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El humor y la desgana

La siesta, entendida como un breve periodo de tiempo, es una práctica saludable; sin embargo, el ritmo de vida actual, siempre tan ajetreado, rara vez nos permite «echar un coyotito», como dicen por ahí.

Cierta secta sostiene que la carta del menú no debe concluir en el postre ni en 
el café y, ni siquiera, en el licor digestivo, tampoco en el tabaco plus-café. Sostiene que los buenos albergues y restaurantes 
y, desde luego, las casas que se atreven a convidar huéspedes, han de contar con instalaciones apropiadas para que los invitados puedan celebrar ahí el manso ritual que, según ellos, ha de coronar todo banquete digno de su nombre.

Me refiero, por supuesto, a la siesta. Como se sabe, este rito se encuentra en decadencia en el mundo llamado moderno, en el que la prisa y el ayuno conspiran con usura contra la salud, pues el paréntesis somnífero que divide la jornada en dos y presta brillos matutinos a la agenda vespertina es, antes que nada, una saludable práctica, una sabrosa medicina para el cuerpo, piscolabis para el espíritu que se encuentra al alcance de todos los bolsillos —digo, de todas las almohadas—.

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En decadencia —me apresuro a señalar— pública, pues
 el rito continúa practicándose, si no en la clandestinidad,
 sí en la vida privada, a veces tras las cortinas del periódico abierto de par en par. Hora sagrada entre todas, la de la siesta es intocable tanto para quienes la practican como para quienes los rodean. A esa hora se baja la voz, se suspenden actividades, por un momento se detiene el repique de los platos y cacharros que se lavan.

Comida sin siesta, campana sin badajo

En ciertas regiones de clima bochornoso, la costumbre pasa a ser necesidad y casi se eleva a rango de ley física al grado de que, a cierta hora de la tarde, en los pueblos incandescentes y en las rancherías aplastadas por el sol, el único signo perceptible de vida es la monótona canción de los demonios del medio día, la tonadilla zumbona, el enjambre coral que sólo saben deletrear las moscas.

Por supuesto, la hora sagrada puede reducirse a algunos minutos breves, pero profundos como una noria. Al padre
 de un amigo le bastaba sorber un poco de fideo y masticar unas cuantas hojas de ensalada para quitarse los calcetines —¡alabado sea el introito!1 Entrada o principio de un escrito o una oración. // Lo primero que decía el sacerdote en el altar al dar comienzo a la misa. [Todas las notas son del editor].—, plantarse la almohada a manera de máscara e iniciar una alegre sonata de ronquidos que se prolongaba durante tanto tiempo como de minutos disponía el litigante abogado.

La palabra «siesta» tiene su origen en el latín ‘sexta hora’, ya que los romanos solían dormir a la ‘sexta hora del día’.

Otro amigo sólo podía «echarse un cotorrito» —para repetir la voz mexicana— luego de haber chupado un cigarrillo —de preferencia sin filtro, si se podía Pall-Mall— y llegaba por 
ese puente de humo al ubicuo altiplano Wherever Particular People Congregate: el sereno, ameno valle de la siesta. Otro, el padre de una amiga, demostraba cotidianamente que el oficio del sopor posmanducatorio —de manducar: comer, ingerir alimento— puede prescindir hasta de la cama, ya que el venerable artesano en cuestión sabía santificar sus pausas alineando cuatro sillas sobre las cuales se entregaba al deporte de no caer mientras dormía.

Aunque, desde luego, pueden bastar unos cuantos minutos para «echar una pestañita» y conciliar así la detente-con-la-productividad; no se puede ocultar que existen también practicantes de la variedad extensa, gladiadores de la pereza que saben engordar la tarde en sueños. Es precisamente a esos atletas de la sábana a quienes deberían dirigirse, en primer lugar, los investigadores acuciados por encontrar un rasgo distintivo en las fantasías oníricas originadas durante el régimen diurno; a ellos, a quienes habría que preguntar si los sueños y ensueños evaporados durante la siesta poseen un carácter específicamente premonitorio, una incontestable condición augural; a ellos, en fin, a quienes tocará resolver la delicada cuestión de los efectos futuros que pueden tener en el feto las fantasías oníricas de la embarazada que cae en el desmayo de la siesta después de haber ingerido demasiados canelones.

Hay que admitir, en todo caso, que entre los practicantes de la variedad extensa, se encuentran también no pocos partidarios de los placeres y olores de la promiscuidad, parejas que no sólo se acuestan juntas después de comer, parejas que acoplan sus sancochos y confabulan una comida sólo para gozar del ruidoso placer de roncar juntos... sin dormir del todo.

Del cotorrito a la siesta del perro

Por más que nos choquen, estas inofensivas heterodoxias no sabrían alterar el ritmo de nuestra hamaca conceptual, ni impedir que fluya a pierna suelta la prosa de la siesta. Así, nos parece del mayor interés el caso de la siesta aperitiva que en México la gente del campo denomina «coyotito» —no confundir con «cotorrito»— o «siesta de perro». Si bien se trata de una práctica relativamente poco extendida
 y que linda con las patologías de la anemia, debe registrarse con el mayor rigor, ya que durante este trance es cuando 
se han verificado la mayoría de los casos de desaparición física —como en los muy documentados de Alicia, o de Rip van Winkle— o los bien conocidos en las antiguas sangres morganáticas de envejecimiento prematuro por dormir demasiado antes de las comidas.

El caso contrario es, como se sabe, el más común y no son pocos los médicos —alópatas, homeópatas o heterópatas— que reconocen las virtudes de esa fuente de la eterna juventud al alcance de todos. No llegaremos al extremo, como ciertos sabios chinos, de proclamar que la siesta es, junto con el agua, la única medicina, el benéfico pan del pobre, la panacea universal.

«El que por la mañana ha conseguido conocer la verdad, ya puede dormir por la tarde», Confucio

s23-ideas-siesta-4Debemos reconocer, sin embargo, que 
la longevidad está en proporción claramente equitativa, no con las horas de sueño sino con las horas de siesta. También debemos reconocer que, aunque 
este arte se encuentra 
en incontestable 
decadencia —y
 los arquitectos 
no son los 
únicos 
culpables—, 
el apogeo de 
los medios de 
transporte físico, 
junto con el desarrollo de 
los medios de transporte mental
—o de comunicación—, ha traído 
como inesperada y benéfica consecuencia 
un diversificado conjunto de escenarios y oportunidades para entregarse a este saludable pasatiempo.

En abril, dos horas de siesta es dormir

¿Quién no ha espiado el sueño de su vecino ante la pantalla de cine o de televisión, la modorra en la Internet? ¿Quién no ha sorprendido a algún familiar planchado como un tronco, aserrando con ronquidos la madera del sueño, mientras la radio estalla su mezcla infernal de algarabías y propaganda? Y eso, para no hablar de los trenes, autos, autobuses, aviones y aeroplanos a los que casi nadie resiste y que merecerían ser considerados ya como sedantes, ya como narcóticos.

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Desde este punto de vista, hay que hacer justicia a los músicos, políticos, actores y en general intelectuales, que saben transformar en dóciles rebaños sonámbulos a los más entusiastas auditorios. En este renglón papaveráceo2 Se dice de las plantas angiospermas dicotiledóneas, con jugo acre y olor fétido, hojas alternas, más o menos divididas y sin estípulas; flores regulares nunca azules, y fruto capsular con muchas semillas menudas, oleaginosas y de albumen carnoso. Por ejemplo, la adormidera, la amapola y la zadorija., merece un homenaje don Fernando Valombrosa: el inolvidable académico suscitaba verdaderas tempestades de letargia y era capaz de rendir a un regimiento con menos de cinco minutos de profesional, monótona exposición.

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Casos como éste son, sin duda, admirables, pero no nos deben distraer de nuestro verdadero sujeto de interés: el esplendor de la siesta a través de las edades, desde el rápsoda homérico dejando caer la lira hasta el viajero frecuente con su herradura inflable alrededor del cuello. La geografía fenomenológica del sueño furtivo, la estructura de la sexualidad en las soporíferas latencias, el régimen diferencial del tiempo vivido y la reminiscencia entre quienes duermen, y no, la siesta, y la práctica contrastada de los géneros: por ejemplo, ¿se debe a condiciones sociales y culturales el hecho de que la mujer duerma 
en general menos siesta —¿quién quiere usted que lave los trastes?— o bien el sueñito, como también se le llama, tiene raíces glandulares? ¿Existe alguna relación entre obesidad e hipnosis posmanducatoria? ¿El consumo excesivo de mostaza sólo espanta la siesta o bien induce perturbaciones en el hipotálamo? Por lo pronto, admitamos que, en este como en otros casos, la teoría, aunque resulte apasionante, es en verdad pobre comparada con la nunca como aquí sedante práctica.

Texto publicado en Algarabía 58.

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