes de negocios». ¡Pero qué decepción! «Incluso en estos clubes más refinados, todo es un asunto veloz. Uno se sienta, es verdad, en la mesa de un restaurante para consumir una comida real, pero el servicio es rápido y nadie se queda a fumar o beber café. Los yankees han adoptado el hábito incurable de devorar su comida y la dispepsia o indigestión reina en los ee.uu.».

Esta dispepsia estaba a punto de extenderse a lo largo y ancho de todo el país en el siglo xx, sin impedir la expansión de los restaurantes de comida rápida. Los factores detrás de estos sucesos datan de tiempo atrás, como hemos visto, y no de principios de siglo. Ni siquiera la obesidad, ni su compañera en el crimen la indigestión, han logrado aminorar la tendencia. De hecho, han traspasado los límites de los ee.uu. para extenderse al resto del mundo. La comida rápida ha llevado dispepsia y obesidad a países donde estos males eran prácticamente desconocidos.


1. Tomado de Maurice Bensoussan, «Nast(y) Food», Slow Magazine, núm. 22, 2001, pp. 68-77.Trad. de Ingrid Constant Saavedra