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Del cabaret al antro

Sitios para gozar y pecar. Visita la Ciudad de México, capital nocturna donde surgen atractivas historias.

La historia nocturna de México tiene su escenario en locales cerrados donde la gente puede divertirse y dejarse envolver por las tentaciones que éstos ofrecen. Aunque hoy en día a 
la mayoría de ellos se les llama coloquialmente antros, esta palabra no tiene el mismo significado que el que tenía hace décadas.

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A lo largo del siglo xx pulularon en nuestro país, principalmente en la Ciudad de México, lugares para pasar una buena noche de farra. Así eran llamados algunos de ellos:


Antro

En la actualidad, los fiesteros suelen llamarle antro a un bar o, más propiamente, a un sitio exclusivo para oír música a altos volúmenes, bailar —a veces—, ligar y, sobre todo, emborracharse. Sin embargo, en tiempos de nuestros abuelos, se le denominaba así a un local repelente y de mala reputación, al cabaretucho de mala muerte, ambiente húmedo y oscuro. De hecho, la denominación completa era «antro de vicio» o «de perdición», equivalente a —como dice María Moliner— «un lugar, por ejemplo, una casa de juego, en que la gente se entrega al vicio». Etimológicamente proviene del latín antrum, y éste del griego ántron, ‘caverna, cueva, gruta’.

Cabaret / centro nocturno

Según el drae, los cabarets —del francés cabaret— fueron «establecimientos de diversión nocturna, donde los clientes podían consumir bebidas alcohólicas, bailar y cenar, y donde solía haber un espectáculo.» El primer cabaret se fundó en Montmartre, París, y se llamó Le Chat Noir —El Gato Negro—. El esplendor de los cabarets en México se produjo entre los años 30 a 50 del siglo pasado, cuando las grandes rumberas y conjuntos musicales entretenían a los clientes mientras éstos cenaban.

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Poco a poco, los esplendores del mambo y del cha cha chá disminuyeron, y los cabarets dejaron de llamarse así para transformarse en centros nocturnos, muy similares a aquéllos, sólo que en vez de rumberas, se presentaban otro tipo de espectáculos. En los años 70 y 80, los centros nocturnos más célebres de la Ciudad de México fueron el Conjunto Marrakesh y El Patio, escenarios de los artistas más prestigiosos de la época: José José, Julio Iglesias, Lila
Deneken, Emmanuel y Polo Polo.

Garito

Este término se asigna a los lugares de peor fama que alguien se pueda imaginar. Sitios donde los tahúres juegan clandestinamente, no existen las muchachas decentes y ni siquiera los tragos son de buena calidad. Quizá por esto la palabra garito proviene del francés garite, que significa «refugio». Es sinónimo de «antro de mala muerte».

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Café Cantante

Los años 60 trajeron a México la moda del rock and roll, y con ello nuevos locales que los chicos fresas visitaban asiduamente. El drae los describe como salones donde se despachaban bebidas —desde malteadas hasta cocteles— y se tocaban canciones de carácter frívolo. El escritor Parménides García Saldaña explica que eran buenos lugares para ligar: «Las chavas [...] sentaditas, escuchando rocanrol, esperaban a que los chavos —bien vestidos, jugueteando con las llaves del coche— las atacaran».

Café existencialista

Estos peculiares cafés se establecieron en México durante los años 60, de la mano del existencialismo.1 Según el DRAE: «Movimiento filosófico que trata de fundar el conocimiento de toda realidad sobre la experiencia inmediata de la existencia propia». Uno de sus principales representantes es el francés Jean-Paul Sartre. El más famoso de ellos en la Ciudad de México fue El Gato Rojo, ubicado en la Zona Rosa, que en aquella época era el punto de encuentro de los intelectuales. Los parroquianos de los cafés existencialistas tomaban, por supuesto, café, pero también bebidas alcohólicas, fumaban mariguana, hablaban de temas trascendentales y bailaban al ritmo de la música experimental. El escritor José Agustín los describe en La contracultura en México como «gente intelectual y bohemia que se sentía incomprendida».

Discoteca

En los años 70, quienes se fascinaron con la música disco —Bee Gees, Donna Summer y compañía— se pasaban los sábados por la noche en las discotecas, bailando y luciendo pantalones acampanados.

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Eran lugares de diversión nocturna donde se bebía y se bailaba, igualito que en los cabarets; la
 diferencia es que, mientras en aquéllos 
había orquesta y cantantes en vivo, la
 música de las discos provenía, justamente,
 de discos de acetato y había un disk jockey que se encargaba de ponerlos.

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